Selección de cuatro relatos escritos por Andrevon con algunos colaboradores.

Selección de cuatro relatos escritos por Andrevon con algunos colaboradores.

Traductor: Vives Coll, Antonio

Autor: Andrevon, Jean-Pierre

©1980, Caralt Editores, S.A.

Colección: Ciencia ficción, 30

ISBN: 9788421751343

Generado con: QualityEbook v0.37

Jean Pierre Andrevon

Título original: Compagnons en terre étrangére

ADVERTENCIA

PRIMA Y LOS EXCÉNTRICOS

¡NO ME DESPIERTEN!

A LA MEMORIA DE LOS «EN-JE» (EL DESIERTO DEL MUNDO, SEGUNDO)

INFORME I.M.

El libro que tiene en sus manos no es una recopilación o una antología al uso. Está compuesto de textos cuya redacción es el resultado de un acoplamiento literario, del que soy el primer y común denominador, pero cuyo compañero cambia cada vez. ¿Fantasma realizado del cual se buscará una proyección en el ámbito sexual? Si así lo creen.

En todo caso la idea de acoplamiento no es original en sí, ya que, sin remontarse hasta Erckman-Chatrian, y para acogernos sólo a la ciencia-ficción, son numerosos los autores que han hecho, y hacen todavía, obra común, sea sistemáticamente, como Jean y Gastón Vandel o Henry Kuttner y Catherine Moore, o bien ocasionalmente, como Christine Renard y Claude Cheinisse, o Larry Niven y David Gerold.

Más aún, la idea de tal recopilación, en donde un maestro de juego se otorga el privilegio, sin duda exorbitante, de escoger un colaborador diferente para cada uno de los textos que la componen, no es tampoco original. Esto lo ha hecho, al menos una vez, el que está considerado como el más exuberante y el más megalómano de los escritores americanos de ciencia-ficción: Harlan Ellison. Su obra, Partners in Wonder (de la cual el título del presente libro no es más que un guiño), apareció, creo, en 1970, y está integrada por catorce textos. La totalidad de este volumen no ha sido nunca traducida al francés (lo será quizás ahora), pero cuatro de los textos que lo componen han salido en revistas. Los cito como recordatorio: Veo a un hombre sentado en un sillón, y el sillón le muerde la pierna, con Robert Sheckley (Fiction 175), Ven a mí, no en la blancura del invierno, con Roger Zelazny (Fiction 197), Los operadores humanos, con A. E. Van Vogt (Fiction 218), y El día del pteranodonte, con Keith Laumer (Galaxie 82)...

No sé si es la existencia de esta recopilación (que evidentemente no he leído) lo que me ha empujado a escribir este libro, o si la idea me habría venido igualmente: poco importa a fin de cuentas. La honestidad (y el simple deber de información) me obliga a señalar su existencia. Ya está hecho, y aquí termina mi deuda con respecto a Ellison; pues el demonio de la obra común, de la creación de varios, ha espoleado y continúa espoleando a numerosos autores de c.f., particularmente en Francia, donde hace algunos años, diversos proyectos del género han sido lanzados o han visto un principio de realización, a través de «fanzines» o de «rencontres».

Esto no tiene nada de extraño, ya que lectores y escritores de c.f. tienen una cultura común, cultura común que está hecha de un cuerpo fuertemente cimentado, en donde es fácil añadir su ladrillo; más aún, la lectura y la escritura de la c.f. suponen una actitud específica de cara al mundo, y de cara a la racionalización imaginable que segrega este mundo. Reunirse para escribir historias de ciencia-ficción es, pues, un impulso totalmente natural. . Me he dejado llevar por este impulso, a su vez animado por dos motivos menos vagos: intentar verdaderamente llevar a cabo esta obra común (pues muy a menudo los otros ensayos no han llegado a nacer), poner todo de mi parte para que presente un peso que imponga, al menos cuantitativamente (pues los recientes ejemplos de literatura común que conozco no llenan más que algunas páginas de «fanzines»).

Pero, sobre todo, y fuera de cualquier preocupación teórica, he querido complacerme (¿no es ésta la única justificación de la práctica literaria —aparte de ganarse la vida, por supuesto?). Mis compañeros de camino han sido, pues, escogidos, por qué no decirlo, entre los que, en el pequeño mundo de la ciencia-ficción son mis amigos más cercanos. Sólo a continuación he buscado cierto parentesco estilístico e ideológico, sin duda útil, para el cual he tenido la puerta abierta a algunas excepciones notables... Y para no herir a nadie, se añaden algunos olvidos, algunos desfallecimientos a lo largo del camino.

¿Cómo se escribe a dos? Pues bien, yo supongo que existen tantos métodos como casos concretos. Pero de una manera general, por lo que respecta a esta selección, la puesta a punto del tema se ha hecho de viva voz tan a menudo como ha sido posible. Luego el relevo se ha efectuado gracias a la buena voluntad de Correos y Telégrafos, siendo el teléfono el que acababa de desenredar los problemas más enrevesados. Referente al detalle paso a paso de la elaboración de los relatos que siguen, he hecho constar, después de cada texto, algunas líneas de precisiones. Pero se puede prescindir de su lectura ya que van destinadas a los maníacos y otros críticos (que será lo primero que leerán).

J. P. ANDREVON

(15 Enero 1979)

Prima et les excentnques

con Pierre Christin

27 de noviembre

Querido Sintrich:

Tal y como te prometí, te envío mi primera carta, incluso antes de lo previsto...

Sin embargo, me parece que ha transcurrido tanto tiempo desde que te dejé...

En realidad sólo hace diez días que se han alejado lentamente de mí las cúpulas rutilantes de la ciudad. Imagina mis congojas —y las de todos los miembros del grupo, lo sé— cuando vimos nuestro antiguo universo desaparecer tras la línea del horizonte. Por más que nuestra decisión sea irrevocable y nuestra determinación permanezca siempre intacta, todos estamos impresionados por esa zambullida inmensa en... ¿en qué, en el fondo?, no tenemos la menor idea...

Un vacío sórdido, incalificable, del que sólo emergen aquí y allá algunas ruinas del antiguo mundo. Raras pistas en los terrenos pantanosos llenos de trampas. Algunas viejas ciudades reducidas para siempre a caparazones vacíos. Montículos pedregosos que otrora debieron constituir aldeas. Y, hasta donde alcanza la vista, la tierra desnuda, salpicada de raros espinos en aquellos lugares en que todavía fluye algo de agua. La atmósfera es irrespirable en casi todas partes, excepto en las zonas altas, y utilizamos los aparatos respiratorios mucho más de lo previsto, lo cual nos produce cierta inquietud respecto al futuro.

Pero, en fin, por ahora todo va bien y la esperanza inmensa que nos sostiene, el hálito de la aventura elegida en común, la cálida armonía que nos vincula como a las células de un solo cuerpo, al mismo tiempo que el derecho al individualismo finalmente reafirmado, todo ello nos ayuda a sobrellevar nuestras vicisitudes... En particular las que ya podían preverse y que comienzan a surgir relativas a lo mecánico. Es normal que la ciudad no haga regalos a sus disidentes. No obstante, los viejos vehículos de gas que acabó cediéndonos (gracias una vez más por tu ayuda en este asunto), con el fin de deshacerse de nosotros, están verdaderamente en las últimas. Puesto que, incluso durante el viaje, estamos muy apegados a la no división del trabajo, me encargo del mantenimiento y la reparación de uno de los camiones desde hace dos días. Ya conoces mi ineptitud en este tipo de cosas. Afortunadamente, el amigo Zolmir, cuyo talento como mecánico conoces de sobra, me echa una mano discretamente. Refunfuña un poco, pero no se trata de nada grave...

Ello no impide que, en los vivaques, cuando cae la noche con sus brumas sofocantes, sospeche que no soy el único en soñar con la ciudad (que ni siquiera me atrevo a nombrar debido al temor a enternecerme). No se puede dejar impunemente tras de sí semejante ordenación, semejante refinamiento, ni siquiera en el caso en que, como yo y mis compañeros, se desaprueben. Sigo estando persuadido que la verdadera vida está en otra parte y que, en su momento, la encontraremos allá donde nos espera un suelo que todavía verdea; pero, por el momento, en una palabra, tragamos bilis...

Y soy consciente que lo peor todavía ha de llegar. Calculamos que —si todo va bien— para llegar al puerto nos falta aún una decena de días. Confiamos en que el barco nos esperará allí tal y como convinimos. Sin embargo, el sentimiento de inseguridad que se experimenta aquí es verdaderamente incalificable, quiero decir para alguien que nunca haya abandonado la ciudad y sólo conozca su orden aparentemente perfecto. Digo en apariencia porque tú sabes qué pienso de esa violencia institucionalizada coaccionando a cada momento...

Dicho esto, la libertad se presenta difícil de vivir. Sobre todo a juzgar por el efecto que parece producir en quienes la han elegido... Ayer encontramos dos nómadas, es decir, los primeros seres humanos que veíamos desde hace una semana. Sucios, malolientes, cubiertos de llagas. La mujer tenía unas grandes tetas colgantes (no me atrevo a hablar de senos) y el hombre babeaba de una forma lamentable. Tanto uno como la otra parecían incapaces de hablar una lengua conocida, y se contentaron con mendigar un poco de alimento antes de seguir su camino murmurando borborigmos sin ilación. Lastimosa impresión...

Hoy, dura etapa a lo largo de un valle pedregoso, siempre en dirección al oeste, hacia ese mar que todos esperamos descubrir con impaciencia.

Y, esta noche, magnífica sorpresa. En una ciudad cuyo nombre ni siquiera figura en nuestros mapas (aunque para lo que queda de ella...), uno de nuestros compañeros ha descubierto una terminal de transvideo que todavía se hallaba parcialmente en buen estado. No hay posibilidad de recibir conexiones (receptor roto), pero la emisión parece ser buena y el teclado de composición se encuentra en perfecto estado (a excepción del punto de interrogación, lo cual nos parece a todos un excelente augurio puesto que nos evita las fórmulas peligrosas. ¡Ja, ja!...). Hemos establecido un orden de emisión por sorteo y, por turno, enviamos estos breves mensajes a aquéllos —cuando los hay— que hemos dejado atrás, sin saber si nos habrán repudiado en su interior.

Por lo que a mí respecta, nada he dejado atrás excepto nuestra amistad, a pesar de todo lo que nos ha ido separando poco a poco...

Estoy ansioso de tener noticias tuyas. Envíame un mensaje al transvideo convenido, a la estación portuaria; se halla en buen estado y funciona perfectamente; nos hemos asegurado de ello mediante una breve comunicación. Antes de embarcar me haría mucha ilusión saber qué ocurre en Prima. ¿Qué dicen de nuestra partida? ¿Cómo van los trabajos del Congreso supremo? ¿Qué espectáculos has visto?

Y, sobre todo, ¿cómo estás tú? Tengo que acabar porque me hacen señal de que he sobrepasado el tiempo que me correspondía.

Mil recuerdos, y no te olvides de tu viejo amigo.

Novendra.

Hoy 15 de diciembre

¡Fraternidad!

Querido Novendra, he necesitado más de quince días para responder a tu primera llamada, recibida el mismo día de su llegada a la terminal del sectante, que yo escuchaba casi cotidianamente desde tu partida con la esperanza de ver figurar en ella el número de código que habría señalado una comunicación procedente de ti. Temo que ahora ya te hayas hecho a la mar. Pero este retraso tiene excusas. No ignoras que vuestra partida causó cierta agitación en el seno del Consejo central. Tal vez no tengas noticia de que faltó un pelo para que en el último instante se os denegara la autorización: Golan fue quien me hizo esta confidencia, y él había recibido la información del Segundo Tergendral —un dignatario que está tan próximo a Primero que resulta imposible poner en duda su palabra.

Pero me explicaré. En este momento (aunque es difícil establecer una fecha exacta de los inicios del asunto —y además no tengo acceso a las memorias de la P.P.), existe una corriente, ciertamente marginada pero real, que en el Consejo se denomina «Excéntrica». Tus compañeros y tú, aunque con vuestras ilusiones de individualismo hayáis creído estar aislados, formáis parte de esa corriente. Novendra, sabes bien que el individuo sólo existe en tanto que parcela de un todo, y ese todo es la ciudad, ¡es Prima! Nuestro conjunto de cúpulas, titilando en la oscuridad que cubre nuestro desgraciado planeta, lo imagino a veces como un conglomerado de moléculas gigantes errando por el espacio infinito; y nosotros, los Primianos, somos los átomos constitutivos de esas moléculas... Cada átomo cree tener su libre albedrío, cree dirigir su órbita a su antojo; pero en realidad está sometido a las interacciones que gobiernan la cohesión de la materia. Si se retiran algunos átomos a una molécula, ésta puede sufrir una transformación fatal: mutación, podredumbre, fragmentación.

Ya lo ves, una vez más es el científico quien habla. Naturalmente no quiero aleccionarte. Adivino tu sonrisa, amigo, pero, ¿realmente has comprendido alguna vez? Las fuerzas de gravitación que rigen Prima no son otra cosa que las leyes de bronce de la economía. Y tu libre albedrío ilusorio sólo es el efecto de la dialéctica: no quieres aceptar esas leyes, ellas te rechazan. Asimismo tu órbita se ha tornado «excéntrica», y te has alejado de Prima.

Lo que hoy te digo ya lo presentía antes de tu partida, cuando me confiaste tus proyectos. De hecho... ¿sabes que, entonces, impulsado únicamente por mi deber de Primiano, estuve a punto de denunciaros, a ti y a tus comparsas, al Consejero de mi sectante? Ahora puedo confesártelo abiertamente, ya que vuestra partida, aunque no se ha hecho pública, se ha realizado con la autorización y la ayuda del Consejo central. Y ya sé que te enojarás conmigo por esta confidencia, y que, sin duda, no me comprenderás. Pero, ves, yo antepongo la supervivencia de Prima a la de los individuos que constituyen su esencia. Eso es lo que siempre nos ha separado, además...

No obstante,

(He debido interrumpir la emisión unos instantes; no te indiqué que estoy en el laboratorio de Golan, fuera de las horas de trabajo; con su asentimiento, me sirvo de su propia terminal transvideo; y acaba de pasar una patrulla de la P.P. He simulado estar ocupado en un electrolizador... pero ni siquiera me han visto. Afortunadamente... Aunque, bien mirado, no hago nada contrario a la Fraternidad social comunicando contigo.)

Bien ¿Dónde estaba? Sí, en la posición del Consejo central frente al movimiento excéntrico. (Pero no se trata de un movimiento propiamente dicho, puesto que sólo se hallan implicados algunos centenares de individuos de entre los ocho millones de «átomos» que componen Prima) Siempre según Golan, y tras las inquietudes de que te hablaba al comienzo de este mensaje, ciertos Segundos querían pura y simplemente eliminar a los excéntricos, aplastar la víbora dentro del huevo, como se dice vulgarmente. Pero finalmente (y ahí la influencia de Primero sobre la Fraternidad fue decisiva) una mayoría se retiró para permitir que obtuvierais la autorización para partir. ¡Este liberalismo honra a quienes el centralismo democrático ha situado en el más alto lugar para regir nuestros destinos! También significa que el período negro de la economía de guerra toca a su fin. Hemos sobrevivido a la decadencia del planeta. Es más, afinamos de año en año la calidad de nuestra vida. Nuestros hijos son más sanos, el trabajo es menos penoso que las normas de la generación precedente. Nuestros hidroponos funcionan a todo gas, y, ¿qué quieres que te diga? ¡No ha habido ni un solo día de racionamiento alimentario desde que te fuiste!

Para ti, la vida en Prima sólo es coacción y rutina. Está bien. Las necesidades económicas apremiantes que constituyen la clave de bóveda de la supervivencia de ocho millones de seres humanos que viven en autarquía científica y social en medio de un mundo estéril han acabado pareciéndote insoportables. Está bien. Pero comprende bien una cosa: tú no has abandonado Prima, Prima te ha rechazado. A ti, a tus veintisiete compañeros, y a los otros seis grupos que también se marcharon (porque el número total de los excluidos se eleva a doscientos treinta y siete, sí). Golan nos explicó todo esto en la última reunión del sectante, y debo decir que estoy completamente de acuerdo con él.

Ello no significa que mi amistad hacia ti se haya apagado, Novendra. Jamás olvidaré nuestros juegos en las crujías, cuando éramos chiquillos, ni las conversaciones apasionadas que tantas noches nos mantuvieron sin dormir aunque sus conclusiones eran, y lo fueron cada vez más, tormentosas Si grabo este largo mensaje (¡casi clandestinamente!), ello demuestra claramente que no te he olvidado, que jamás te olvidaré. Y sabes que siempre fui un charlatán impenitente, que la Fraternidad me perdone.

Releo tu mensaje, y lo que veo en él no hace sino reforzar mi opinión. «Un vacío sórdido, incalificable.» Esas son tus propias palabras, Novendra. ¿Es eso lo que has ido a buscar, cuando aquí, bajo las cúpulas, todo es orden, limpieza y belleza? Otras reflexiones de Golan me vienen a la memoria: «Nuestros antepasados, que se hallaban sometidos a las reglas destructivas del capitalismo salvaje, explotaron la Tierra hasta que ésta fue sólo una roca desgastada cubierta de inmundicias. En Prima hemos reconstruido una sociedad armoniosa en la que han desaparecido las antiguas estructuras de pensamiento en provecho de una nueva manera de vivir según los preceptos de la Fraternidad social. Aquellos que sientan renacer en sí las viejas estructuras de pensamiento que regresen a la roca y las inmundicias».

Esto debiera hacerte reflexionar, aunque tu decisión sea irrevocable (lo cual todavía me cuesta creer).

Ahora creo que voy a dormir un poco: la jornada ha sido dura en el laboratorio, y comienzo a no coordinar muy bien mis pensamientos. Me haces muchas preguntas. Sospecho que sólo podré responderlas de un modo muy incompleto esta noche. Ya te he manifestado que vuestra partida había sido ignorada por la mayor parte de la Fraternidad. ¿Los espectáculos? ¿Mi vida? Estos cuarenta últimos días he estado tan absorto en mi trabajo que no he tenido apenas tiempo para otras ocupaciones Debo añadir que era, quiero decir que soy tu amigo; a causa de ello he tenido algunos pequeños problemas que no vale la pena mencionar, que incluso son normales. No sé por qué he hablado de molestias, y sólo debo acusar a mi fatiga, que me impide elegir los términos apropiados. En cuanto a los trabajos del Congreso supremo, que acabaron hace doce días, han tratado principalmente sobre la necesidad de acelerar nuestro programa científico, con dos sectores de urgencia: la sobrefusión (¡siempre ese viejo problema de la energía!) y la síntesis, de los alimentos a partir del hidrógeno (¿siempre ese viejo sueño? No, ¡más que un sueño, Novendra!).

Me ha sorprendido que no tengas ni una palabra para Mania. Me deja estupefacto que digas que no has dejado nada tras de ti excepto nuestra amistad. Bueno, te dejo con tus amarguras...

¿Te llegará este mensaje? ¿Tendrás la posibilidad de responderme pronto? Así lo espero. Se me cierran los ojos. Te dejo.

¡Fraternidad!

Sintrich

12 de enero

Querido Sintrich:

Estoy decepcionado...

También emocionado... ¡Esperaba tanto tu mensaje a lo largo de estas jornadas infames que hemos vivido!

¡Sin contar que tal vez esperaba demasiado de él!

Y hoy, retirándome finalmente al interior de ese tugurio de mala muerte que resguarda la terminal portuaria, me siento abocado a sentimientos compartidos.

Me siento feliz de saber que al menos aún vivo en el recuerdo de alguien de Prima, que toda huella de mí todavía no ha sido borrada de la memoria de la ciudad, que una débil llama cálida me sigue ligando al mundo que he abandonado.

Me duele la lectura de tus reprimendas, los enunciados del catecismo tomado de ese imbécil de Golan de quien creía que jamás volvería a oír hablar; ¡ojalá le caiga la Fraternidad sobre la cabeza y reviente su cráneo obtuso!

Querido Sintrich, me temo que eres tú quien nunca ha comprendido nada. Tal vez tu espíritu científico, que te empuja hacia la metáfora funcional, ha facilitado tu sumisión a la ideología pseudoracionalista que rige Prima. ¿Es así? Átomos, moléculas, fuerzas gravitatorias, cohesión de la materia: ¿qué jerga es ésta? Los seres humanos no son reductibles a la física elemental. O, si así fuera, para sopesar el sueño y medir la pasión, para clasificar la esperanza y traducir en gráficos los impulsos del corazón, serían precisos unos instrumentos que la pobre tecnología de la ciudad afortunadamente jamás sabrá concebir. La historia de los hombres no se resume en una majestuosa suma de partículas cuyos movimientos aparentemente desordenados convergerían, todos, en última instancia, para formar un bloque, para dar sentido, para que todo resultara lógico. Cada uno de aquellos que nos han precedido tuvo su peso en carne y sangre. Cada uno de nosotros sólo tiene su propia palabra y su propia piel. Y tú debieras comprender que el discurso hipócrita de un Tergendral, lo mismo que la lengua viperina de un jefe de sectante, igual que la mirada pesada de los miembros de la P.P., o la sedicente magnanimidad de Primero, sólo tienen un fin: cosificar la vida, los seres. Incluso diría...

Pero qué... Ah, Sintrich, querido amigo, tú que, con tu modestia habitual, te calificas de charlatán impenitente, ¿te das cuenta qué pedante tienes ante ti? ¿Y qué mosca me ha picado para aprovechar este momento tan esperado para contarte mis verdades?

Sobre todo si tengo en cuenta que hay muchas otras cosas que contar. Bueno, no son cosas demasiado alegres. Por supuesto que todos nos esperábamos dificultades. Pues bien, hemos quedado servidos...

Ahora evoco esto con cierto distanciamiento porque, en definitiva, hemos cumplido nuestra primera etapa. No obstante, ya ves, voy a complacerte: cuando el cochino de Golan habla de una roca desgastada, recubierta de inmundicias, hay que confesarlo, ¡tiene razón! Y cuando tú mencionas los días de racionamiento alimentario casi me haces salivar (quiero decir, incluyendo los días de racionamiento).

Vaya, vuelvo a despistarme (demasiada soledad, demasiada enfermedad, y además ya he perdido el hábito de ordenar correctamente mis pensamientos, en fila, tal como hice durante tanto tiempo a la fuerza). Y bien... Ya no somos veintiocho, Sintrich. Murieron tres de los nuestros cuando atravesamos la inmensa laguna envenenada que conduce al mar. ¿Cómo describir aquellas jornadas? Creía que cada episodio quedaría grabado para siempre en mi memoria, y luego descubro que todo es vago, glauco y maloliente como las aguas muertas en que estuvieron a punto de hundirse nuestras vidas. Temblorosos, debido a fiebres que Yrjux, el médico del grupo, nunca logró atajar, muy pronto nos extraviamos en las extensiones salobres que parecían llegar hasta el infinito. Recordarás que le decía, y aun con prudencia, que tardaríamos unos diez días para llegar al puerto; pues bien, finalmente hemos alcanzado nuestro objetivo al cabo de casi un mes y medio. Contemplado de una forma retrospectiva, todo lo sucedido me parece impensable. No puedes imaginar hasta qué punto los días eran idénticos, salvo eventuales y pequeñas progresiones que no excedían los cien metros, ¿comprendes? Y las noches en el barro... Y los peces mutantes de carne sulfurosa como plato de lujo... Y la muerte merodeando constantemente como un animal húmedo... Un camión de gas se hundió en un hoyo lleno de agua. Dos muertos. Mejor dicho: dos muertas. Sí, dos mujeres cuyos cadáveres tuvimos que dejar pudrirse en las sucias aguas que nos rodeaban.

Y luego, más adelante, se produjo una estúpida disputa entre dos conductores que habían chocado. Un malentendido debido al agotamiento y al dolor. Todos vimos el resplandor de una barra de hierro bajo el sol de justicia que azotaba el agua inmóvil. Todos oímos caer el cuerpo de Zolmir en un espeso gorgoteo de cieno removido. Espantoso... Por la noche, de pie en la ciénaga que nos ceñía como un sudario viscoso hasta la ingle, procedimos a una sesión de síntesis libre. Extensa palabrería fúnebre.

Pero para nosotros no se trata de restablecer los métodos represivos de Prima. El culpable es un hombre como cada uno de nosotros, y todos y cada uno de nosotros pudiera ser ese culpable. Volvimos a reemprender nuestro avance imperceptible, aferrados a nuestra gran esperanza.

Y aquí estamos, aquí... El barco aún nos esperaba. (Hay que decir que los parroquianos son muy, pero que muy, muy escasos. A propósito, ¿estás seguro de que otros «excéntricos» —¡vaya vocabulario!— han abandonado Prima? No seamos quisquillosos al discutir si se trata de exclusiones o de marchas... De todos modos es curioso que, entre nosotros, y tras haberme permitido evocar tus declaraciones, nadie esté al corriente de movimientos allegados al nuestro. Me pregunto si no se tratará de una hábil maniobra para justificar la desaparición de un determinado número de individuos molestos cuyo destino sería más bien la Gran Fosa que el vasto mundo. Ya sé que la Gran Fosa no existe, e incluso que jamás ha existido, según parece, pero en fin, hum...).

Bien, creo que conviene que abrevie porque en este tabernucho en que el alcohol de algas se vierte a chorros, hay un jaleo espantoso... Casi como nuevos, embarcaremos mañana al alba. La reventa de los vehículos que nos quedaban a la extraña fauna que subsiste aquí nos ha permitido, tal y como estaba previsto, comprar algunos víveres, y la moral vuelve a levantarse. Incluso creo que también voy a tomar un poco de ese matarratas local a tu salud, querido Sintrich...

A propósito, amigo mío, cuida mucho tu salud. Esas preocupaciones a las que aludes, de un modo demasiado ligero, según mi parecer, me preocupan. ¿No sería mejor para ti que interrumpiéramos nuestra correspondencia? Ya sabes que me sabría mal, pero no quiero que corras riesgos inútiles. Tú verás. Sin embargo, te daré las coordenadas del transvideo que nos espera a la llegada al otro lado del inmenso mar...

Para acabar, Mania. No voy a hablarte de ella. Pero más arriba he hablado de la soledad... Sí, una soledad terrible, aunque esté convencido de que la aventura escogida junto a los que me rodean merecía ser emprendida. Tuyo,

Novendra.

Hoy, 17 de enero

¡Fraternidad!

Novendra, amigo mío, lo creas o no, tu mensaje me aflige y me enciende el ánimo. En suma, tengo los mismos sentimientos que tú, y por las mismas causas: me alegra saberte vivo aún por algunos días más, me entristece ver cómo te hundes en tus extravíos (y te juro que no trato de hacer malos juegos de palabras).

Extravíos geográficos que te conducen con los tuyos —y sé que lo sabes— a una muerte cierta (he consultado en la Memoria central algunas cintas que resumen la historia de los siglos pasados: el dominio de las sociedades multinacionales de producción sobre el mundo durante la segunda mitad del siglo XX, el agotamiento de recursos, la polución; el conflicto nuclear tripartito entre China, la URSS y EE.UU., que destrozó nuestro pobre planeta a base de fuego y radiaciones; el aborto de las revoluciones —¿revueltas?— nacionales aisladas a causa de su ideología anarquista; y después la emergencia de la esperanza, la edificación de Prima bajo la dirección ilustrada y clarividente del primero de los Primeros, el gran Konintzev, que estableció las bases de la Fraternidad social y dictó la Ley...); extravíos ideológicos que os llevan a una regresión de los conocimientos, en la organización... ¡y también en lo puramente humano!

Puedes mofarte de mis metáforas científicas, tú, que pareces tener como ideal un retorno a la horda primitiva... ¿No-división del trabajo? Ya estudiamos esto en los grupos psicopolíticos. ¿No lo recuerdas? Un cuerpo social está formado por células semejantes pero cada una de ellas situada en el lugar determinado por el Gran Arquitecto, a semejanza de un cuerpo humano. ¿Podría imaginarse una célula del intestino trabajando un día en el cerebro y una célula del encéfalo dirigida hacia un dedo del pie a causa de la no-división del trabajo?

Resultado: vuestros camiones se atascan en cenagales, mueren hombres y mujeres. Es precisa una larga gestación intrauterina para que nuestras células aprendan su trabajo. Del mismo modo, a partir del tronco hipnopédico común, son necesarios cinco, siete o nueve años para formar un técnico de clase C, un agente de la P.P., o un médico. Por otra parte, ¿no me hablas de Yrjux, el médico del grupo? ¿Es un cocinero? ¿Es un músico?

No voy a abrumarte más, amigo mío. Podría llegar a desear una cosa: que desandes lo andado, si es preciso solo, antes de que el Exterior, esa cloaca, te coma, te digiera y disuelva en sus jugos venenosos. Pero ya sé que este deseo será aire para tus oídos. Y además... me temo que, aunque volvierais, Prima no os aceptaría. Golan, que es un amigo seguro (no olvides que puedo comunicar contigo gracias a él), y me hiere el alma que lo trates de imbécil, me dijo textualmente: «Prima, al expulsar a los excéntricos, ha extirpado su cáncer; ahora somos un cuerpo sano; tengamos cuidado de no volver a arriesgarnos a dejar germinar en nosotros nuevos tumores».

¡Oh, Novendra, te oigo reír desde aquí! ¿Prima un cuerpo sano? Yo mismo reconozco de buen grado que no todo es perfecto en nosotros: nuestro crecimiento es lento, nuestro sistema de nutrición resulta insuficiente, estamos abrumados por nuestros desperdicios. Puede decirse que estamos en la infancia. Pero, ¿se le exige a un niño que sepa controlar perfectamente su cuerpo? Se precisa tiempo, y la paciencia de buenos maestros. Prima tiene ante sí mucho tiempo (iba a decir: la Eternidad, pero no quiero abusar de las palabras grandilocuentes), y en ella hay buenos maestros...

Pero ya he filosofado bastante. Me quedan pocos minutos antes de que venga el equipo de 24 horas. Al menos en mi sectante, ha sido reorganizado el trabajo; ahora la «noche» ya no es un período de reposo, y se suceden equipos sin interrupción, según un sistema denominado de los 3 × 8, en los sectores primordiales: producción, síntesis, depuración, reciclado y creaciones artísticas. El Consejo central ha dado muestras de clarividencia al modificar de esta manera nuestro ritmo cotidiano: menos tiempo perdido, una productividad incrementada, mejor utilización de las máquinas, y una rotación del trabajo igual para todos. ¿Quién osará decir que los preceptos de la Fraternidad social no son justos y no tienen en cuenta a la vez la productividad y el humanismo?

Abrevio. Sólo puedo llamar durante las horas de presencia de Golan, que corresponden a mi tiempo de sueño, puesto que no me es posible robar horas del período de ocio-creatividad... Por tanto, he ahí unas pocas palabras para terminar:

No sé qué decirte respecto a los otros grupos... Por favor, ¡no me hables de la Gran Fosa! ¿Por qué no me hablas de las Alas de la Noche, mientras tú estás ahí? Pero, por medio de Golan, quien, como tú sabes, está en excelentes relaciones con Tergendral, trataré de averiguar más cosas.

Mis molestias no han proseguido (acepto el término molestias puesto que fui yo el primero en emplearlo); además sólo consistían en algunas verificaciones de la utilización del tiempo. Todo lo que ha ocurrido es que he cambiado de destino. Ya no estoy en la oficina de estudios de síntesis alimentarias, sino en expediciones. En una entrevista privada, el consejero de sectante Nouriev me precisó que sólo se trataba de un cambio provisional, cuya finalidad era ocupar un puesto importante que había quedado vacante debido a la defunción súbita de su titular. El trabajo no carece de interés: manipulo sobre un teclado con un inmenso esquema luminoso abstracto delante de los ojos: ¡el sectante 23! Y puedo imaginar fácilmente los productos alimentarios circulando por el interior de los canales de distribución como la sangre por las venas de un hombre, aportándole la fuerza, la vida... La única molestia que este cambio me ha supuesto estriba en que falta el cálido ambiente amistoso del laboratorio y encontrarme solo delante de mi terminal distribuidora; pero, repito, esto sólo es provisional.

Una última cosa: compruebo que rehúsas obstinadamente hablar de Mania. Pues bien, yo lo haré por ti. Sí, la he vuelto a ver, una vez: fue hace más de un mes, cuando tuvo lugar la ceremonia que se le dedicó al Gran Arquitecto tras los trabajos del Consejo supremo. Nos cruzamos por azar entre la multitud, después del himno colectivo. Está más bella que nunca, Novendra. Nos detuvimos unos segundos y me dijo: «Algún día, me marcharé como él, Sintrich», y luego la multitud la absorbió. ¿Qué puedo añadir? Me apena verla perseverar en el error, me apena ver su radiante belleza empañada y enfundada en el mono gris y sin gracia de los trabajadores de clase E. Pero puedo jurarte por nuestra amistad, o lo que de ella queda, que no siento ningún rencor, ni hacia ella ni hacia ti. Creyó que era mejor pasar por alto los consejos del E.G., y fue hacia ti, cuando me estaba destinada. Su concepción romántica y retrógrada del amor le ha hecho olvidar que también el amor se mide, que constituye un proceso químico y, como tal, debe integrarse en el Plan de la Fraternidad social. Resultado: hoy está tan lejos de mí como de ti. Y estamos tan lejos unos de otros... ¡lejos de todo, Novendra!

Pero ya oigo el timbre del relevo. Te dejo, y expido este mensaje a diez terminales diseminadas por la costa que has de abordar, esperando que al menos encontrarás una en buen estado y te hará llegar estos pensamientos.

¡Fraternidad!

Sintrich

24 de enero

Novendra:

Ignoro aún si has llegado a buen puerto y si has recibido mi último mensaje. Pero tengo dos cosas importantes que comunicarte. Helas aquí.

El otro día, Golan me habló de ti y de tu grupo. Fue durante el turno de ocio-creatividad. Ya sabes que, como yo, forma parte de un grupo de concepción musical electrosintética. Me llamó aparte y me preguntó si eran buenas las novedades que tú me comunicabas. Fingí sorpresa. «Vamos, camarada Sintrich», me dijo apoyando una mano amistosa sobre mi hombro, «sabes que conozco la naturaleza de las comunicaciones personales que te autorizo a emitir y recibir en mi terminal... Por discreción, me guardaría mucho de obtener una copia en la Central de comunicaciones, aunque mi posición de Consejero segundo del sectante me lo permitiría. ¿Sabes?, una vez exilados, los excéntricos ya no ponen en peligro el cuerpo social de Prima. Se han convertido en una entidad distinta y, como tal, interesan al Gran Consejo. ¿Cómo les va en ese mundo de desechos y podredumbre?»

Esas palabras me sorprendieron muchísimo. Se correspondían muy poco con la condena desdeñosa proferida poco tiempo antes. ¿Se trataba de una trampa para comprobar mi lealtad? Tal sospecha me electrizó. Brevemente resumí a Golan el contenido de tus mensajes, y le dije que, si creía que ello podía resultar beneficioso para la Fraternidad social, estaba dispuesto a comunicar al Gran Consejo tus mensajes íntegros.

Compréndelo bien, no soy quién para juzgar las motivaciones de los Primianos que el centralismo democrático ha puesto al frente de nuestros destinos. Pero también debía prevenirte, porque mi lealtad también está dirigida a ti.

Si no consideras acertado comunicar más conmigo al saber que tus palabras pueden no quedar estrictamente entre nosotros, enmudece a partir de ahora, Novendra. Lo comprendería. Pero si te parece que todavía puedes ponerte en contacto conmigo (de hecho, ¿qué arriesgas ahí donde estás?), hazlo, te lo ruego...

El otro hecho es más grave. Ayer, al llegar a mi trabajo de distribución, encontré un mensaje manuscrito doblado en cuatro en el interior del dossier que me esperaba. Sólo contenía unas cuantas líneas. Me las sé de memoria:

Sintrich, el movimiento Excéntrico no ha muerto. Sé que tienes noticias de Novendra. ¡Quiero saberlas! Es importante. Reúnete conmigo el 25 de enero en (a continuación indicaba lugar y hora); mis camaradas y yo te esperaremos allí. ¡Destruye estas líneas! Con afecto.

Y estaba firmado por Mania.

No creo que se trate de una provocación. Me parece que este mensaje no deja lugar a dudas: el cáncer no ha sido extirpado por completo. No sé qué pensar, Novendra. Por supuesto, destruí el mensaje. Y creo que no voy a hablar de él a nadie. Sólo porque emana de Mania, puedes creerlo. ¡Pero no voy a ir a esa reunión! No voy a ir. Es lo mínimo que puedo hacer para demostrar mi lealtad hacia Prima —más si se tiene en cuenta que Prima hubiera deseado que fuese a la reunión para denunciar a quienes asistieran. ¡Y pensé hacerlo!

¿Cómo me llegó ese mensaje? ¿Sería a través de Ouriol, el joven técnico que tiene el turno antes que yo frente al cuadro? Quizás... Pero no quiero saber nada más al respecto. Novendra, estoy extremadamente perturbado. No sé si hago bien enviándote estas informaciones. (¿Las recibirás alguna vez?) Verdaderamente, no sé cómo voy a actuar durante las próximas horas, durante los próximos días.

¡Ah, sí! Te preguntarás por qué imprudencia he podido grabar este mensaje en el terminal de Golan. Pues por azar he podido acceder a él debido a una reparación en el terminal del jefe de la sección de expedición. Golan no podrá meter la mano en esta grabación, aunque esté consignada en las Memorias centrales.

Me siento conspirador, y ello no hace sino acentuar mi confusión mental. Te dejo.

Tal vez para siempre.

Fraternidad.

Sintrich

Encontré aviso de su mensaje en el terminal de San Cristóbal al finalizar nuestra travesía. Me he permitido hacer uso del código de Novendra para transcribirlo y leérselo.

Ignoro si me ha oído. Novendra está muy mal. Mi diagnóstico es el siguiente: una forma de avitaminosis (escorbuto, si se prefiere) con parálisis de las articulaciones y coma recurrente. No obstante, ha resistido hasta aquí, mientras que cinco miembros de nuestro grupo hallaron la muerte en alta mar. Por tanto, existen nuevas esperanzas. Mejores posibilidades alimenticias, tratamiento de ácido ascórbico disponible, etc. Estimo que su vida ya no está en peligro.

Le tendré al corriente de evoluciones eventuales si es necesario.

Fraternidad.

Yrjux

P.S. Leídas a pesar mío sus consideraciones. Novendra es nuestro amigo, muy querido por todos los de aquí. Usted pretende ser el suyo. Permítame decirle, por él, y también por usted, que es usted ingenuo o bien imprudente en sus relaciones con la ciudad. En alguna parte hay manipulación, camarada Sintrich.

Querido......................................................................................................................Sin.................................................................................................................

Sintrich................................................................................................................................

Me.......................................................................................................................................................................cuesta.............................................................................

.............................................................me cuesta.........................re.................................

recu...................................................................recuperar..............................el uso............

el uso de mi cuerpo. Dedos todavía tan torpes........................................................

hombros doloridos...............................................................................................................

.........piernas débiles............................................................................................................

...................y a veces grandes huecos negros en la cabeza...........................................

pero mejoro......, y siento que la vida vuelve a mis manos al mismo tiempo que golpeo las teclas sucias de este desgraciado terminan mal....., mal aislado dentro de su refugio de hormigón, sobre la inmensa playa de arena gris graciado terminal mal....., mal aislado dentro de su repara.

Pero yo...............................................................perdón......................................

¿sólo es el viejo Atlántico lo que nos separa, Sintrich?

No te ocultaré que Yrjux, el médico del grupo que te respondió, lo mismo que mis otros amigos, se mostraron reticentes ante la prosecución de nuestra correspondencia. Pero, entre ellos y yo, aunque permanezcamos más unidos que nunca en los sufrimientos que nos desgarran, el libre albedrío constituye la regla principal. Por consiguiente, he decidido enviarte este nuevo mensaje.

Y además siento por ello...........................................a pesar........................

ah....., dolor........, falanges que se ponen rígidas de pronto...........................perdón amigo por estas interrupciones..........., por ello siento una gran alegría. El primer gesto de mi convalecencia, tal y como lo había decidido en mis escasos momentos de lucidez desde los primeros ataques de esta porquería que nos ha roído sobre ese infame carcamán, sí, el primer gesto, si lograba algún día dominar mi pitraco en descomposición, sería para ti, en nombre de todo lo que antaño nos había unido en Prima. Por tanto, soy fiel a lo que decidí en el gran túnel oscuro de la enfermedad, ahora que ésta se aleja de mí. Y, antes de proseguir, te recuerdo una vez más mi cariño que nada logra hacer desaparecer...

Dicho esto, siento que, bajo la aparente claridad de tus explicaciones, bulle algo que no se formula, querido Sintrich. Y me resulta muy difícil discernir lo que proviene de tu espíritu (¿o de tu corazón?) atormentado, y lo que constituye una manifestación objetiva. Y no es que el estado en que me encuentro y el lugar desde el que me dirijo a ti sean garantía de clarividencia. No obstante, el alejamiento, el temor a la muerte, la angustia de lo desconocido, a veces proporcionan más lucidez que el pataleo y la machaconería reservados a quien, quizás a pesar suyo, me atrevería a decir se mantiene en la inmovilidad de un ciclista en equilibrio, a menos que gire en redondo, ¿no es así, Sintrich?

Veamos algunos ejemplos de estas contradicciones en tus enunciados. Para empezar, felicitaciones por tu ascenso, querido. Dejar un laboratorio no carente de prestigio para pasar a ser —perdona mi dureza— un dependiente de ultramarinos, o, si lo prefieres, aprovisionador electrónico, ¡y presentar el hecho como una especie de honor! Vamos, Sintrich, es como si yo hubiera estado a punto de estallar de alegría cuando me cambiaron de mi trabajo de ideador para la Oficina de diversiones a un puesto de oscuro redactor administrativo para una de las ramas menos prestigiosas del Consejo central (lo cual suponía matar dos pájaros de un tiro porque se me humillaba y, al mismo tiempo, se me controlaba). Y sabes hasta qué punto pesó en mi decisión de abandonar Prima esta separación —que quizás no hacía más que anunciar otras más radicales, porque haces muy mal en bromear acerca de la Gran Fosa y las Alas de la Noche. Y te convendría reflexionar, antes que sea demasiado tarde, acerca de lo que te ha ocurrido...

Segundo ejemplo. Tu apología de los 3 × 8. Dicho sea de paso, no veo claro por qué trituras la fraseología en torno a esta organización del trabajo, perfectamente dominada otrora por esas multinacionales productivistas y contaminantes que, por otra parte, pretendes fustigar, aunque convengo que justamente. Eso de los 3 × 8, querido Sintrich, son cosa vieja. Y Konintzev, primero de los Primeros, sabía perfectamente a qué volvía y de dónde venía, porque, como el Primero el último sabe perfectamente —en fin, ¡quisiera creerlo!— lo que está haciendo reintroduciendo la cosa. ¡Ah, el Primero que tanto respetas! ¡Ese pobre primate depravado por Primianos deprimidos! ¡Ese lamentable campanero de carillones disimulando toques de alarma para ciudad sin campana atiborrada de pobres tontos! Disculpa esos.........................................................................

............................................excusa mis errores de tecleo y mis absurdas palabras

..............................................................porque yo...............................................................

no.........................................................................................................................................

....., para mí tú no eres un pobre tonto. Siempre he admirado tu rectitud, tu honradez, tu coraje. Pero, ¿cómo es posible que no veas la formidable regresión que representa este enésimo salto adelante de la organización social de Prima? ¿Productividad, dices? Aún más lamentable, si acaso comprendo lo que ello significa. ¿Humanismo, dices? Vamos, deja que me ría.

Un humanismo, y ese será mi último ejemplo, un humanismo que te lleva a comunicar la totalidad de nuestros mensajes al Gran Consejo, vía esa basura de Golan, sin vomitar —¿¡por qué la Fraternidad no infesta de escorbuto a ése!?—. Eres víctima de la inmensa presión moral neoburguesa que te imponen grandes y pequeños amos, grandes y pequeños jefes, Sintrich. Y ese humanismo de que hablas sólo está hecho de conformismo, delación e hipocresía.

Ten en cuenta que........................................................yo.........................................

yo................................................mucho me temo que...................................................

.....................................................................el Gran Consejo...............................................

....................ya conoce............................................................................................

nuestras ........................................................po .......................................................pobres

palabras................................................................................................................................

palabras............palabras de amistad todavía.................................................amistad porque Mania.......................................................Manía......................................................

.......................................dolor......................................................otra vez siento dolor en el cuerpo...............................................................................................................................

...................................................y.....................................................

grajeas prescritas..................................................................................................................

..................................., por Yrjux.......................................................................

voy a tomar.......................................................ex ..............................................excúsame.

...................................................................................................................................................................................................................

Bien, me siento mejor. Seamos francos. Lo que nos une es Mania, y tal vez nada más. No fue tuya a pesar de las absurdas imposiciones del E.G. Y fue mía.

Pero ya no lo es. Y, en cambio, ahora puede ser tuya. Prueba de ello es ese mensaje recibido cuyo contenido político me deja escéptico pero en el cual la indirecta es clara. Sintrich, no siento amargura y, si Prima os lo permite, incluso os deseo que tengáis tiempo de acariciaros vuestros cuerpos atrofiados (en alguna parte del tercer tercio «artístico», supongo, puesto que la «noche» ha sido proscrita), sí, os deseo que por lo menos viváis el sucedáneo de felicidad permitido ahí.

...................................................................................................................................................................................................................

Tras hacer un breve repaso de memoria, me doy cuenta que el tono de mi mensaje debe parecerte extraño. Es verdad que todavía estoy muy enfermo. He perdido muchos dientes. Tengo los cabellos casi blancos. Mi cuerpo está cubierto de llagas y costras. Mis miembros son tan débiles como los de un niño. Mis dedos crujen como las prótesis de un anciano.

Sólo eso. Espantosa travesía. Cadáveres tirados por la borda. Pestilencia de la cubierta D. Oficiales de guardia que no dudaron en extorsionarnos. Mar hediondo y hostil. Vientos portadores de muerte innoble. Fiebre que me comía la cabeza. Sí, todo eso, y aún peor, puesto que, como te ha dicho Yrjux, murieron cinco de los nuestros.

Pero también hay otra cosa. En primer lugar, olvido que Mania no quiso venir conmigo. La olvido en brazos de otros, hombres y mujeres, aunque esto te chocará más que todo lo que haya podido escribir hasta ahora. Las caricias que a veces nos prodigamos constituyen nuestro único lujo. Y somos conscientes de ello. Algunos hombres domados y destrozados por los astutos estrategas del E.G. eran incapaces de tocar una mujer. Me lo dijeron. Y supe lo que debía hacer. Aceptan como un don desgraciado mi cuerpo lleno de pústulas. Las pocas mujeres que se hallan entre nosotros han sentido el apetito torturante de desechos como yo. Y ellas me entregan su cuerpo, que no es mucho más hermoso que el mío. También yo lo tomo como un enorme don amoroso. Por tanto, amigo, os deseo a ti y a Mania que al menos conozcáis eso, que no es nada mediocre.

Pero esto no es lo esencial. Porque, por debajo de mis palabras, hay algo que puede parecerte anormalmente vivaz. Una fiebre del alma que irriga mi sangre enmugrecida y me hace olvidar la fiebre real que me agota.

Aquí, donde hace tantos años estuviera la vieja América, de la que sólo quedan inmensos territorios vitrificados, han sido preservados algunos oasis, y estamos seguros de ello desde que desembarcamos.

Pero eso es muy abstracto.

Y lo que me da nuevas fuerzas y esperanza en medio de la gran debilidad y la gran negrura en que me encuentro, es algo que he visto con mis propios ojos.

En esa minúscula caleta en que atracamos y que quizás otrora hollaron unos conquistadores con vestidos de brocado y con los pies apestosos, vi un hombre viejo que, detrás de las colinas abruptas, sobre un suelo negro y oloroso, cultivaba tomates. Y comí uno de sus frutos rojos, crujientes, jugosos. Un sabor... ah... Sintrich...

Parece ser que a veces algunos mirlos hambrientos vienen a anidar en las hojas que serpentean entre las estacas de madera blanca. Y el viejo refunfuña contra ellos, ¿te das cuenta de lo que es eso?

Verás, seré franco. Prima, Mania, mi escorbuto, mis................................................

mis... huecos negros............................................................................................................

..........................., qué me importan. Al............................................., al menos habré visto

eso antes de morir..............................................................................., Y ninguna otra cosa

habrá tenido valor..............................................................................................tenido valor

anteriormente .....................................................................................................................

De nuevo muy fatigado............................................, Imposible..................

........................................................continuar por mucho tiempo................................, Voy

a pedir......................................................., a Yrjux.............................................................

...........................................................que te envíe nuevas coordenadas posibles...............

............................................................Nuestra partida está prevista para dentro de..........

.............unos diez días.........................

Cuídate.........................................cretino honesto en demasía..........................

..............................................y cuida a Mania...............................Mania...................y,

te lo ruego ..............................................anda con cautela..........................cautela.

Nov........................................................................................................................................................................................................................................................................

21 de febrero

Novendra, ¡hermano!:

Tu mensaje sin fecha (precedido de unas palabras de Yrjux) me ha turbado. Tú eras... tú eres, TÚ ERES mi único amigo verdadero, Novendra. Y no puedo soportar la angustia que me produce saberte enfermo, tal vez muriendo, a miles de kilómetros de mí, de la seguridad de Prima. Al mismo tiempo, ¡me siento tan impotente! Tan... prisionero, cierto, de mis certezas, de mis hábitos, de mi vida bajo las cúpulas, en medio de ocho millones de hormigas que tú pareces despreciar, si no odiar, y que, no obstante...

Tecleo estas palabras, y sé que el transvideo las transforma en impulsos eléctricos que, invisibles, proyecta a la velocidad de la luz más allá del océano; sé que esos impulsos serán captados por un cuarzo infinitesimal vibrante en el extremo de su soporte de platino, y también sé que otros impulsos, en este caso las señales transmitidas con tu número de código, los metamorfosearán en letras, en frases que desfilarán en verde sobre una pantalla, o en pequeñas palabras azules sobre una larga cinta de plástico. Quedo absorto soñando todas estas maravillas, y, al mismo tiempo, no ignoro que sólo pertenecen a una dimensión soñada de la existencia, porque, ¿de qué sirven todas estas magias científicas si no son capaces de acercarte a mí, si, sobre todo, no pueden aportarte ayuda y apoyo...?

Hace casi un mes que no he enviado ningún mensaje. No tengo excusa, o tengo demasiadas. El ritmo de vida aquí, que parece se ha acelerado, y que me lanza de ocho horas de trabajo a ocho horas de ocio creativo, y de ocho horas, de ocio a ocho horas de sueño (aunque no me quejo: lo que es bueno para Prima es bueno para mí ¿recuerdas?). Mi confusión mental, que no hace sino incrementarse a medida que trato de reflexionar acerca de lo que nos separa, acerca de lo que nos une, acerca de dónde llegaremos tú y yo, cada uno aferrado a su destino. También el hecho de que ahora me repugne utilizar el terminal de Golan, quien me vigila y no deja de sopesarme con una mirada burlona y viscosa cuando conversamos (aunque nuestros encuentros sean cada vez más escasos), quien, sobre todo, intenta torpemente hacerme hablar de ti y de mi opinión sobre los excéntricos. (Compréndeme: no pongo en duda la rectitud de Golan, ni su utilidad en tanto que engranaje necesario, o correa de transmisión, entre los productores y el Gran Consejo; es el individuo el que me... no encuentro la expresión apropiada... el que me pone nervioso. He aquí algo poco científico, pero a veces la semántica se rebela.)

Una vez más he tenido que esperar a acceder al transvideo de mi nueva sección. Y ello ha sido posible gracias a Ouriol. Te evitaré los detalles, pero hablar de Ouriol lógicamente me lleva a hablar de Mania, y ése es, sin duda, el punto más doloroso de nuestras relaciones pasadas y presentes, la línea de tensión (¿debería decir línea de falla?) más candente que va de ti a mí. Pretendes que quizás la existencia de Mania es el único hecho tangible que aún nos une. No puedo aceptar esta reducción de nuestras relaciones a una tercera persona, aunque se trate de Mania. Sabes bien que, por el contrario, nuestra amistad comenzó a deteriorarse desde el momento en que ella me rechazó y fue hacia ti... Pero no quiero hablar de esto. No deseo machacar indefinidamente el pasado. Simplemente hay conceptos y expresiones que no estoy dispuesto a tolerarte.

El Eugenismo genético, distintamente a lo que pareces creer, no es una fantasía totalitaria que funciona a base de imposiciones absurdas. Hablas a la ligera de nuestros cuerpos atrofiados, pero, ¿imaginas en qué estado podían hallarse los de los primeros fundadores de Prima cuando emergían del caos nuclear y de la contaminación generalizada? Para reconstruir un mundo viable era preciso, en primer lugar, reunir una población que también lo fuera; ello exigía, y siempre lo exigirá, un modo de reproducción humano que no esté sometido al azar o a los impulsos sexuales primarios, sino que tenga una fiabilidad que haya sido prevista lo más exactamente posible. ¿De qué serviría poblar Prima de degenerados, de mutantes, de disminuidos? El E.G. pudo determinar que Mania y yo teníamos el máximo de posibilidades de engendrar un retoño sano. Tanto mis sentimientos personales como los tuyos, o los suyos, debieran haber sido moderados ante esta evidencia... Rehúso ir más lejos en el análisis de los hechos pasados, aunque, sería muy hipócrita negarlo, Mania posee una belleza poco común en Prima. Pero, me creas o no, lo que me afectó fue tu comportamiento respecto al E.G., y no el hecho de que me «quitaras» una mujer que me estaba destinada.

Fue tuya, y ahora ya no lo es, y podría ser mía... No quiero discutir acerca de esto, Novendra. Me resultaría fácil ironizar sobre estos posesivos (a través de los cuales advierto una vez más que sufres una regresión a períodos primitivos de la civilización y las costumbres), pero no voy a atacarte en este terreno. Estás enfermo, te encuentras debilitado, te hallas perdido en una lejana tierra extraña. Los fantasmas deben rondarte, Novendra, y tal vez también las quimeras.

Verás, en estos tiempos extraños en que siento que todo vacila, Mania sólo es para mí un vínculo con el fenómeno Excéntrico, al que tú te has entregado en cuerpo y alma. Por eso pasé a Ouriol un mensaje para ella: era arriesgado, y lo es aún. Pero Ouriol tomó el papel que le tendía con una sonrisa en los labios y, sin decir palabra, me apretó el hombro durante unos segundos con su mano. Aquel contacto... ¿cómo te lo diría? Una vez más, no encuentro las palabras adecuadas para expresarme: he aquí una prueba más de mi confusión mental. En todo caso, aunque me resistí al deseo de ir a esa reunión clandestina que evoqué en mi comunicación precedente, ahora no tardaré en volverla a ver y saber qué es de ella. A menos que, tal y como sugería Yrjux en su breve mensaje, haya «manipulación en alguna parte» y Ouriol intervenga en ella... Si me equivoqué, pronto lo sabrás por mi silencio definitivo.

¿Qué más puedo decirte hoy?

¿Tan mojigato me crees, que esperas de mí gritos de horror ante el enunciado de tus pobres manifestaciones de sexualidad? Cada nueva situación induce respuestas nuevas... Y además sabes bien que en otros tiempos aliviaba mis necesidades genéticas de una manera higiénica mediante visitas al Sexorium. ¿Qué quieres que te diga? Actualmente, lo que ocurre es que carezco de tiempo para volver allí, y llega a suceder que, solo sobre mi lecho, me satisfaga furtivamente con mis manos. Como puedes comprobar, me hallo bajo la misma bandera que tú por lo que respecta a esas cosas. Desviación, cuando nos atrapas...

También podría hablarte de un reciente espectáculo vibrosensorial en el que participé, pero sólo hallé agitación, puerilidad, superficialidad y, por último, disgusto. Finalmente, podría contarte con más detalle la vida en Prima (al menos lo que puedo percibir de ella), donde el ambiente es pesado, lo mismo que las porras neurónicas de la P.P. (no está bien visto reunirse en los patios y los foros...), pero no me siento con ánimos para hacerlo, y, además, el tiempo pasa: mi tablero electrónico, del que te mofas tanto como quieres, me espera. Tal vez Ouriol tenga un mensaje de Mania. ¿Quién sabe? Y Mania será un poco tú, será un poco el tiempo en que estábamos juntos, despreocupados, unidos.

Ya ves, también yo puedo ser sentimental cuando es preciso. Hermano, ¡sobrevive! Ya he olvidado qué puede ser un tomate (un fruto, ¿no es eso?), pero si su pulpa es capaz de deleitar tu boca y fortalecer tu cuerpo, ¡atibórrate de tomates!

¡Fraternidad!

Sintrich

27 de febrero

¡Novendra!

Te habla Manía. Supongo que te sorprende. Pero soy yo. Me ha costado muchos esfuerzos y tiempo encontrar de nuevo tu pista, pero soy tenaz. Cuando estuve segura de que Sintrich comunicaba bien contigo, sólo se trataba de una cuestión de días lograr que viniera a reunirse con nosotros y sonsacarle tu código. Se dejó llevar sin demasiada dificultad. Aunque tuvimos que tragarnos sus grandes discursos y nadar en el torrente de sus problemas de conciencia. ¡Pobre Sintrich! Nunca cambiará. O quizás esté cambiando. De otra manera, no hubiera continuado manteniendo estas relaciones contigo y, sobre todo, no se habría puesto en contacto conmigo después de haber rehusado responder al primer mensaje. Yo, si Sintrich es capaz de cambiar, ¿cuántas de entre las termitas que hormiguean en Prima podrán evolucionar? Bajo las cúpulas de hormigón, en el seno de todos esos silos humanos enterrados, se está levantando un viento, Novendra. Tú fuiste uno de los primeros en desmelenarte. Otros seguirán. Yo seguiré. Porque el movimiento Excéntrico existe claramente. No tiene estructuras, no posee jerarquías, ni siquiera cuenta con una ideología propia en el antiguo sentido del término. Por eso es imperceptible e indestructible; se apaga en un sectante para renacer en otro. El movimiento Excéntrico dejará a Prima sin su sangre y hará que la ciudad se deseque y reviente como una bestia enferma. Esto no se llevará a cabo en un día, ni en un año. Pero se hará: desde ahora está inscrito en la Historia. Qué importa que algunos, como tu amigo Yrjux, hablen a gritos de manipulación. Aquí mismo se dice que Primero, a quien lleven las Alas de la Noche, suscitó el movimiento para, en alguna medida, salvar Prima del deterioro. También se dice que es falso que esté en la base de nuestra acción, pero que decidió cerrar los ojos, tratar de ayudarnos bajo capa y extraer las lecciones de la experiencia. Por último, hay quienes pretenden que los manipulados fueron los primeros excéntricos, de los que tú, Novendra, formas parte, y que nosotros tomamos el relevo de una manera autónoma, y masivamente. De hecho, poco importa lo que se diga, poco importa dónde esté la verdad. La única realidad es salir de Prima. Es necesario. Porque el reinado de la ciudad está llegando a su fin, y es preciso estar ciego para ignorarlo. Todos los días, los trabajadores de clase E y F tienen pruebas de ello en sus manos: los constructores podrían hablarte de los fundamentos que se resquebrajan y se hunden cada mes varios centímetros en el suelo, los reconvertidores ya no pueden reparar las vetustas cubas electrolíticas, los recuperadores hacen juegos malabares con los desechos de metal oxidados para reemplazar los puntales que se vienen abajo, la energía escasea por todas partes, las pilas están casi sin combustible nuclear y, para el año en curso, están previstos cortes de corriente, por supuesto comenzando por los pisos reservados a los E y los F. Yo misma, en los asfixiantes sótanos de hidroponos a los que fui deportada después de mi «falta» contigo, vivo cada día una lucha perdida de antemano contra las enfermedades de degeneración que roen los vegetales desnaturalizados. Novendra, ¡si supieras con qué se nutre a los Primianos! Primero, a quien odio por lo que representa, no por lo que es, se halla al corriente de todo eso. Creo que es inteligente, y bastante retorcido como para darle la vuelta al Gran Consejo como si se tratara de una banda de Moebius, o pasar por encima de sus puntos de vista. Esta vez, nos dejará marchar a plena luz del día. Eso sucederá pronto, Novendra: tal vez quince días, o un mes. Y, sólo en la célula del sectante del que formo parte, somos más de quinientos. Sigue tratándose de un grano de arena, pero da testimonio de todo el edificio. Y no son únicamente algunos E y F los que comparten nuestros puntos de vista. También están con nosotros ciertos C y D, y, claro, unos cuantos B. Lo cual explica que hayamos podido manipular un transvideo que funciona de una manera totalmente autónoma, que una cadena de construcción mecánica del sectante de Ymyr esté a punto de montarnos vehículos todo-terreno exclusivamente concebidos para el exterior, que hayamos podido tener acceso a los archivos geográficos (o lo que queda de ellos) del C.C., que datan de antes del caos. ¡Como verás no nos iremos con las manos vacías!

Acaba de hablar la militante, tu camarada, Novendra. Tu amiga, si todavía lo es para ti, quisiera añadir aún algunas palabras... Sintrich me hizo un resumen, que creo fiel (¡no tiene suficiente imaginación para disfrazar la verdad!), de tus anteriores mensajes, y me hizo leer tu última y dolorosa comunicación, de la que había conservado la banda impresa. ¿Podrás creerme si afirmo que la descripción de tus heridas del alma y del cuerpo me hicieron derramar lágrimas? Novendra, no te olvido. No olvido la suavidad de tus manos, el calor de tu mirada, el ardor de nuestros cuerpos en nuestro placer. No puedo olvidarte a ti, a quien había escogido contra Prima. Y lo he pagado caro. Si no me marché contigo, sabes perfectamente que se debió a que sabía que todavía quedaban cosas por hacer aquí, que me sentía más útil para la causa permaneciendo en la ciudad que yendo contigo al descubrimiento del viejo mundo. Sufrí con tu marcha, sufrí a causa de esta separación más de lo que imaginas. Pero has de saber una cosa: no lamento nada.

No sé si algún día volveremos a vernos, Novendra. Sin duda nuestra ruta no se dirigirá al mismo horizonte que vosotros. Si nosotros, los excéntricos, tal y como quisiera creerlo fervientemente, constituimos la base de un nuevo asentamiento de la humanidad a lo largo y ancho del planeta, es preciso agotar todas nuestras posibilidades e irradiar hacia todos los continentes en busca de tierras viables. Pase lo que pase, jamás olvidaré los días que pasamos juntos, aunque actualmente mi cuerpo ha dejado a un lado esa parte de mí denominada sexo.

Cuídate, Novendra. Cúrate. ¡Vive!

Por la Tierra.

M.

Este mismo día.

Querido Novendra:

Me aprovecho de la posibilidad de acceso al terminal poco frecuentado para enviarte mis saludos. Supongo que Mania te ha puesto al corriente acerca de su suerte y sus actividades. Me dijo que te había enviado un largo mensaje. He hablado mucho con ella y con otros... otros excéntricos. Nada puedo añadirte, salvo darte testimonio de mi confusión creciente. ¿Es que nuestro futuro se decidirá fuera de Prima? Como puedes comprender, me resulta muy difícil creerlo. No sé qué voy a hacer. Supongo que continuaré mi trabajo rutinario. Y además... De todos modos, no somos más que grava entre las manos de nuestro Gran Arquitecto. No tengo nada más que decir.

No obstante, mis sentimientos son fraternales.

Sintrich

15 de marzo

Irinn, muerto...

Argap, muerto...

Kalinkol, muerto...

Doubienus, muerto...

Falkendran, muerto...

Alliena, muerta...

Juinellina, muerta...

y tantos otros muertos y muertas...

¿Comprendes eso, Sintrich?

¿Y tú, Mania?

Sí, ¿comprendéis esto, vosotros dos, a quienes separé otrora y hoy reúno en un mismo recuerdo oscurecido por los velos del dolor que se acumulan entre la ciudad y yo? ¿Lo comprendéis?

Tanto si se odia eso que vosotros llamáis movimiento Excéntrico, como si uno se formula preguntas al respecto o se convierte en ardiente abogado del mismo, comprended bien que las invectivas, los cálculos o las frases de ánimo que le prodigáis nada tienen que ver con lo que vivo desde hace casi cuatro meses.

Comprended también que me tiene absolutamente sin cuidado si Prima se desmorona sola porque ésa debía ser su historia infecta o porque —al haber comenzado a pensar esta historia— precipitáis el curso de ésta; tú, Sintrich, con tu canguelo; tú, Mania, con tu activismo; él, Primero, con sus mamarrachadas tan exageradamente dialécticas que lía como un novato insignificante de la P.P., y los otros, los ABCDEF (o más bien los alfa y los omega de la estupidez lloriqueante), ¡a punto de irse a pique con su ciudad de mierda!

Comprended también los dos, a quienes sigo amando a pesar de todo —y ello en la medida en que la palabra amor continúe teniendo un sentido para mí después de saber lo que sé acerca de la naturaleza humana—, sí, comprended que lanzarse a los caminos del ancho mundo no es mantener un combate ejemplar como pude creer. Comprended que es simplemente enzarzarse en una horrible lucha cada día, cada hora, cada minuto, para tratar de salvar el pellejo, para subsistir como una bestia...

Abandoné Prima para conocer la verdadera vida... Qué pobre imbécil fui, repleto hasta la médula de idealismo abstracto como reacción al materialismo mugriento de la ciudad... Y sólo he encontrado la muerte.

Además, debo decir que he encontrado la verdadera muerte. No la muerte eufemizada de Prima, donde palmar dentro de las reglas aún constituye rendir un servicio al cuerpo social y, en todo caso, a sus organismos de recuperación.

La muerte, sí. Rostros contraídos en horribles muecas. Ojos en blanco. Malos olores. Esfínteres relajados. Llagas purulentas. Miembros arrancados. Sangre chorreando. Nada en común con los contenedores precintados en que os embarcan a los primeros signos de debilidad, podéis creerme...

Y, sin embargo... Cuando nos alejamos de la costa para adentrarnos en el interior, todos teníamos la sensación de que lo más duro ya había pasado. Mi salud y la de mis compañeros de fatigas mejoraba. La partida había sido casi feliz. Notaba en mi bolsillo las semillas que me había dado el viejo amante de los tomates y perdonavidas de mirlos. La perspectiva de la inmensa marcha que debíamos llevar a cabo para llegar a las tierras consideradas nuevamente fértiles de los altos valles nos hacía hormiguear las piernas.

¡Oh!, tampoco diré que formando nuestra pobre caravana estuviéramos dispuestos a cantar. Pero por fin la esperanza había vuelto a adquirir una forma concreta y todos mirábamos más allá de las junglas malsanas, hacia las montañas gigantescas que debíamos alcanzar.

La pista estaba poco utilizada y era peligrosa. Sin duda, éramos más débiles de lo que creíamos. Nuestro desconocimiento de las especies extrañas, que parecen haber suplantado antiguas formas de vegetación, era grande. Noche y día nos devoraban abominables insectos sobre los que ignorábamos todo. La ausencia de reserva de víveres no se compensaba mediante el consumo de algunos frutos silvestres que habíamos aprendido a reconocer... ¿Pero de qué serviría multiplicar los factores de explicación? Empezamos a caer, uno tras otro...

Grito de un hombre que desaparece en unos rápidos de aguas hirvientes...

Grito de otro hombre agotado que decidimos abandonar tras haberlo llevado durante tres días por turno, uno tras otro...

Grito de una mujer fulminada por el veneno de un tubérculo desconocido...

Grito de un hombre enloquecido por picaduras de bichos voladores machacándose la cabeza contra un tronco de árbol...

Grito de una mujer muriendo de hambre al borde del camino cuyo trazado es casi imperceptible...

Gritos, gritos, gritos...

Eso es el movimiento Excéntrico, Sintrich y Mania... He aquí lo que vosotros describís como un fenómeno social, pobres ingenuos... Una colección de cadáveres diseminados a lo largo de un camino serpenteante entre la semipenumbra de una selva que odia al hombre, estoy seguro... Y además, me atrevería a decir que, excepto el horror, nada es normal.

Solamente unos pocos hemos podido salir de esa jungla maldita. Doce lisiados con los rostros roídos y los pies destrozados, doce exactamente. Doce supervivientes con las cabezas llenas de pensamientos oscuros y los corazones endurecidos. Recuerdos de los amigos dejados atrás de una forma despiadada, de las raciones robadas a los más inocentes, de las maniobras solapadas para engullir a solas algunas setas descubiertas bajo el musgo, de los golpes brutales para ser el primero en alcanzar algunas bayas comestibles...

Y, además, aún peor que los recuerdos —que en el fondo nos unían en la ignominia—, los proyectos. Todos juntos mirábamos la montaña sobre nosotros, como francos y francas camaradas. Luego, por debajo, nos mirábamos unos a otros. ¿A quién le tocaba? Tal vez ése, parece que ya está agotado. Le quitaré los zapatos, que no están mal... O aquélla. Sé que esa guarra lleva bolsitas de vitaminas en su cinturón. Aplicándose un poco, en un sendero demasiado abrupto, ¡hala!...

Los proyectos, a su vez, no tardaron en convertirse en recuerdos, mientras escalábamos peñascos cortados a pico con una lentitud espantosa. El hombre agotado murió y yo le quité sus zapatos. La mujer de las vitaminas cayó, pero el tiempo que tardé en descender para llegar a su cadáver dislocado fue suficiente para encontrar allí a dos buenos amigos con aire de inocencia y las manos en los bolsillos.

Continuamos avanzando y me revelé como un buen especialista en el juego de quítate-de-ahí-que-me-pongo-yo. Yo, que era tan torpe en Prima, tan timorato que creí vivir para una causa, tan débil físicamente que creí amar las cosas del espíritu, sí, yo, Novendra, siento que mis músculos se contraen bajo mis ropas empapadas de sudor, siento las descargas de adrenalina que irrigan mi cuerpo en los momentos necesarios, siento palpitar mi corazón como una bomba sedienta de vida. Mis manos ya no son suaves y mi mirada ya no es cálida, Mania. Ojo de rapaz y manos de estrangulador, ese es tu Novendra. Porque he matado y robado para alcanzar ese refugio de alta montaña desde el que os envío este mensaje. Era preciso... Recuerdos... Sucios recuerdos...

Y será necesario... Proyectos... Sucios proyectos... Pero ya sé lo que me amenaza. Sólo somos cinco, entre ellos Yrjux. Esa basura, jugando con el poder que le otorga su especialidad y con las pocas drogas que aún están en su posesión, se cree el jefe de nuestro pequeño grupo. Tiene copada a la única mujer superviviente del grupo. Pero sé que los otros dos pobres diablos que han llegado hasta aquí con nosotros se inclinan más hacia mí y pienso servirme de ellos cuando llegue el momento.

Seré yo quien determine ese momento, cuando estemos en uno de esos valles verdes que percibo a lo lejos, más abajo. Porque, veréis, uno de esos valles será mío. Y en él plantaré las semillas que a veces toco furtivamente en mi bolsillo. Y allí veré madurar frutos rojos, crujientes, jugosos............................................................................................

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Lectura retrospectiva.

Estoy horrorizado por el mensaje que acabo de dirigiros. No puedo creer que haya tanto odio y tanta violencia en mí. Y sin embargo...

Siento deseos de llorar en tus brazos, Mania.

Siento deseos de notar tu mano tranquila sobre mi hombro, Sintrich.

Siento deseos de escuchar vuestras ideas racionales, de compartir vuestras dudas, de adherirme a vuestras esperanzas.

Pero, en el punto en que me encuentro sólo puedo hacer una cosa: continuar. En el lugar al que me dirijo no hay transvideo. Pero es posible que pueda hacer llegar un mensaje por otro medio.

Parece ser que por todas partes hay pequeños grupos humanos que viven felices en esos pocos oasis verdeantes ocultos en el seno de la inmensa montaña. ¿Feliz? Me cuesta creer que se pueda ser feliz en parte alguna. Y, no obstante, os abrazo a los dos deseando que al menos vosotros lo seáis en Prima o dondequiera que fuere.

Novendra

7 de abril

Novendra, amigo mío...

El eco de tu último mensaje ha resonado durante mucho tiempo y de una forma dolorosa en mi ánimo. A lo largo de un prolongado período he estado entre el rechazo y la compasión. Me han venido a la memoria frases hechas (tú dirías: tópicas), como «fuera de la seguridad de Prima, no hay salvación», o bien «a cada nuevo estímulo, una respuesta nueva». Pero ya te he dicho cosas semejantes en otras ocasiones. Y entonces oía tu risa, Novendra. Y, ¿podrás creerlo?: a tu risa se añadía la mía. No sé si estoy cambiando, pero una cosa es segura: Prima cambia. Está a punto de convertirse en la sombra descarnada de lo que fue. Y la Fraternidad social cambia; se está tornando una caricatura de lo que representaba, se está convirtiendo en lo contrario de lo que fuera. Sí: la fraternidad ya no existe aquí. El agotamiento de la energía y los cortes de corriente que ello entraña, la penuria creciente de alimentos (que puedo seguir directamente sobre mi dial de distribución), y las actuaciones cada vez más brutales de la P.P., suscitan un comportamiento anárquico en numerosos Primianos. Las actitudes antisociales y antidemocráticas son ahora moneda corriente: trabajadores de clase F, E, e incluso D, cesan en toda actividad durante horas, a veces días, para parlotear y frecuentar las crujías gritando injurias contra el Consejo supremo, y hasta contra la persona de Primero; no sé cómo, pero han sido desviados algunos transportes de alimentos; se dan casos de ciudadanos asaltados durante los períodos de sueño y hay gente que comienza a poner barricadas en las células, a organizar turnos de guardia en los dormitorios. Todo se degrada. ¡Todo se pudre! Es como si un poco de esa implacable violencia exterior, con cuyas sórdidas descripciones me apabullas, hubiera penetrado en la ciudad, como consecuencia de tus mensajes. ¡Oh!, no te acuso, amigo mío, hermano... Pero, Prima, en la que había puesto toda mi confianza... Prima, que era el zócalo inconmovible sobre el que había construido mi vida... Prima me abandona, Prima me traiciona. Ya no sé qué hacer, ni qué pensar. Me encierro en mí mismo, no participo en las discusiones estériles que prácticamente han reemplazado todo esfuerzo de creación durante el turno de ocio-creatividad, me sumerjo en el sueño a fuerza de píldoras. Evito cuidadosamente a Golan, y no he vuelto a ver a Mania que, por lo que puedo saber, quizás ya se ha marchado... puesto que las informaciones oficiales, oh estupefacción, ahora dan cuenta discretamente de «partidas de contingentes pioneros». Mi único contacto con la vida lo constituye Ouriol, en quien a veces creo encontrarte a ti diez años más joven. Pero él es menos ardoroso y menos radical que tú. Creo que comprende mis accesos de desasosiego; respeta mi silencio y no trata de adoctrinarme.

Perdón. Bromeo, pero ya sabes que no es sino para intentar escapar de la duda y el abatimiento que me corroen. Este mensaje sólo está redactado por esto. Porque sé muy bien que no lo recibirás, Novendra. No quiero pensarlo y, al mismo tiempo, es una evidencia implantada en mí, como un hierro candente. Sólo espero, ¡y cuan ardientemente!, que la muerte omnipresente en el exterior no te habrá alcanzado. Espero que hayas llegado a tu valle verdeante. Espero que tus tomates crezcan, y que te atiborrarás de su pulpa y su jugo. Espero que hayas encontrado tu nuevo mundo, o, mejor dicho, que lo crearás con tus propias manos. Por lo que a mí respecta, ya ves, mucho me temo que soy incapaz de crear nada y, sobre todo, mi propia vida.

Te dejo, dejo tu sombra. Ojalá al menos este mensaje sea un testimonio para aquellos que, siguiendo tu camino, acaso pasen por tu refugio de alta montaña perdido en ese continente extraño que para mí está más alejado que otro planeta.

No te digo «adiós», para conjurar la mala suerte. Pero, si te digo «fraternidad», quisiera que tú, o tu sombra, pueda creer que no se trata de una fórmula estereotipada, sino de un término al que, en este instante, insuflo todo su sentido.

Sintrich D/27/4.357.966

11 de abril.

Ouriol me ha notificado la partida de Mania. Se ha ido con un grupo de pioneros, o de excéntricos, poco importa eso, con destino desconocido. Ouriol se ha quedado y me ha dicho que quiere organizar otro grupo. No se ha atrevido a pedirme que forme parte de él. Sin duda espera que se lo pida yo mismo. Sería totalmente incapaz de tomar esa decisión.

12 de abril.

Esta noche he soñado con Novendra y Mania. Estábamos reunidos, como antaño, jóvenes y alegres, como antes. ¡Pero estábamos en el Exterior! En un verde prado, bajo un cielo increíblemente azul. A nuestro alrededor había extraños arbustos con frutos de todos los colores (¿serían tomates?). Yo rodaba sobre la hierba con Mania entre mis brazos. La besaba. Comenzábamos a hacer el amor, y de pronto me percataba de que era Novendra quien estaba entre mis brazos, pero eso no me detenía. Curiosamente, a continuación, me encontraba fuera de mi cuerpo, mirándome hacer el amor con un ser híbrido que era a la vez Novendra y Mania. En ese instante desperté. En la crujía de enfrente de mi celda yacía el cadáver de un trabajador E. Esta noche, cuando he regresado todavía estaba allí. Me atiborro de somníferos. ¿Volveré a soñar?

17 de abril.

Visita al Sexorium. Abandonado por las chicas más hermosas, arruinado y siniestro. Sin embargo, he subido con una libre (no llevaba el tatuaje). Era gorda, vieja y nada bonita. No he podido hacer nada.

20 de abril.

Todo el mundo habla del discurso de Primero. ¿Acaso Novendra y Mania tenían razón? ¿Prima sería «la crisálida, que ha abrigado nuestra primera edad y de donde debemos salir como la mariposa que emprende el vuelo tras una mutación»? ¿Acaso Prima vendrá a ser «un vientre materno repleto de criaturas que, al final de la gestación, nacerán en el ancho mundo»? Más bien fue el discurso de Primero lo que estaba repleto de aire, abotargado de imágenes vacías y lleno de demagogia. En cualquier caso, ha removido muchas pasiones, y, por tanto, creado trastornos suplementarios. Hay quienes están a favor y quienes están en contra, los hay prudentes y los hay entusiastas. Entre estos últimos, por supuesto, se encuentra Ouriol. Esta vez me ha pedido que forme parte de su grupo. No puedo decidirme. Creo que piensa que temo el exterior. Ni siquiera eso. Ouriol toma como argumento el hecho de que, esta vez, los que se marchen tendrán toda la ayuda de la ciudad, ¡Pobre Ouriol! Vaya argumentación. Como si no supiera que la producción industrial ha descendido en un 45 % en tres meses. Y la producción alimentaria apenas menos. ¿Ya no ve lo que hay en su rancho? Entusiastas ciegos. Esperemos...

3 de mayo.

Hace mucho tiempo que no he escrito. ¿He de darte las gracias a ti, Florial, que me quitas mi tiempo y mis pensamientos? ¡Qué extraña es la vida! Esto es el caos, o poco falta, y dentro de este caos es donde te encontré. Una de esas reuniones de cháchara. Ella quedó conmovida por «mi aire triste y ausente». La seguí a su celda. Y luego... una noche, y otra. Florial: Clase D, como yo, trabaja en los enlaces del sectante. Bajita, rubia, delgada, 37 años, estéril seguramente. No se trata de amor, ni tampoco verdaderamente de sexo. Nos apoyamos mutuamente, y eso ya es mucho. Hablamos de partir juntos. Ouriol ya ha abandonado Prima, pero hay tantos otros grupos. Hemorragia urbana. ¿Y qué? Ahora acepto.

7 de mayo.

Esta noche, ¡primer asesinato! ¡La locura! Tumultos en cuatro sectantes. La P.P. desbordada. Recluidos en celdas. Y Florial no ha regresado. Cada hora escucho las informaciones y las consignas. No muy lejos de mi bloque, se producen disparos.

12 de mayo.

Florial ha muerto. Florial ha muerto. ESTA MUERTA. Ni siquiera he tenido el consuelo de ver su cuerpo. Lo han recogido, como todos los otros. Vuelve a hablarse de la Gran Fosa, Florial, tú, tan frágil, tan menuda. ¿Cuántos kilowatios supondrán tus huesos? ¿Cuántas raciones, tu carne? Jamás estuve tan solo desde la partida de Novendra. Novendra... ¿me oyes? Tenias mucha razón cuando te burlabas. En unos pocos meses, Prima se ha convertido en un infierno que ninguna cohesión podrá soldar ya. Siento que vamos a estallar, a pesar de todas las promesas de «retorno a la normalidad» que prodiga el nuevo Primero, Tergendral. ¡Qué bien ha maniobrado ése! Ahí lo tienes en la cumbre. ¿Pero en la cumbre de qué? La podredumbre está en él exterior y en él interior. Y aún se habla de «vaciar Prima de sus humores». Un lenguaje reemplaza a otro, pero los conceptos permanecen y la historia farfulla. Yo me callo, alineo frases sobre mi libreta. Eso es todo lo que soy capaz de hacer.

17 de mayo.

Garvan, el sustituto de Ouriol, me hizo llegar ayer este mensaje que estaba tirado sobre la terminal. Lo incluyo entre mis páginas:

15 de mayo

A todos los que concierna, ciudad de Prima.

Los cadáveres de tres hombres no identificados (a excepción de un código de transvideo que ahora utilizamos) han sido hallados en un pequeño huerto de tomates recientemente cosechado y situado a siete días y medio de marcha del terminal en que nos encontramos en la actualidad.

Dos supervivientes, un hombre y una mujer, han sido vistos por miembros de nuestra comunidad. Se dirigían hacia el oeste. La mujer parecía estar embarazada.

X.

¿Eres tú quien me manda señales, Novendra? Quisiera que así fuera. Pero soy incapaz de esperar. ¿Me alientas a través del mensaje de ese tal X. para que abandone Prima, y me lance a tu búsqueda en el ancho mundo? Entonces será preciso que me apresure, porque ahora se dice que van a cerrar de nuevo la ciudad. No obstante, soy incapaz de tomar una decisión. El mundo cambia a mi alrededor, estalla, se solidifica, fluye hacia el mar y luego remonta hacia su fuente y, sin embargo, soy incapaz de leer su destino a través de estos movimientos contradictorios. He naufragado con mis certezas, y no logro volver a la superficie. A veces me digo: «me voy». Al instante siguiente sé que voy a quedarme. Nací en Prima y moriré en Prima, aunque ya no tenga nada que hacer en Prima. ¿Pero qué podría hacer yo en la cumbre de una montaña, o en un huerto de tomates? Muerto, vivo, te envidio, Novendra, hermano mío. Muerto, tu cráneo ríe sarcásticamente de cara al cielo y el viento de las cimas pasa a través de las órbitas. Vivo, ríes al sol reencontrado.

¿No es primavera ahí afuera?

De entre todos los nombres elegidos para participar en estos trabajos en colaboración, fue Pierre Christin el primero en proponerme un texto realizado a partir de intercambio de correspondencia (más adelante muchos otros me harían la misma proposición, pero tuve que declinarla o corregirla). En esa época (finales de 1977), estábamos en plena discusión ideológica. Pierre había dirigido a los autores de la antología Planeta socialista (entre los que figuramos ambos) una circular de reproche que puede resumirse así: todos éramos unos pesimistas y unos amargados; el socialismo era algo más, la ciencia-ficción se hundía en el nihilismo, pero, a pesar de todo, podía darse un mañana feliz. Por consiguiente, Pierre proponía proseguir conmigo esta discusión bajo una forma epistolar novelada. Tras muchos tanteos encontré el decorado de esa Tierra exangüe en que únicamente existe una ciudad, de la que escapan algunos disidentes (¡gracias Arthur C. Clarke!). Y para dar un poco de fuerza a la redacción, propuse a Pierre invertir los papeles: él, el marxista puro y duro, se pondría en el pellejo de un nihilista autonomista, y yo, el anarcoecologista, defendería las actitudes del centralismo democrático. Por tanto, Pierre habla por boca de Novendra, y yo por la de Sintrich (secundado por Mania, o por Freud). Esta experiencia nos resultó provechosa: juntos emprenderemos nuestro regreso a la Tierra, afiliándonos al P.C.

Ne me réveillez pas!

con Christine Renard

1

Tanteó el suelo con la punta del pie. No era realmente sólido, pero tampoco blando. En realidad, sus pies desnudos se hundían ligeramente, como si atravesasen la hierba impalpable algunos centímetros antes de verse parados por una superficie elástica que se encontrase por debajo del nivel visible de la pradera, de caucho, de arena mojada, de espuma vinílica. Hacía falta habituarse, resistir el vértigo, la sensación de que a cada paso íbamos a caer de cabeza; sin embargo, a la larga, la sensación no era totalmente desagradable. Más bien, casi embriagadora. Sentirse ligero, como liberado al menos de una parte de la propia gravedad.

El hombre anduvo un centenar de metros; el terreno —que no podía considerarse como un «terreno» propiamente dicho— le parecía a veces llano, a veces en bajada, a veces en subida. Pero lo que registraba su cuerpo estaba en desacuerdo con lo que veían sus ojos: el horizonte se encontraba increíblemente cercano, sus límites estaban borrosos, y el verde muy pálido de la hierba se confundía con el azul gris extremadamente luminoso de un «cielo» sin sol. Era más o menos como si se desplazase en un banco de niebla iluminado por un fuerte sol incapaz de dispersarlo, pero que aureolaba la envoltura neblinosa con una luminosidad tan viva que se volvía casi dolorosa para los ojos.

Siguió andando, alcanzó una zona de ruptura que se presentaba como una cinta imprecisa, de tres o cuatro metros de ancho, y cuyas extremidades se disolvían en el deslumbramiento; a pesar de la apariencia de movimiento que revestía la cinta, el hombre no comprendió más que al cabo de varios minutos que se trataba del curso de un río... o de lo que «aquí» pudiera pasar como tal. Remojó una mano en la onda fantasmagórica, pero su piel no notó sino una sensación vaga de frescura; y cuando la retiró no estaba ni siquiera mojada. Más curioso todavía, no se hundió más que a la altura de la pantorrilla cuando se aventuró a atravesar el riachuelo; y, por supuesto, sus piernas estaban secas cuando llegó a la otra orilla.

Un poco más tarde creyó ver una silueta humana perfilarse contra la incandescencia plateada del horizonte, como suscitada por la luz. Quiso llamarla, pero las palabras que se formaban en su garganta y lengua se diluían en el aire nada más salir de sus labios. Quiso correr hacia ella, pero se dio cuenta entonces que la impresión de ligereza era equivocada: sus pies tenían mucha dificultad en despegarse rápidamente de los fondos movedizos de la hierba cristalina, no adelantaba más deprisa que caminando normal. Dejó de hacer sus poco graciosos saltos de sapo; de todas formas la silueta se había desvanecido en la lechosa blancura.

Continuó la marcha mucho tiempo, preguntándose si no sería mejor no alejarse demasiado de su punto de partida; pero, como no tenía ningún punto de referencia para encontrarlo, llegó a la conclusión filosófica de que no tenía importancia. Aunque el paisaje no presentaba ninguna variación, en una ocasión rozó un árbol cuyo tronco tenía la consistencia del malvavisco y unas hojas parecidas a gotas luminosas proyectadas sobre una tapa de loza. Terminó por pararse, tendió su cuerpo desnudo sobre la hierba; siempre la impresión de encontrarse en equilibrio entre la materia y lo impalpable... siempre la impresión de navegar en pleno sueño y, sin embargo, de sentirse carnalmente completo, con el corazón golpeándole, los dientes que castañeteaban, la boca que salivaba, el aire que hinchaba su pecho. El aire... era puro, increíblemente puro. No es que contuviese algún perfume (al contrario, era perfectamente inodoro), pero poseía una calidad de transparencia que el hombre no había conocido nunca, ni siquiera en el transcurso de sus infrecuentes vacaciones en los parques naturales protegidos. En cuanto a la temperatura, le era imposible precisar si hacía calor o no; lo cual quería seguramente decir que rondaba los 37°.

Y además había otra cosa también, algo mucho menos apreciable aún que las incongruencias puramente físicas; una sensación de bienestar que te envolvía enteramente, que te penetraba, y que te traía... el apaciguamiento. Sí, el apaciguamiento. Aquí —sea donde fuere que se pueda situar este aquí— el mundo exterior no contaba para nada o casi nada, ni las preocupaciones, los problemas, el deber... Los labios bien modelados del hombre dibujaron una sonrisa irónica sobre su rostro alargado, cruzó las manos bajo la nuca, cerró los ojos y se dejó llevar por la ola estática del sueño.

Pero el sueño acabó por expulsarle. Una onda expansiva procedente de una explosión silenciosa le dobló repentinamente sobre sí mismo. Sus manos arañaron el aire. Hacía calor, la atmósfera era insípida y opresiva; él estaba sudoroso, un olor mezclado de ozono y de perfume químico —quizás de muguete— agredía su olfato. Abrió los ojos. Un instante antes, estaba tumbado en una pradera de sueños, en el seno de una burbuja de luz transparente; ahora se encontraba acurrucado en la tumbona de su sala de estar. Se levantó, pasó una mano nerviosa sobre su húmeda frente. Un momento antes, estaba desnudo en un deslumbramiento dorado; ahora, se encontraba enfundado en un mono vinílico ceñido en el cuello, en los puños y en los tobillos.

Se acercó al ventanal, contempló el panorama que se extendía detrás del cristal. Un instante antes se bañaba en la dulzura de un paisaje en miniatura, un universo de muñecas de color pastel; ahora tenía de nuevo el goce ambiguo de las perspectivas sin fin de Europa-I, con sus alineaciones de torres, de torres hasta el infinito, grises, grises, grises bajo el cielo plomizo de este invierno seco que no parecía acabar nunca; ahora vislumbraba de nuevo el mundo, su mundo, desde lo alto del piso ciento ocho de la torre A-M, en el barrio 129.

Retrocedió, cruzó la estancia, sorprendiendo al pasar por delante del gran espejo, colgado encima de la falsa chimenea, la mirada extraviada de sus ojos demasiado azules. Un momento antes estaba lleno de una felicidad que no había conocido nunca; ahora... ciertamente, este instante había pasado, eso es todo. Y él no debía tener en cuenta el hondo pesar que le oprimía el diafragma. Se arrodilló ante una especie de baúl que abrió con una llave plana sacada de uno de sus bolsillos; el baúl contenía un visófono sin cuadro de llamada; se contentó con pulsar una tecla roja, y esperó que la pantalla se iluminase.

2

Venise penetró en la lujosa estancia con paso rápido, nervioso. Le hubiese gustado, esta noche, encontrarse sola en su casa, pero Amar se le había adelantado, y ya estaba allí, esperándola, vigilando, aparentemente preparado para acribillarla a preguntas. Tuvo ganas de gritarle que la dejase tranquila. Sí, ella le contestaría. Se defendería. Pero no ahora, luego. Tenía necesidad de descanso, de una prórroga, de un momento de relax. ¿Por qué no? Todo el mundo tenía derecho a un poco de descanso de vez en cuando, incluso la única mujer del Consejo de Europa-I. Amar no decía nada, pero ella le veía al acecho, a punto de interrogarla sobre la sesión del Consejo de la tarde. En tensión, a la defensiva, le saludó brevemente y le soltó por encima del hombro que estaba agotada y que tenía necesidad de un baño. Amar asintió sin manifestar interés particular, pero a ella su indiferencia le pareció fingida, y cerró con alivio la puerta del cuarto de baño.

Pero no se sentía tranquila. Ni sumergida en el agua perfumada llegaba a relajarse. Amar estaba al otro lado de la puerta esperando alguna información para su diario de protesta. Ella se la daba con parsimonia, pero se la daba, de todas formas, temiendo su partida, temiendo más que nada su desprecio, y temiendo también su traición. A veces, tenía la impresión que los dos jugaban una lenta partida de ajedrez y, esta noche, se preguntaba qué pieza debería mover. La sesión de la tarde trató de la cronocibina. Aunque ahora ya se había demostrado que la droga era poco nociva, Amar, que anteriormente había luchado por el libre mercado de tóxicos, tomaría esta vez hecho y causa contra el proyecto del presidente Fassbender que preveía precisamente abrir la mano en este asunto y disminuir los precios. Pero, puesto que se trataba de un proyecto gubernamental, Amar imaginaría al momento fines ocultos. Imposible, sería imposible hacerle comprender que era deseable en el plano económico obrar así. ¿La creería si ella pudiera asegurarle que el mismo gran Lortain, después de largos estudios con su equipo de investigadores, se encontraba en situación de asegurar que la cronocibina estaba ahora estabilizada en una fórmula satisfactoria que no podría causar ningún daño a los que la utilizasen, sino que los dormiría profundamente durante varias horas consiguiendo que sus necesidades y su agresividad se vieran disminuidas notablemente?

—Un remedio ideal para la violencia y el paro, ¿comprendes Amar...?

—Sí, una población de mansos embrutecidos. Resulta práctico, ¿verdad, Venise?...

Indudablemente ésta sería su reacción. Y no habría forma de convencerle. Amar era más terco que una mula.

Pero tan guapo.

Y también tan inteligente.

Era capaz de llegar a una conclusión en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Y los revolucionarios, qué? Sería estupendo que tomasen un poco de esta porquería tuya, ¿eh? Sería magnífico que se volvieran dóciles como corderos...

Ella salió del agua, se enfundó en su albornoz, se cepilló lentamente los cabellos, obsesionada por el recuerdo de aquella sesión que no podía evocar sin imaginarse los comentarios amargos y despreciativos de Amar. Qué diría si conociera a Wim, el papel de Wim, agente secreto del gobierno, infiltrado en varios núcleos revolucionarios. Ella se sentó, presa de un mareo. Iban a destruir próximamente uno de estos grupos particularmente activo. Y todos sus miembros eran muy jóvenes... Pero era necesario pararlos. Era a la misma civilización a la que ponían en juego. El espejo ovalado le envió su reflejo: cara delgada, tensa, los ojos empequeñecidos y la frente surcada por dos arrugas verticales entre las cejas. Una frase le vino a la memoria, golpeándola como una bofetada: «Se tiene el aspecto que uno se merece». ¿Qué mereces, Venise? A los treinta y cinco años, eres la única mujer del Consejo de Europa-I, ¿no vale esto algunos compromisos?; y, además, ¿qué compromisos? ¿Por qué esta palabra peyorativa? Fassbender era un hombre con sentido común y tenía razón al no enredarse con escrúpulos sentimentales.

Ella apretó las mandíbulas, abrió la puerta del cuarto de baño y penetró en la estancia como si fuera un anfiteatro. Sentado sobre el brazo de un sillón, Amar escuchaba una cinta grabada, lo que parecía una canción de moda. El ritmo era obsesivo, crispaba los nervios y rompía los tímpanos, y ella lo detestaba ya cuando oyó las palabras:

Tú me crono, cronolizas,

Tú me cronolizas mucho,

Pero, te amo, te amo Lisa,

Pero, te amo demasiado.

Tú me crono, cronocibas,

Tú me...

Brutalmente, cortó.

—¿Cómo —preguntó Amar, con una voz dulce y peligrosa—; eso de crononosequé, ¿no te gusta?

Se sirvió una copa y se volvió frente a él.

La pelea había empezado.

3

Mailys se hunde más en los montones de cojines multicolores. Hacerse un nido. Imaginarse sola. Pero hay mucha gente en la pequeña estancia llena de humo y de olores de alcohol. La atmósfera es angustiada, vibrante. Se espera la cronocibina.

—¿Es tu primer viaje, Mailys? —cuchichea una voz a su lado.

—¡No quiero hablar de ello antes! —suelta exasperada.

—¡Déjala tranquila! Querrá prepararse para el viaje como si de una ceremonia de iniciación se tratara.

—Sobre todo no se lleven el equipaje —grita una aguda voz de mujer.

Es Robur quien contesta con un tono desencantado.

—¡Oh, sí! Dejadlo, lo encontraréis demasiado pronto.

Mailys cierra los ojos, preguntándose de golpe dolorosamente si Robur la contaba entre el equipaje que se encontraba demasiado pronto. Por el momento, Robur no se separaba de una rubia flaca y mustia, claramente mayor que él. ¿No fue con ella con quien había tenido sus primeras experiencias de toma de cronocibina? Algunos habituados al viaje nombraban el mundo en el cual se encontraban siempre transportados, «el cronoland», y aseguraban que se podían encontrar en él con quienes se habían marchado.

¿Era esto lo que buscaba Robur: encontrar esta rubia en los paisajes inmateriales del cronoland? ¿Quizás ya estaba harto de los cabellos negros y de los ojos oscuros de Mailys? Harto también de sus largos miembros y de su aspecto de gitana. Había buscado su oponente y sin duda ella, con sus faldas de zíngara y sus collares multicolores, formaba parte del equipaje que debía abandonar. Desde su sitio ella observaba a todo el mundo.

Ninguno, ninguna con quien ella tuviera ganas de marcharse, con quien tuviera ganas de descubrir el cronoland. No, se marcharía sola y sin equipaje, y sola es como exploraría el nuevo país. Intentó imaginárselo según las descripciones que le habían hecho, el suelo blando, la hierba suave y los colores luminosos.

—Despierta, Mailys —dijo una voz a su lado—, nos vamos pronto. Los billetes han llegado.

Una mano compasiva la saca de su refugio, la conduce hasta el centro del círculo donde, en el mismo suelo, está puesta una bandeja con un montón de minúsculas cápsulas autoadhesivas, llaves que pueden abrir las cerraduras de las puertas del otro mundo.

La conversación es animada, ya que los proveedores acaban de anunciar un hecho sin precedente: el precio de la cronocibina ha bajado de una forma fabulosa. Las cápsulas se han vuelto muy asequibles.

—Escribiré un artículo en Viento libre —suelta Amar—; yo lo, encuentro muy sospechoso.

—Seguramente —prosigue Laureline—; para mí es una trampa de la policía y estamos todos dentro.

Con tono categórico, Robur cortó por lo sano, asegurando que «la cuestión no es ésa». Es su frase favorita, y Mailys le corta entre irritada y agresiva, y le obliga a definirse: «¿cuál es la cuestión?, ¿eh? ¿cuál es si no es ésta?».

Cogido por sorpresa, Robur acaba por explicar lo que teme: si las cápsulas son ahora tan baratas, los que viajaban una vez al mes hasta ahora, por falta de medios económicos, se arriesgarán a pasar todo su tiempo de viaje.

—¿Y bien? ¿Por qué no? ¿Tanto te gusta lo de aquí?

—No. Sabes bien que no. Pero es que, justamente, este mundo, lo quiero cambiar. Entonces, si estoy todo el rato en cronoland

Mailys se encogió de hombros:

—Robur se cree importante porque es responsable sindical.

Alguien se echó a reír.

—Sabes, muchacho, la tierra continuaría girando.

—Claro —soltó Amar—. Y si yo pasara mi tiempo en cronoland, la tierra continuaría girando también. Y Viento Libre seguiría saliendo todas las semanas, y alguien escribiría en mi lugar las «crónicas fuera de serie». Todos sabemos que nadie es imprescindible, pero...

El resto se pierde en un rumor confuso y Mailys se siente presa de malestar pensando en los niños parapetados en su silencio que, día tras día, procura encontrar. Es verdad, nadie es imprescindible, y si ella dejara de ocuparse de estos pobres pequeños, otro u otra tomaría su puesto. Pero si todo el mundo quisiera ir a cronoland.

La conversación se generaliza.

—Nadie nos impide planificar nuestros viajes.

—Sí, pero si puedes pasar en cronoland toda una tarde por menos de lo que cuesta un helado...

—En fin, somos adultos, ¿no?

—Tiene razón. Somos adultos, gente razonable, ¿no?, y no tenemos tiempo que perder.

—¿Ah, no? ¿Y qué haces tú, con tu tiempo?

El otro se incorpora, con aspecto agresivo. No, no tiene tiempo que perder y juzga que su acción es válida. Está luchando para que las «lluvias publicitarias» sean prohibidas.

—Pensar que osamos aprovecharnos de un elemento natural para...

—Escucha, cálmate, estamos de acuerdo, pero tú harías mejor en unirte a un grupo revolucionario, parece que tengas vocación.

—Basta. Ya es suficiente. ¿Nos vamos o no nos vamos?

—¡Naturalmente, largarte es todo lo que te interesa!

—No tienes más que quedarte, si marcharte es contrario a tu ética. Nadie te obliga.

Amar, silencioso desde hace algún rato, toma la palabra de nuevo.

—Lo que me inquieta, es que el precio haya bajado. Estoy casi seguro que es una trampa, ¿pero, por qué?, ¿con qué fin?

Se detiene, ansioso, y vuelve a hablar, en voz más baja.

—En fin, ¿qué es lo que quieren, enviarnos a todos allá, para tener paz aquí?

—¡Oh, para lo que les molestamos! Sólo somos vagabundos.

—Si queréis mi opinión, harían mejor en perseguir los grupos de verdaderos revolucionarios, los que hacen verdaderamente algo. ¡Los peligrosos, vamos!

—Vamos, hombre —soltó Robur, siempre seguro de sí—, los verdaderos revolucionarios, quiero decir los que quieren tomar el poder por las armas, no perderán el tiempo en el cronoland:

—¿Estás tan seguro? —murmura Amar en voz tan baja que nadie le oye.

De todas formas, todo el mundo tiene ganas de marcharse. Se distribuyen las cápsulas y se hace un silencio tenso. Mailys, antes de fijar la minúscula cápsula autoadhesiva en el hueco de su brazo, se refugia en su nido de almohadones. ¡Que no se encuentre con nadie! Se quiere marchar sola, enclaustrada, entre paredes, como estos niños autistas con los que nadie puede comunicar. Que Robur se vaya con la rubia; ella se irá sola. Descubrirá sola el cronoland. Los cojines casi se han cerrado sobre ella como pétalos de una gran flor cuando fija la cápsula al hueco de su brazo.

Y, casi inmediatamente, siente el viento en sus cabellos. Abre los ojos sobre un paisaje luminoso dulcemente ondulado. Así que es esto, el cronoland. Perspectivas movedizas, colores inciertos, pero suaves y tiernos. Un lugar de dulzura, de ternura, un lugar de reposo también. Da algunos pasos. El suelo es también tierno, y se siente ligera como si el aire que parece tan puro la privara de peso. Estoy sola, piensa de repente; es, pues, mi dominio, mío. Se acerca a un árbol cuyas ramas más bajas cuelgan hasta el suelo. Su follaje es pálido y murmura bajo una brisa ligera. Tiende la mano hacia una fruta redonda de color ocre rosado. Pero sus dedos se hunden en una materia algodonosa casi sin consistencia. Decepcionada, se aleja, empieza a trepar a una suave colina. Algo brilla detrás. Para su asombro, no le faltan más que algunos pasos para llegar hasta la cumbre. Y aquí, en el otro valle, palacios translúcidos brillan dulcemente. Parecen lejanos, y, sin embargo, puede Ver todos los detalles de su arquitectura: los balcones esculpidos, los campanarios y las torres con calados de oro y plata, y las pesadas puertas con incrustaciones de piedras de color. Justamente, una de estas puertas se abre y aparece un joven, se queda inmóvil algunos instantes en el umbral, como deslumbrado por la luz. Es alto y delgado y ella observa sus cabellos oscuros y sobre todo sus ojos azul oscuro, ojos inquietos que viven la angustia y la duda. Ella no se extraña de poder distinguir tales detalles a pesar de la distancia, está ya acostumbrada. Y quizás el joven lo está también ya que, de repente, la ve y se miran como si estuvieran cerca el uno del otro. Bruscamente, se pone a correr hacia ella, que, presa de un irresistible impulso, empieza a descender la colina. Sin embargo la distancia parece crecer entre ellos. Cuanto más avanzan el uno hacia el otro, más parecen achicarse sus siluetas, fundirse en el horizonte luminoso. Mailys quiere gritar, pero su voz es débil, como ahogada por la espesa niebla. El joven no es más que un punto en el horizonte, cuando las colinas, los árboles, y los palacios se funden en la luz.

Brutalmente, el aire se vuelve espeso, cargado de olores malsanos. Apoya sus dedos sobre sus párpados y los aparta enseguida, ya que sus ojos están doloridos. Incluso antes de volver a abrirlos, ella se da cuenta.

La sala mal iluminada huele a alcohol y a humo enfriado. Por todas partes vuelven viajeros, la mirada obsesionada, los hombros un poco encorvados, el paso incierto. ¿Por qué se acerca Robur guiñando el ojo detrás de sus gafas oscuras, como si no la conociera? ¿Por qué le pone sobre el hombro una mano posesiva?

—¿Vienes? —dice con una voz mal controlada—. ¿Vienes? Regresamos.

Ella se desprende.

—¿Quiénes?

Tiene un aire de incomprensión total.

—Bueno, tú y yo. Vamos a mi casa. No te inquietes —añade con ese tono que ella detesta—. Me conozco. En algunos minutos estaré totalmente readaptado y podré conducir el tronicar.

Azorada, Mailys se pregunta qué es lo que quiere decir. Se acuerda vagamente que, hace algunos siglos, tenía la costumbre de vivir en casa de Robur, de ir a pasar allí días y noches. No obstante, ¿qué tenía para ofrecerle sino una habitación hostil y una mirada mezquina detrás de la pantalla de sus gafas?

Ella sacude la cabeza, se aleja, escuchando con aburrimiento sus recriminaciones mientras la sigue hasta el pasillo, hasta la puerta de entrada.

—Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¿Es porque yo estaba al lado de esa rubia al salir? ¡Pero si es sólo una experiencia para comprobar si es posible encontrarse en cronoland con el compañero dé partida! Hay quien afirma que es posible. ¿Qué te pasa?; ¿te hubiera gustado que hubiera probado contigo?

Le mira, sorprendida. ¿Era esto lo que hubiera querido hace siglos? Ya tiene la mano sobre el pomo de la puerta.

Él la retiene, apretando duramente su brazo.

—O tal vez lo que hubieras querido es que te llevara en un viaje precedente. Estás resentida conmigo porque yo he ido antes que tú al cronoland. Pero sé que eres frágil. Quería tener esta experiencia antes de arrastrarte, sólo para ver si podrías soportar esto. Vamos, ven; no te hagas la niña.

Prueba de librarse de nuevo, y, rabiosamente, Robur afloja su apretón, abre la puerta para ella.

—A menos que hayas encontrado allí a alguien que...

No oye la continuación; ya desciende las escaleras, ya está en la calle, caminando con un paso alegre, cantando en voz baja: «He encontrado a alguien allá, a alguien allá, a alguien allá...».

4.

Todo se desarrolló con rapidez, con mucha rapidez, con demasiada rapidez para que los principales interesados pudieran tener tiempo de reaccionar y clara conciencia de lo que les pasaba.

El escenario: una vivienda en el piso 40 de una torre de mediana importancia en el barrio residencial de Europa-1; una zona de cerros donde aún se conservaban raras franjas de hierba enfermiza con algunas coníferas esqueléticas, y que formaba parte en otro tiempo de una región llamada Baviera.

Los personajes: nueve jóvenes (es decir, entre veinte y treinta y cinco años), siete hombres y dos mujeres, que se llamaban, respectivamente, Wolferd, Mora, Tancrid, Aldo, Verd, Jan, Ahrmid, Graziella y Walburgis. ¿Pero qué importaba eso? Estos nueve jóvenes estaban fichados por el S.S. de Europa, lo que significaba que cualquier grupo o individuo que poseyera un ordenador terminal ligado al P.—C. (Población-Control) de Europa-1 Centro (por ejemplo un comisario de barrio o un inspector itinerante), podía en algunos minutos tener información respecto a cada uno de ellos equivalente a un dossier de varios centenares de páginas. Pero esto los nueve conjurados ya lo sabían.

Lo que no sabían es que su escondite actual, esta vivienda rica de un barrio burgués, alquilada con un nombre falso por un simpatizante en principio fuera de toda sospecha, era ya una trampa desde hacía varias semanas: un micrófono ultrasensible (material japonés, el más fiable) había sido colocado en la funda del climatizador por manos discretas, y todas las ventanas estaban bajo la mira de anteojos potentes colocados en torres vecinas, ante los cuales se relevaban cada veinticuatro horas unos policías. Lo que no sabían es que los bullen esperaban para intervenir a que todos los miembros aún en libertad de la Célula Amílcar Cabral, fracción del E.L.E. (Ejército de Liberación Europeo), se reunieran en este lugar estratégico.

Y el momento había llegado. Wolferd, después de darle muchas vueltas, había decidido asestar un gran golpe: ejecutar, en el momento de la inauguración de su nuevo local, al jefe del grupo de prensa Trans-Europa, que se ensañaba muy particularmente contra los marginados del sistema.

Así, cada uno de los miembros de la célula había sido advertido por una llamada visofónica hecha desde un lugar público e interrumpida al instante, cada uno había llegado a la vivienda por un trayecto complicado. Las cortinas habían sido corridas ante las ventanas y la luz reducida al mínimo, para dar la impresión de un lugar inhabitado; el visófono había sido desconectado, la puerta tenía el cerrojo echado, dos chivatos electrónicos (material europeo, que no estaba mal tampoco) habían sido colocados sobre el rellano y en la caja del ascensor. Y un centinela armado con un fusil de asalto americano M 32 de repetición estaba de guardia detrás de la puerta, en el hall de la entrada. Por el momento, era Ahrmid quien ocupaba este puesto.

El asalto se inició en el preciso momento en que Wolferd alargaba hacia un plano detallado de Europa-1 Centrum una mano en la que sostenía un marcador magnético, y decía: «He aquí la calle por la cual...». Y el infierno se desencadenó. El techo estalló, una de las paredes de la sala de reunión voló en fragmentos, proyectando sobre los conjurados polvo de yeso y de fibrocemento, cascotes contundentes, partículas de metal; varios vidrios se astillaron bajo el impacto de botas proyectadas hacia adelante, las cortinas se hincharon con el viento de cuerpos en movimiento. Y, enseguida, la sala se pobló de siluetas negras. El enemigo, al que se esperaba por la puerta, había entrado por las ventanas tras haber descendido a lo largo de la pared exterior con la ayuda de cuerdas, bajando desde la vivienda de encima, ocupada desde hacía tiempo; entraba también por el techo destrozado y el apartamento de al lado, ocupado también por la policía. El enemigo era un comando de las S.E.A. (Secciones Especiales de Asalto) del S.S., esos terribles polis de negro enfundados en sus chalecos anti-bala, que parecían escarabajos, con la cara protegida por una máscara y dos grandes ojos redondos, el cráneo embutido en el casco redondo, rojo vivo, adornado con dos antenas flexibles... un atuendo estudiado especialmente teniendo en cuenta los arquetipos del terror...

Graziella, que estaba apoyada en la pared en el lugar preciso de la explosión de la carga, fue proyectada hacia adelante y rodó en medio de la sala derribando una mesa baja; Ahrmid, que surgía del hall, fusil en mano, fue detenido por un cuchillo que se hundió hasta el puño a la altura de su diafragma. Granadas paralizantes rodaron sobre el parquet, dejando escapar el eficaz humo azulado. Wolferd, que había hecho un gesto rápido hacia su pistola puesta sobre el velador, fue despedazado por una ráfaga que le cortó casi en dos justo por debajo de la cintura; el brazo izquierdo de Walburgis, que estaba sentada a su lado, se rompió por tres sitios bajo el impacto de las balas de fragmentación; fue proyectada contra Wolferd y su sangre arterial se mezcló a las vísceras esparcidas de su amante. Mora yacía inanimado sobre el suelo, sepultado bajo los escombros del techo. Tancrid quiso correr hacia la puerta; un escarabajo le cortó el paso, una navaja le atravesó la garganta, de una oreja a la otra. Verd pudo engañar a dos policías, se echó a través de la abertura estrellada de una ventana rota; ningún grito delató su larga caída. Aldo y Jan levantaron los brazos pero resbalaron casi enseguida en medio de los otros cuerpos, paralizados por el gas.

Cuatro o cinco segundos, y todo había acabado. Otros hombres entraban en la vivienda, esta vez por la puerta, que ya habían abierto los escarabajos. Los muertos, los heridos, los inconscientes fueron evacuados en un tiempo récord. Había cuatro muertos. Otros dos —poco importa quiénes— murieron durante su traslado al hospital. Y la suerte de los tres supervivientes —poco importa quiénes— no sería más envidiable. Ahora policías de paisano registraban el apartamento; los gases de dispersión rápida ya no eran activos, quedaba solamente en el aire un olor casi agradable de amoníaco y de almendras tostadas. Armados en pie de guerra, rígidos, los miembros de las S.E.A., siempre enmascarados, parecían estatuas de plástico brillante, los extras inmóviles de una película de ciencia ficción de tercera.

Un hombre de paisano, el último que entró en la vivienda, había ido hasta el balcón, sobre el cual se había apoyado, dejando errar una mirada azul y fría sobre el panorama de las torres que el anochecer cubría de cenizas. Se sobresaltó cuando un inspector gordo, rojo, calvo, sudoroso, con los dientes cariados, y el aliento cargado, se le acercó y se puso firme frente a él, con su vientre abultado estirando los faldones de su impermeable de vinilo.

—Hemos hecho una primera estimación, señor...

—¿Y bien? —soltó simplemente el hombre de paisano de conjunto ajustado.

—La pesca es buena... —sopló el poli gordo—. Material electrónico, cartas, algunas armas: fusiles, pistolas automáticas, pistolas-ametralladoras, americanas o de la Europa del Este. Y en la sala de al lado, una reproductora alpha.

—¿Alguna lista de nombres o direcciones, algún carnet, bandas magnéticas, códigos?

—No hemos encontrado nada de este tipo hasta el momento. ¡Ah!, olvidaba esto...

El inspector entregó a su superior una cajita plana rectangular. El tipo alto la abrió. En el interior había unas veinte dosis de cronocibina con envoltorio de plástico. El envoltorio ni siquiera estaba roto.

Wim agradeció con un movimiento de cabeza y volvió a cruzar a grandes zancadas el apartamento devastado. Ya no tenía nada que hacer allí.

5

El cuerpo tendido sobre la mesa reluciente de limpieza aséptica estaba totalmente desnudo. Una ventosa pectoral, una corona de caucho negra, una pulsera de metal brillante, conectaban el cuerpo a un gran armario metálico blanco mediante un conjunto de hilos en espiral forrados de negro.

El cuerpo era de un hombre joven, delgado, cuyas costillas sobresalían y cuyas crestas ilíacas se erguían a una y otra parte del abdomen cóncavo; podía tener veinticinco años.

El hombre bien vivo, que estaba de pie cerca del cuerpo y observaba con atención los cuadrantes que tapizaban el armario metálico, era, al contrario, más bien rechoncho y de más edad. Vestía un mono blanco con múltiples bolsillos, llevaba anacrónicas gafas redondas sin montura, una corta barba blanca, y sus cabellos, igualmente blancos, escasos en lo alto del cráneo, le caían por detrás de la nuca hasta los hombros. El hombre parecía lleno de un júbilo secreto que marcaba con un abanico de finas arrugas la esquina de sus ojos grises; tarareaba con la boca cerrada algunos compases de alguna canción de moda y, tras la espalda, sus manos se abrían y cerraban como si hubiera querido agarrar una misteriosa presencia revoloteando en el aire ambiente. Finalmente el hombre oprimió una tecla. Se abrió la puerta del fondo del laboratorio. Una joven en mono blanco apareció y se acercó al que le había llamado.

—¿Me necesita, profesor Lortain?

—Míreme esto —dijo el profesor poniendo familiarmente la mano sobre el hombro de su ayudante, al tiempo que le mostraba los tableros débilmente vibrantes del armario—. ¿Qué diría usted?

—¿Un coma profundo?

—¡Mucho más! Quiero decir: si consideramos la temperatura basal del cuerpo y la curva de enfriamiento, las pulsaciones cardíacas y todo el resto, diría que estará clínicamente muerto dentro de una hora. ¡Pero, mire! No morirá. ¿Es compatible esto con un diagnóstico de coma profundo?...

El profesor Lortain señalaba con un dedo triunfante la pantalla del encefaloscopio.

—Es fantástico... —murmuró la joven.

Sobre el rectángulo verdoso, unas líneas movedizas se estremecían como la cresta de las olas agitadas por una marea galopante y las olas se hinchaban, caían, estallaban, testigos de una actividad encefálica prodigiosa...

6

—¡Cómo! —estalló la mujer—, ¿ya no está en una habitación particular? ¿Pueden explicarme qué significa esto? No me van a decir... No está... no está...

Su voz se había quebrado en medio de la frase, su furor se había ido instantáneamente, asaltada por un miedo que ahora se hinchaba en su pecho, le subía a la garganta, ahogaba las palabras prestas a surgir.

—Cálmate, Irmin, cálmate... —le decía su marido envolviéndola torpemente con sus largos brazos.

—Escúcheme, señora —intervino calmadamente la enfermera que había acogido al matrimonio en el hall B-7 del hospital (6.000 m2. de superficie) de Europa-1 Centrum—. Les aseguro que su hijo no está muerto. Está simplemente inconsciente y... clínicamente en un estado que nosotros llamamos fase post-cronocibínica. Tenemos numerosos casos de enfermos que presentan los mismos síntomas, y... como no poseemos todavía un método de cuidados apropiados para esta enfermedad, nos es absolutamente imposible prolongar la estancia en habitación particular de los sujetos inconscientes.

La enfermera había hablado muy deprisa, como si recitara un discurso muchas veces repetido. Y así era, en efecto. Fue necesario que los lentos engranajes de la mente de Irmin Wasterfeld se pusieran en movimiento para desmenuzar la información, antes que ella empezara a farfullar, presa de las congojas de la duda, de la pena, del terror.

—Pero... ¿qué quiere decir? ¿No se ha podido despertar a Aragel? No entiendo... Es esta porquería que tomaba, ¿no es eso?

—Es un efecto secundario de la toma demasiado frecuente de cronocibina, sí, señora... Ya habrá oído usted hablar de este tipo de efectos en la holovisión, ¿no es cierto?

—Pues sí, Irmin, hemos oído las informaciones... He tratado de explicarte, ya sabes... —soltó el marido, más para la enfermera que para su esposa, cuya boca abierta, demasiado maquillada, formaba dos paréntesis escarlatas bajo su rostro lunar que la iluminación blanca del hall volvía pálido. Irmin Wasterfeld se libró del débil abrazo de Karel, fue a plantarse a algunos centímetros de la enfermera, rubia, plana, aseptizada, impasible, bello objeto sin alma moldeado en el mono verde pálido de las auxiliares de sanidad.

—Con informaciones o sin ellas, quiero ver a mi hijo, ¿comprende? ¡Quiero ver a mi hijo! —gritó.

La enfermera pestañeó, levantó una mano apaciguadora.

—Bien, señora, está en su derecho. Si quiere esperar algunos instantes, voy a hacer que la lleven a su lado... Pasaron algunos instantes en la agitación apagada pero incesante del gran hall. Otra enfermera vino a buscar al matrimonio Wasterfeld, tan plana y tan fría como la precedente, aunque ella tuviera la piel negra.

—Por aquí, señora, señor...

Los hizo penetrar, con otras veinte o treinta personas, en la cabina de un ascensor que se deslizó con suavidad hacia las profundidades del hospital. Sobre la pared, único índice de movimiento, una cifra verde se iluminaba en un cuadrado de cristal: 10... 15... 20 pisos por debajo del nivel 0. ¿Comunicaba el hospital directamente con el infierno? En ese caso sería un infierno glacial y silencioso, donde los tormentos serían administrados por pálidos funcionarios enguantados y enmascarados... La cabina se paró finalmente cuando aparecía la cifra 36 en el tablero.

—Por aquí, señora, señor...

Turistas apresurados de visita en las catacumbas de plástico, de acero brillante y de vidrio frío, el señor y la señora Wasterfeld se precipitaron tras otros ofuscados visitantes, en pos de la enfermera con voz de azafata de aviación. Cruzaron una sala, dos salas, tres...

—Dios mío... Dios mío... Dios mío... —no cesaba de titubear Irmin cuando pasaba a lo largo de las camillas alineadas, en donde yacían...

Pero los alineados debían de estar perfectamente ordenados, y la enfermera debía de conocer a la perfección la geografía humana de los subterráneos, pues Irmin y Karel fueron rápidamente abandonados cerca de una cama.

—Su hijo está aquí... —dijo la enfermera; y los plantó delante del lecho, arrastrando, «señora, señor», a los otros visitantes por el dédalo.

Un último ¡«Dios mío»! expiró en los labios de Irmin Wasterfeld. Se inclinó sobre la cama, pasó una mano temblorosa sobre la frente del yacente y la retiró con un pequeño gemido de ratón.

—Karel... él está... está helado. Está muerto. ¡Tócalo! ¡Tócalo!... Ella nos ha mentido... ¡Te digo que está muerto!

—Cálmate, Irmin... Te lo ruego, cálmate —cuchicheó el hombre alto con brazos como patas de araña. Pero cuando, a su vez, hubo osado rozar la mejilla de su hijo, su mano se puso a temblar, y tuvo que deslizarla en el bolsillo de su mono. Irmin había juntado sus puños contra su generoso pecho, se había puesto a llorar silenciosamente, y las lágrimas, que corrían como cuentas de cristal sobre sus mejillas demasiado maquilladas, trazaban surcos paralelos que le dejaban un rostro como de grabado. Acostado en su cama estrecha y blanca, inmóvil, con los ojos cerrados, Aragel les devolvía la evidencia de su escapada fuera del mundo; tenía dieciocho años, había heredado de su madre una capa de grasa superflua; ahora, no era más que un muñeco de plástico sobre un expositor.

—¡Doctor, doctor..., por favor! —exclamó Karel.

Había atrapado el brazo de un médico —reconocible por la gran cruz blanca que estampillaba la espalda de su mono de uniforme— que circulaba a grandes zancadas entre las camas alineadas. Pero una vez que el médico se detuvo, inquiriendo con la mirada a Wasterfeld, el hombre ya no supo qué decirle. El doctor se inclinó sobre la cama, levantando con una mano el rizo pelirrojo que acababa de caerle sobre los ojos. Leyó a media voz las indicaciones puestas sobre la ancha etiqueta que colgaba de la cabecera de la cama: «Aragel Wasterfeld... Nacido el... admitido en el hospital el 7 ࢤ 4... caído en fase crono el 9 ࢤ 4... Mmmm...».

—No entienden ustedes lo que le pasa a este joven, su hijo, supongo... ¿Es eso, no?

Los esposos Wasterfeld no pudieron más que mover la cabeza bajo el apostrofe lanzado por una voz más cansada que provocante.

—Pues bien, para hablarles francamente, no comprendemos tampoco gran cosa —confesó el joven médico echándose sobre la sien el mechón que le volvía obstinadamente al ojo—. A partir de una cierta dosis de cronocibina, quince, veinte, veinticinco comprimidos según los individuos y la frecuencia de las tomas, el sujeto cae en un letargo. Dos o tres pulsaciones por minuto, una temperatura corporal de 27 o 28 grados... cosas naturalmente incompatibles con la vida tal como se la suele definir. Y, sin embargo, el sujeto no muere. Ningún signo de necrosis, sino una moderación extrema de todas las funciones, una reducción del metabolismo. No es ni siquiera necesario alimentarlo con inyecciones intravenosas, por lo que la experiencia nos ha enseñado... Sólo el cerebro continúa su actividad. El sujeto sueña. No hace más que esto, lo que constituye una nueva contradicción.

—Pero entonces... ¿qué se puede hacer? —apuntó Karel.

—¿Qué se puede hacer? Nada. Esperar. La acción de la cronocibina sobre el organismo no ha podido ser claramente definida, ni siquiera analizada. Y, ciertamente, no hay medio de despertar a los dormidos. Entonces los dejamos dormir. Y si quieren mi parecer, están bien aquí, donde están.

El joven médico había pronunciado la última frase rápidamente y en tono muy bajo; no estaba seguro que los padres del dormido la hubieran oído; dio algunas excusas, el trabajo, el tiempo; les deseó mucho ánimo, y se fue a través de las hileras de camas. Karel e Irmin permanecieron aún algunos minutos, inmóviles y silenciosos, delante del cuerpo rígido; y, lentamente, la mujer gorda apoyándose en el brazo del hombre alto, volvieron a tomar la dirección de los ascensores, caminando a través de las camas, los centenares y centenares de camas alineadas bajo las lámparas de apaciguante luz verde pálido, estos centenares de camas en donde centenares de viajeros inmóviles continuaban su periplo de silencio y de frialdad.

7

Venise se limaba las uñas con furor esperando la visita del profesor Lortain. En la vivienda reinaba un desorden inhabitual: ropa, libros, periódicos, documentos puestos al azar sobre los muebles o en el suelo... Pero poco importaba. Las cifras daban vueltas en su cabeza, obsesivas. Más de tres millones de drogados ya en coma profundo. Tres millones, de ellos cuatrocientos cincuenta mil en Europa-1. Pero, contrariamente al plan de Fassbender, no eran parados o, más bien, estos últimos representaban sólo una pequeña minoría. No, se trataba más bien de gente perteneciente a la clase superior, estudiantes, y a la inteligencia en su conjunto. Se iban para un corto viaje, volvían a empezar y un día ya no volvían más. Lortain no quería decir nada. Y, para guardar las apariencias, Fassbender pronunciaba discurso tras discurso, repitiendo que el terrorismo había desaparecido prácticamente. Y, por cierto, era verdad. No había habido el más mínimo atentado reivindicado por un grupo terrorista desde hacía casi un mes, e incluso los atracos a mano armada, pillajes, robos no políticos, estaban en clara regresión. Las tomas repetidas de cronocibina disminuían la agresividad y desligaban a los ciudadanos de sus bienes materiales. A los utilizadores asiduos no les importaba el dinero, el bienestar social, las vacaciones, las primas, los tronicares y el retiro. Lo único que querían era que se les dejara tranquilos. Pero el resultado era catastrófico en el plano económico. Las empresas se declaraban en quiebra. El absentismo aumentaba cada día más. Incluso la investigación puntera se veía afectada. ¡He aquí el resultado del plan cronocibina de Fassbender: la disgregación lenta de la sociedad!

Era todo esto lo que se había tratado en el último consejo secreto de Europa. Venise tenía todavía en sus oídos el torbellino de las críticas que se habían abatido sobre su jefe. Minotti, el presidente de Europa-6, el hombre que subía en el seno de la Federación, había sido particularmente severo con Fassbender. ¡El viejo Fassbender! Ella le quería bien, a pesar de todo...

Por tercera vez, fue a la habitación para ver dormir a Wim; los rasgos inmóviles, el brazo izquierdo replegado sobre la cápsula de cronocibina. Se acordaba de las últimas palabras de Fassbender —sus últimas instrucciones— al final del consejo, varias horas antes. Fassbender había reunido en su despacho particular (al amparo de micrófonos y de cámaras espías) a las tres personas en las que tenía la máxima confianza: Wim, Lortain y ella, Venise.

—Lortain —había dicho Fassbender—, vea en qué situación me encuentro... Si yo caigo, cae usted también. Y será de muy alto, créame. La cronocibina es a pesar de todo invención suya. Tenemos que aclararlo. Quiero la opinión de un científico de confianza sobre lo que pasa «allá», y la única persona en la que tengo todavía confianza es usted. Ya sé que no ha utilizado nunca la cronocibina en usted mismo... Es necesario ahora que se decida. ¿No es así?

Lortain se había contentado con sonreír moviendo lentamente su blanca cabeza.

—Wim nos ha confirmado que desde su último viaje todos los miembros de los grupos revolucionarios... quiero decir, terroristas, los más peligrosos, presentes sobre el territorio de la Federación, están ahora en coma profundo. Quiero también saber lo que hacen allí, lo que preparan... Wim, Lortain, van a marcharse ustedes allá, juntos, enseguida. Y es aquí donde interviene usted, mi querida Venise. Wim y Lortain van a tomar la cápsula en su casa. Estaré más tranquilo. No ignora, Lortain, que sus laboratorios están vigilados por servicios que no están todos bajo mi autoridad. En casa de Venise, no arriesgan nada, por lo menos así lo creo. Váyanse ahora, pero no juntos. Se encontrarán en casa de Venise. Y... a su regreso, vengan inmediatamente a darme cuenta aquí mismo, sea cual sea la hora del día o de la noche. No dejo el Palacio, claro está...

El plan se había desarrollado perfectamente hasta el momento... aparte del retraso de Lortain. ¿Qué hacía? Venise no podía dejar de mirar el cuerpo inmóvil del agente secreto. ¿Dónde estaba? ¿Qué veía? Ella no había intentado nunca emprender el «viaje».

Ninguno de los miembros del gobierno lo había hecho. Se hablaba de maestría, de control de sí mismo, de integridad de las facultades. Nos debemos a nuestros conciudadanos, decía Fassbender: nos debemos a Europa entera.

La joven pensó vagamente en las descripciones de cronoland que hacían los que volvían. Hablaban de dulzura, de paisajes apacibles, del tiempo que transcurría allí sin altibajos, hablaban del retorno a las fuentes y decían que todo era sencillo. Venise miró duramente a Wim. Él estaba en misión de servicio; todas estas historias de calmosa felicidad no eran para él. Pero, ¿lograría ceñirse suficientemente a la realidad cuando este nirvana luminoso le rodeara por todas partes? ¿No acabaría por dejarse aprisionar en el interior de un capullo mullido? Los párpados cerrados escondían los ojos de un azul intenso, ojos inquietos llenos de angustia y de nostalgia. ¿Cambiaría de mirada ante los paisajes serenos de cronoland?

Aún estaba mirando al hombre sumergido en el sueño cuando el timbre de la puerta de entrada anunció la llegada de Lortain. Se adelantó a recibirle y le introdujo enseguida en la habitación donde dormía Wim.

—Llega con retraso, profesor... Wim se ha marchado sin esperarle —le dijo en tono de reproche.

—Ya lo sé... Pero tenía que poner en orden algunas cosas antes de mi partida —dijo el hombre, de largos cabellos blancos con un aire extraño de gravedad y de ironía—. Le voy a pedir algo, mi querida niña —continuó, poniéndole una mano paternal sobre su hombro— y es que conceda a mi viejo cuerpo la hospitalidad, sin hacer preguntas. ¿De acuerdo? Pero creo que los días que vienen van a ser duros. Si a usted también le dieran ganas de marcharse, no tarde mucho. Tome... le doy la posibilidad de un viaje sin regreso. Vamos, ¡cójala!

Lortain le puso en la mano algunas cápsulas que ella miró maquinalmente, no eran en nada diferentes a las cápsulas que había tenido ya ocasión de ver. Sus dedos se cerraron sobre los pequeños discos adhesivos.

—No comprendo —farfulló ella.

—Sí, sí entiende —dijo Lortain—. Ahora, déjeme. Adiós, Venise. Y hasta pronto, quizás...

El tono no admitía réplica y la joven, perpleja, dejó la habitación, cerrando la puerta a su espalda. Fue a poner una cinta de música clásica, no pudo soportarlo, la paró y programó un trozo de ruidosa música moderna, silbidos, rechinamientos, gorjeos, lo que se llamaba «música industrial». Y se sirvió una bebida alcohólica, la bebió sin placer, mirando frecuentemente el reloj, esperando no sabía qué. Un viaje sin regreso. Un viaje sin regreso. Estas palabras bailaban en su cabeza en medio de la cacofonía sonora y de los vapores del alcohol. ¿Qué había querido decir Lortain? Venise sabía muy bien que, para entrar en coma profundo, era necesario haber tomado varias dosis de cronocibina. ¿Entonces? Los comprimidos ofrecidos por Lortain estaban en el bolsillo de su mono. ¿Acaso...?

Oyó la llave girar en la cerradura y acercarse unos pasos. Pensó vagamente: es Amar, hubiera tenido que echar el cerrojo de seguridad... Pero ella no se movió. Se sintió abrumada, como anestesiada. Que entre, que sepa, ya que está aquí.

—¿Qué tienes? —dijo Amar—. Tienes un aspecto extraño...

—Ve a la habitación —dijo ella simplemente.

Él volvió emitiendo un largo silbido.

—Y bien, ¿qué significa eso? Es Lortain, ¿no es cierto? Pero ¿y el otro? ¿Un amigo tuyo? Guapo chico...

Se interrumpió, pues Venise lloraba. Nunca la había visto llorar. ¿Y ella? ¿Desde cuándo no se había visto ella llorar? Amar apagó la avalancha de música discordante, puso en las manos de su amiga otro vaso de alcohol. Ella dio algunos sorbos, se sintió mejor, y se puso a hablar. Toda esta historia hubiera tenido que quedar en secreto, naturalmente, pues Amar era un periodista contestatario, pero ya no podía guardar todo esto para ella, no podía más, simplemente no podía más,

—Temo que Lortain se haya administrado una dosis que le haya puesto de una sola vez en fase postcronocibínica... —concluyó Venise—. Me ha hablado de viaje sin regreso... Ya ves en qué berenjenal me he metido. O más bien en qué berenjenal me han metido. ¿Qué puedo hacer? ¿Visofonear a Fassbender? ¿Esperar que Wim vuelva?

—Deja tranquilo a tu Superman. En cuanto a Fassbender, si son ciertas mis informaciones, sus días en el poder están contados. Minotti conspira contra él, tanto en el seno del Consejo de la Federación, lo que ya sabes, como a través de los medios de comunicación. Intenta sublevar a los no-utilizadores contra Fassbender y... contra los que le rodean. Entonces para ti...

Amar se calló, se sentó sobre el brazo de un sillón y encendió pausadamente un hachigarrillo.

—¿Qué intentas decirme? —murmuró Venise.

—Lortain te ha dado una cápsula para un viaje sin retorno. ¿No es esto lo que has dicho? Creo que sería mejor para ti ir a buscarlo. Y di... sinceramente, ¿no has pensado nunca en ir a dar una vuelta por cronoland?

—Lo pensaba, pero con vergüenza. Ahora es quizás el momento, sí. Pero lo debo hacer rápido, si no el momento pasará y ya no tendré valor.

—Yo debo quedarme —dijo Amar inclinándose hacia ella—. Tengo aún cosas que hacer aquí. Pero te prometo reunirme pronto contigo.

Ella sacó una cápsula de su bolsillo, le sonrió y, con los ojos húmedos de lágrimas, se arremangó el mono.

8.

—Estoy contento de tenerles a todos a mi alrededor, camaradas —declaró Álvaro Gonsálvez—. No lamento haber venido de Argentina para intentar con ustedes este viaje. Y espero que no lamentarán haber partido conmigo. Hemos hecho lo que podíamos en la realidad. El M.I.R. ha luchado contra el poder, por todas partes en donde era posible, y hasta el límite de nuestras fuerzas.

Demasiados camaradas que nos son queridos han pagado esta lucha con su vida... ¿Quieres decir algo, Emilio?

Un hombre joven asintió, hundió su mirada ardiente en los ojos cansados del jefe del M.I.R.

—Tus palabras me parecen derrotistas, Álvaro. ¿Quieres hacerme creer que hemos luchado en vano? ¿Que debemos cruzarnos de brazos? No te acuso, Álvaro. Te tengo demasiado respeto. Pero quiero comprender... ¿Sabes? —añadió más bajo— nunca había venido al cronoland. Nunca había querido. Pensaba, como muchos de nuestros camaradas, que el combate debía tener lugar sobre la Tierra, en la realidad. Hoy, me he conformado con la resolución común. Pero, repito: ¿cuál es tu plan? ¿Qué podemos hacer, aquí?

El hombre viejo de la frente llena de arrugas sonrió.

—Voy a explicarte. Voy a intentar explicaros a todos. Otro, a quien espero, os explicará lo que yo no sepa deciros... Es verdad que nosotros, revolucionarios, hemos sido hostiles desde el principio a la cronocibina. Hemos visto, y con razón, un plan del gobierno de Europa para debilitarnos, para amordazarnos, al mismo tiempo que el uso del producto debía traer una solución a los problemas sociales provocados por el paro y la violencia. Sabemos ahora que esta intuición fue certera. Pero sabemos también que este plan ha sobrepasado con mucho lo que preveían Fassbender y sus esbirros...

El hombre alto y delgado cambió de posición sobre los cojines mullidos que soportaban su cuerpo seco y desnudo.

—Hay que razonar de forma dialéctica. En la realidad, la desorganización gana, pero la represión gana también. La situación se ha vuelto insostenible para nosotros, y todos lo sabéis. Hace algún tiempo que pienso que el cronoland puede ser para nosotros una tierra de retirada. Hasta hace poco, es verdad, era un mundo de sueño, inmaterial, completamente inestable. Pero, ¡mirad! Este salón suntuoso, este palacio que parece un edificio florentino del Renacimiento, son tan sólidos como las torres de hormigón de la realidad. Y nosotros estamos en plena posesión de nuestros medios físicos. Podemos tocarnos, hablarnos...

—Hay todavía elementos inestables —cortó una joven.

—Es verdad. Pero son cada vez más raros... De hecho, son sobre todo las distancias y el tiempo los que resultan a veces aberrantes. Por otra parte, ya no cabe ninguna duda: el cronoland se consolida. Y la duración subjetiva de los viajes crece sin cesar: incluso para un consumidor que está en su primera toma, es de cuatro a cinco horas por una pérdida de conciencia de una hora en la realidad. Y me había dicho que la conjunción de estos dos elementos representaba nuestra suerte: acosados, perseguidos en la realidad, podíamos refugiarnos aquí, reunirnos, hacer planes minuciosos que podríamos poner en ejecución al despertarnos... Pero era aún ver demasiado corto, era aún una solución a medias.

—¿Quieres decir que el cronoland puede ser para nosotros un terreno de retirada a largo plazo? —dijo un hombre de voz fuerte y con rostro grabado—. Tendríamos que saber antes a qué atenernos. ¿Va este mundo a seguir consolidándose? ¿Adquirirá una cierta permanencia? No debemos olvidar que llegamos aquí desnudos, y que aparte de nuestros cuerpos —si son realmente nuestros cuerpos— no podemos hacer pasar nada material, ni en uno ni en otro sentido. Hay también esta reciente epidemia del coma profundo en los consumidores abusivos... ¿Qué hay de esto realmente? Sabes lo que se dice, Álvaro: la gente sumergida en este coma, permanecerá para siempre en cronoland. Hay muchas preguntas para las cuales no poseemos respuesta...

—La respuesta voy a intentar dárosla —dijo una voz calmosa.

Todos se volvieron hacia el que acababa de hablar. Estupefactos, se quedaron silenciosos algunos instantes. Los revolucionarios reconocieron a Lortain, cuyo rostro de buen hombre y larga cabellera blanca había llegado a ser popular por la holovisión. Se había materializado silenciosamente al fondo de la sala, en un momento o en otro de la discusión, y nadie había notado su llegada.

Álvaro Gonsálvez le hizo un signo amistoso con la mano.

—Te esperaba, Marcus —dijo simplemente.

Y Lortain tomó la palabra, en un silencio tenso que nadie osó cortar.

—Sí, soy yo realmente, el inventor de la cronocibina, y fue para poner en práctica el plan social de Fassbender por lo que emprendí mis investigaciones. O, más bien, por lo que he podido finalmente dedicar todo el tiempo y todo el dinero necesarios, pues hace cuarenta años que esta idea me da vueltas por la cabeza: poder ganar un mundo sin polución, sin exceso de población, sin fascismo latente o abierto. Un mundo... que no sería de este mundo, pero que cada uno podría crear a su conveniencia.

»Los poderes del cerebro humano son fantásticos, saben ustedes... La desgracia es que nosotros no podamos utilizarlos espontáneamente. Pero lo que somos incapaces de promover con nuestras solas capacidades innatas, la quimio-biología puede darnos el poder. He estudiado los filósofos del siglo pasado: Dick, y su teoría de los universos interiores que cada uno lleva en sí; Jeury, que presintió hace cerca de cien años la existencia de la cronólisis, que postulaba que cada uno, en el momento preciso de su muerte, puede ganar otro universo donde viva subjetivamente para toda la eternidad; el gran Jung finalmente, y el inconsciente colectivo, generador de mitos... Sobre estas bases metafísicas, frágiles por cierto, emprendí mis investigaciones materiales, para llegar finalmente a la puesta a punto de la cronocibina que materializa, en alguna parte, esas famosas partículas psíquicas que duplican cada átomo de materia.

»E1 cronoland es el producto, materializado en el espacio-tiempo, de la imaginación creadora de los hombres activada por la cronocibina. O, empleando una terminología tomada de otro investigador del siglo XX, Thomas Bearden, es la creación de una entidad psíquica supraindividual que proviene del «linkaje», o de la fusión, de los psiquismos. ¡Qué esperan los que quieren huir de la realidad de hoy! Vivir en un país sosegado, dulce, un país de belleza donde el horizonte sea ilimitado, donde el aire sea puro, donde el agua cante, donde frutos maravillosos crezcan en innumerables árboles, donde palacios encantados se levanten sobre las colinas... Palacios que sean la suma de la escasa arquitectura humanamente habitable que subsiste sobre la Tierra, Venecia, Florencia, Nueva Orleáns, Nueva Barcelona... Este país ahora existe y vosotros viviréis en él...

—¿Quieres decir... para siempre? —interrogó una joven robusta con la mirada sombría.

—Para siempre es una palabra más exacta de lo que pudieras pensar, pues los cronocibianos, una vez su cuerpo astral es definitivamente separado de su envoltura terrestre, ganan la inmortalidad, o algo que se le parece bastante. No olviden que estamos aquí en un espacio-tiempo que escapa a todas las reglas a las que estaban habituados...

—¡Pero no queríamos esto! —dijo el hombre rudo de voz fuerte—. Somos revolucionarios. Queremos cambiar la sociedad en la realidad. No huir a un mundo irreal...

—¿Irreal? —dijo dulcemente Álvaro.

Se levantó, abrió una ventana alta de doble hoja. La luz dorada del cronoland entró a chorros en la extensa sala de confines vaporosos.

—¡Este mundo es real! —prosiguió con fuerza el jefe del M.I.R.—. Más real que la Tierra que hemos dejado, y donde, a pesar de algunas acciones de esplendor que satisfacían nuestro orgullo, éramos impotentes. Os he dicho ya que era necesario reflexionar dialécticamente. ¿No vale más la pena construir un mundo nuevo que el agotarse en combates estériles? Créanme, he reflexionado largo tiempo. Mis contactos con el profesor Lortain no datan de ayer. Ha sabido convencerme. Ha estado siempre con nosotros. ¿No es cierto, camarada, viejo amigo?

—¡Oh, no he sido nunca un revolucionario! —prosiguió Lortain con su sonrisa irónica—. He sido siempre incapaz de la mínima violencia física. Solamente me he aprovechado de los medios puestos a mi disposición por el Consejo de Europa para abrir las puertas de este mundo nuevo que yo presentía. ¿No creen ustedes que aquí hay mucho que hacer? ¿Y no es más emocionante el conquistar pacíficamente tierras que nuestro espíritu ha sabido modelar, que agotarse en transformar un mundo exangüe? Álvaro sabía que tendrían algunas dificultades en compartir este criterio, al menos no antes de largas tergiversaciones... Entonces, como prefería más verlos vivos aquí que muertos en la realidad, les ha forzado un poco la mano, con mi ayuda. Como lo presentía el camarada que ha hablado hace un rato, es verdad que, después de un cierto número de tomas, de viajes, veinte o treinta según la constitución de los individuos, los consumidores acaban por entrar en una fase de letargo profundo que llamamos post-cronocibínica. A partir de este momento, se corta definitivamente el vínculo entre la envoltura material y el cuerpo espectral. A partir de este instante, somos totalmente cronocibianos, y para siempre... Como para la mayoría de ustedes era el primer viaje, he provisto a Álvaro, que se las ha facilitado, de nuevas cápsulas de cronocibina concentrada, que permiten el paso definitivo al cronoland en una sola vez... Y yo mismo la he usado, naturalmente.

Una jovencita se levantó.

—Entonces estamos muertos ¿no es eso?

—Este término ya no tiene ningún sentido, hija mía. No deben ya pensar en esta envoltura perecedera que ha quedado en un mundo invivible. Están aquí, en cronoland, en un mundo que se construye, se condensa a medida que se puebla de hombres y de mujeres que llegan con sus sueños, con sus esperanzas... Es lo que debéis tener presente en el espíritu. Sobre la Tierra, por supuesto, vuestros cuerpos van a ser destruidos. Pero puedo aseguraros que no tendrá la mínima repercusión sobre vuestra existencia aquí.

—¿Destruidos? ¿Cómo es eso? —interrogó el hombre de rostro grabado.

—Explíqueselo, Wim, ¿quiere? —dijo Lortain volviéndose hacia un tipo alto de ojos color azul profundo, que permanecía sentado, silencioso, en el centro de la asamblea—. Algunos de ustedes conocen a Wim, ¿no es cierto? —añadió Lortain, sonriendo maliciosamente—. ¿Piensan tal vez que es uno de ustedes?... ¿Quiere desengañarlos, amigo mío...?

Wim humedeció sus labios. Esperaba este momento hacía tiempo, desde que Lortain había aparecido y había empezado el discurso. Pero no tenía ningún miedo, y habló con calma.

—Soy un agente secreto del P.B.S. Me he infiltrado entre ustedes, en la Tierra, y he hecho también varios viajes al cronoland. Soy el enviado especial del presidente Fassbender...

Hubo algunos murmullos de estupefacción, pero ningún grito de odio, y ningún gesto hacia el hombre alto de ojos azules. En la realidad, Wim hubiera sido linchado inmediatamente; aquí, su confesión era acogida con calma y serenidad. ¿No era esto la mejor prueba de que algo había cambiado profundamente?

—El presidente me ha encargado recoger datos sobre lo que preparaban aquí... Allá abajo, en la Tierra, los escondites en donde reposan sus cuerpos han sido todos descubiertos. El plan de Fassbender prevé destruir estos cuerpos en letargo, esperando deshacerse de ustedes... tanto en la Tierra como aquí.

Wim esbozó esa sonrisa sin alegría que parecía rasgar su largo y duro rostro delgado.

—Pero han oído ustedes lo que ha dicho el profesor Lortain. Esta medida será ineficaz. Yo, de todas formas, voy a volver allá. No tengo suficiente dosis de cronocibina para estar estabilizado aquí. Pero creo que volveré pronto. Me gustaría encontrar a alguien, aquí... Y además, la vida de un agente secreto, ¿saben?, cuando se ha conocido esto...

El agente del P.B.S. alargó el brazo hacia la ventana, hacia la luz dorada del exterior, hacia la hierba tierna, las suaves colinas, el horizonte increíblemente lejano bañado en la transparencia del aire. Y se levantó, abandonó la asamblea, cruzó la gran sala, pasó el umbral de la alta puerta de madera tallada, materialización del sueño colectivo de todos los que habían ganado el cronoland suspirando por los esplendores del Renacimiento italiano.

Nadie tuvo ni una palabra ni un gesto para retenerlo pero, poco a poco, todos los participantes de la reunión se levantaron a su vez, y caminaron hacia la salida. Necesitaban, sin duda, ir a tomar un baño de este aire luminoso y tibio, para que el conjunto de las ideas asombrosas que habían tenido que asimilar en tan poco tiempo penetrara en ellos. Pero ninguno de estos ariscos revolucionarios pensaba todavía en discutir. En el fondo de ellos mismos, eran ya cronocibianos.

Fuera vieron cómo la silueta de Wim, increíblemente lejana y, no obstante, increíblemente nítida, temblaba en el aire límpido, se enturbiaba y desaparecía.

—Volverá, lo ha dicho —pronunció Lortain—. Volverá y hará como nosotros, irá hacia la orilla...

—¿La orilla? —dijo alguien.

Lortain sonrió; sus ojos miopes, que ya no estaban protegidos por sus anacrónicas gafas, porque no le habían seguido en su viaje, centelleaban de picardía.

—Uno de los filósofos de tiempos pasados en el cual me he inspirado, Jeury, había inventado un nombre para designar el lugar en donde se encontraban los individuos entrados en cronólisis: la Pérdida de Ruaba. Se trataba de una orilla, delante de un mar verde. Un símbolo seguramente, ya que el mar es el lugar mítico del nacimiento. Aquí, cada uno de nosotros debe caminar hacia su orilla. Cada uno de nosotros debe ganar la Pérdida de Ruaba, por su propio camino, sus propios sueños...

Comenzó a caminar hacia el horizonte, y todos se pusieron a seguirle sin prisa, cogiendo una flor, una fruta, maravillándose del mundo, maravillándose de vivir, simplemente de vivir.

—¡Mirad! Los pájaros... Hay pájaros —dijo una joven señalando los ágiles acentos circunflejos que estriaban el cielo.

—¡Y también insectos!

Un hombre alto y calvo mostraba con la punta de su dedo un minúsculo coleóptero rojo con motas negras, que pronto voló.

—Pero ¿de dónde vienen?

—¡Poco importa! Vienen porque tenemos necesidad de ellos. Porque los creamos...

Era su mundo, y ya aceptaban sus leyes. El hombre de cabellos blancos les había enseñado el camino. Dios o profeta, mago de lo intemporal, creador del mundo y dador de eternidad. Les había prometido una orilla, la buscarían. Antaño, en la otra realidad, habrían discutido su poder. ¡Pero antaño estaba tan lejos! Y la otra realidad, estaba tan lejos también... Ya no eran terrestres, eran cronocibianos, y habían dejado todos sus equipajes detrás de ellos.

¡Plop! Una mujer rubia y delgada se materializó en medio de los caminantes. Sus rasgos estaban llenos de sorpresa, esbozó un gesto para esconder su desnudez, y luego su asombro se convirtió en una sonrisa.

—Bienvenida, Venise —saludó Lortain.

9

Los dos médicos acababan de dar fin a su tarea. Rapidez, eficacia; guardaban ahora las jeringuillas y los frascos, volvían a cerrar los maletines, saludaban con un movimiento de cabeza. Y ¡hop! ya habían desaparecido.

—Bien... bien... —gruñó el presidente Fassbender—. La continuación, la continuación. ¡Acabemos ya!

Dirigió su mirada viscosa hacia Wim. Pero el agente especial, de pie cerca de él, mantenía los ojos obstinadamente fijos en los ataúdes montados sobre rieles en los que yacían los veintisiete cuerpos; esos veintisiete cuerpos que, algunos segundos antes, habían recibido obsequiosamente una inyección de cianuro suficiente para matar a un elefante. El cuerpo de Wim oscilaba de adelante atrás, como si se hubiera encontrado en un barco sometido a un fuerte balanceo.

«Dios mío —pensó Fassbender—, caramba, no se irá a desmayar...»

Pero ya la última fase de la operación liquidadora monopolizaba toda su atención. Los ataúdes se deslizaban sobre sus raíles y penetraban en los hornos. Las pesadas puertas circulares se cerraron con un ruido apagado.

—¡Vamos! ¡Vamos! —gritó Fassbender pataleando.

El hombre de negro que, cerca de un tablero de mando, acababa de echarle de lejos una mirada interrogativa, se apresuró a obedecer: bajó una palanca. Detrás de las puertas blindadas, se desencadenó tal huracán de fuego que, visible tras las mirillas, lanzó en la sala de bajo techo largos reflejos sangrientos que jugaban sobre los rostros y dibujaban detrás de los talones de los observadores unas sombras verdes y fluctuantes. A pesar del grosor de las paredes del horno, el rugido devorador de las llamas pasaba al sótano como u galope lejano. Y el fuego se apagó.

—¿Desea cerciorarse, señor Presidente? —interrogó el incinerador después de haber pegado un instante su rostro contra la mirilla de una puerta.

—¡No,. no! —soltó nerviosamente el gran hombre—. Ha terminado, ¿no es cierto? Entonces, llegó su turno, Wim, muchacho. Vaya a ver... allí abajo, cómo está el asunto... Vamos, ¿qué espera? Coja sus trastos, sus cápsulas, ¡tenga valor!

El agente especial se volvió lentamente hacia ese ridículo hombrecillo que pataleaba y al que le sacaba la cabeza. La mirada fría e insondable de sus ojos muy azules se fijó un instante sobre Fassbender, dio la vuelta, cruzó la sala con grandes zancadas ligeras y se metió en un ascensor, antes que nadie hubiera podido reaccionar.

—¡Esto es el colmo!, ¿pero qué le pasa? —murmuró Fassbender.

Sólo él había oído las cuatro palabras despectivas que el agente especial le había lanzado en plena cara antes de volverle la espalda: «Váyase a la mierda». Pero no quería darle al incidente un carácter dramático; Wim era un caso particular, tenía métodos de trabajo extremadamente desconcertantes; pero era un hombre de confianza, sí, un hombre de confianza; no había que...

Y cuando Grottwold, el ministro del Interior, se inclinó discretamente hacia él para informarse de lo que no marchaba bien, el presidente Fassbender agitó la mano en signo de negativa. Todo marchaba bien, vamos, todo marchaba bien...

Mientras tanto, Wim había salido del palacio presidencial por la puerta discreta que daba a la pequeña arteria 4456 BD, y que podía maniobrar gracias a su grabación vocal. El agente no cogió su monoplaza WW, ni un fusotaxi, y tampoco intentó buscar la estación del metrobús. Anduvo, simplemente, caminó al pie de los acantilados ciclópeos de las torres de Centrum, sobre las anchas aceras casi desiertas en este mediodía, cruzó las avenidas a varios niveles, inmensas como cañones, se arriesgó varias veces a ser atropellado por los bólidos que circulaban chirriando, se hizo controlar por dos veces por una cúpula robomóvil de la policía urbana que neutralizó con las palabras-código, dejando los grandes aparatos paralizados en medio de la calzada, inofensivos y estúpidos. No sabía dónde iba, dejaba que sus piernas escogieran por él su camino, para llevarle hacia su destino. Las arterias de Centrum eran barridas por un viento penetrante cuya mordedura no sentía a través de su mono, y que acarreaba en grandes montones papeles y basuras mezclados, arrancados de los cubos de basura; la megalópolis transpiraba una tristeza sin límite, pero las torres que apuntaban hacia el cielo lejano descubrían algunas veces, en medio de la capa gris, un desgarrón azul pálido que podía prometer, quién sabe, una primavera tardía. Wim se encontró delante del hospital sin haber tenido conciencia de la dirección tomada; la fachada de diez mil ojos de cristal le atrajo; escaló la imponente cantidad de peldaños que conducía a las entradas principales. Una vez en el hall, sus piernas le condujeron hacia los ascensores, y se dejó deslizar, entre una multitud confusa y cuchicheante, hacia las entrañas de hormigón de la tumba urbana. No recobró plenamente conciencia de sí mismo más que en el centro de una amplia sala en donde se alineaban, como otras tantas figuras de cera expuestas a la curiosidad de los fieles de este templo de un nuevo tipo, los centenares, los millares de ciudadanos afectados por el letargo cronocibínico.

Empezó a deambular por los pasillos, pasando de una sala a otra, luego de un piso a otro, inspeccionando cada rostro que se presentaba con una monótona regularidad a su examen, antes de ser tragado por la perspectiva. ¿Esperaba que los yacentes se levantaran a su paso, y le señalaran con el dedo, que le acusaran? ¡Tonterías! Los yacentes se habían marchado, estaban lejos de aquí, lejos de toda esta mierda, habían ido a refugiarse en una región de verdes pastos donde los polis como él no podían alcanzarlos, donde los polis como él no tenían ya ni siquiera ganas de ser polis...

Fue poco después cuando paró bruscamente de vagabundear. Allí, ante él, acostado sobre una cama anónima, dormía alguien que conocía.

Adelantó la mano, sus dedos extendidos rozaron un rostro cuya inercia no había en nada apagado la dulzura y la belleza frágil. Los bucles castaños se deslizaban con suavidad sobre la almohada, los párpados cerrados sombreaban las mejillas con sus largas pestañas rizadas, la boca llena y rosada sonreía imperceptiblemente.

Wim ignoraba el nombre de esta princesa dormida, y ni siquiera pensó en consultar la etiqueta para saberlo; él no la había conocido nunca en esta vida, no había hecho más que cruzarse con ella, de lejos, en las praderas vaporosas del país del sueño. Haber recobrado su forma carnal aquí, en este instante, tenía algo de milagroso. Ciertas coincidencias, en todo caso, podían ser calificadas así. Decidió aceptar este milagro, pues era también una llamada del destino, de su destino.

Se sentó familiarmente al borde de la cama. Su largo rostro severo se iluminó con una sonrisa que respondía a la de la durmiente. Se subió el mono por encima del codo izquierdo, sacó de un bolsillo una caja, la abrió y la puso sobre el cubrecama, y aplicó sobre la piel tierna de su brazo, allí donde afloraban las venas, una, dos, tres, cinco, diez cápsulas de cronocibina.

Cuando se derrumbó sobre la cama, nadie vino a levantarle.

10

Fassbender se enderezó en toda su pequeña estatura. O, por lo menos, lo intentó. Pero, por más que hacía crujir su esqueleto y crispaba los dedos de sus pies en sus zapatos de gruesas suelas y tacones altos, se sentía miserablemente pequeño, con esa pequeñez interior que os encoge de golpe cuando el viento gira, cuando la suerte gira, cuando se siente el poder deslizarse de entre los dedos como agua clara.

Y, para él, el momento terrible había llegado. Bajo la mirada fija de sus ojos miopes, corregidos por unas lentillas homeostáticas, las cabezas se volvían con molestia, los semblantes se enfurruñaban, las manos subían hacia las caras para esconder bocas, frentes, ojos. No había ya nadie que le apoyara. Nadie. Incluso aquellos en quienes había puesto toda su confianza, le habían traicionado: Wim, el agente secreto; Lortain, el inventor de la cronocibina; Venise, su jefe de gabinete, su «jefa de exploradores», como decía algunas veces en los raros momentos en los que era todavía capaz de bromear... Todos le habían abandonado, todos se habían marchado, allá, hacia esos lugares de ensueño donde millones de europeos habían encontrado refugio y de donde ya no se volvía. Su plan maquiavélico había sobrepasado sus esperanzas, se había vuelto contra él. Y ahora, lo sabía, iba a pagar.

—Comprenda, pues, mi querido Fassbender, que es muy urgente dar marcha atrás, cambiar completamente de política. No podemos dejar que Europa se deslice más hacia el caos. Se imponen medidas serias. Y en primer lugar, la búsqueda y la destrucción completa, repito: completa, de toda la cronocibina que se encuentre en el territorio de la Federación. Eso significa, naturalmente, el cierre de nuestros laboratorios, la imposición de guardar secreto absoluto a todos los que han participado de cerca o de lejos en las investigaciones, los que están todavía conscientes, naturalmente, pero yo pediría la destrucción física de los investigadores en coma, el primero de ellos vuestro profesor Lortain, cuyo cuerpo ha sido encontrado en el domicilio particular de su jefe de gabinete, también ésta bajo los efectos de la cronocibina, lo cual no precisa comentario... Eso significa también la investigación sistemática en los ciudadanos, la ilegalización de la cronocibina, la penalización severa de los consumidores cogidos en flagrante delito...

Minotti se interrumpió para aclararse la garganta.

Minotti: ese hombre, alto, seco y moreno, con cabellos cortados al cero y con voz cortante, que Fassbender había detestado siempre, Minotti, el presidente de Europa-6. Minotti, el que iba a reemplazarle a la cabeza de la Federación.

Fassbender se volvió a sentar lentamente, dejó vagar su mirada por la gran sala oval, tan familiar, que acogiera desde varios decenios atrás las reuniones secretas del gran Consejo de Europa: las paredes tapizadas de verde oscuro, las hileras de luz difusa, la proyección holovisual de Europa, la gran mesa, ovalada y verde también... Fassbender sabía lo que iba a pasar... y eso fue lo que pasó.

—Pero quien dice cambio de política, sobre todo tan drástico, dice también cambio de cabeza. Mi querido Fassbender, no ignora que su responsabilidad es grande. Que usted haya creído obrar de la mejor forma para Europa, nadie lo duda. Que se ha equivocado gravemente, estoy seguro de que ni usted lo pone en duda. El error es humano, y nadie se lo tendrá humanamente en cuenta. Políticamente, por desgracia, es distinto. Así, pues, es más juicioso, creo, retirarlo de la presidencia de Europa... por razones de salud, naturalmente. Y, claro está, quedarían en mi mano los destinos de Europa-1, por lo menos hasta las próximas elecciones.

Nuevo carraspeo. Fassbender buscó la mirada de su «jefa de exploradores». ¡Pero qué estúpido era! ¿Lo había olvidado ya? Venise se había marchado. Allá, allá.

—Tengo, pues, el honor de presentarme como candidato ante este Consejo soberano, para asumir las responsabilidades de la nueva política cuyas grandes líneas acabo de trazar. Y, como es costumbre aquí, les pediré que voten esta proposición en conciencia, a mano alzada.

Un ligero murmullo puntuó estas palabras definitivas, luego la voz neutra de un secretario formuló en términos más administrativos la proposición de Minotti.

Es un momento histórico, pensó Fassbender. El pequeño Fassbender, el hombre con voz de terciopelo y cabeza de hierro, cae. Exit, Fassbender. Sabía que cuanto se decía aquí quedaba metódicamente registrado, que todo era filmado íntegramente. ¿Para la posteridad? No: nada de lo que pasaba en la sala ovalada se filtraba jamás al exterior. Entonces... Se sobresaltó.

—¡Europa-1! —repetía el secretario.

Fassbender reaccionó, salió algunos segundos del mundo algodonoso en que se había dejado deslizar. Con una sonrisa irónica trazada con tiza sobre su rostro cuadrado y rosado, levantó lentamente la mano... o era más bien su mano la que se levantaba sin que su espíritu tomase una parte preponderante en este gesto.

Un murmullo aprobador resaltó la belleza del voto.

—¡Europa-2!

—¡Europa-3!

Y así hasta el final, hasta la unanimidad de las diecisiete ciudades. Pero Fassbender ya no estaba allí, y los debates que siguieron le rozaron sin penetrarle. Más tarde, Minotti le tomó del brazo para acompañarlo hasta la puerta del ascensor blindado, hablándole de confianza, de descanso, de retiro bien merecido. Y luego, más tarde todavía, hundido en los almohadones de su tronicar blindado que atravesaba Europa-1 Centrum con el silbido apagado de sus toberas, estaba aún ausente de su cuerpo. Pero, en el bolsillo de su mono, su mano palpaba una y otra vez, miedosa, prudente, febril, amorosamente, una pequeña caja rectangular.

11

Se iban hacia la Pérdida de Ruaba. Solos, por parejas, en grupos. Cantaban, cogían flores, comían frutas y bayas. Por gusto más que por hambre. No tenían nunca sueño, no estaban nunca cansados. Así sería siempre.

No obstante, descansaban a menudo, porque el suelo estaba blando y la hierba era espesa. Algunos confeccionaban collares con guijarros, con trozos de corteza, con flores de piedras rosa que crecían por todas partes en el suelo del cronoland.

Mailys estaba fabricando vestidos con fibras de colores cuando lo vio. Se levantó de— un salto, con las largas fibras coloreadas en la mano, pero se quedó inmóvil, esperando. Lo había visto tantas veces. Tantas veces había intentado juntarse con él, tantas veces habían tendido el uno hacia el otro los brazos, para seguidamente perderse de nuevo, alejarse... una silueta en el horizonte, un punto, luego nada más. Recuerdo amargo de un encuentro donde, por fin, habían creído poder tocarse, hablarse, pero sus voces eran ahogadas por la atmósfera, y sus cuerpos eran inmateriales. Ahora todo había cambiado. Ella intentó romper una fibra, que se resistió, y sus dedos notaron un ligero dolor. Él avanzaba hacia ella con los brazos extendidos. Cuando estuvo muy cerca, ella dejó caer su manojo de fibras, se adelantó temblorosa de felicidad y sin atreverse a creerlo. Él sonreía ahora, y sus ojos azules, antes llenos de angustia, brillaban de esperanza. Ella sintió lágrimas de emoción, de felicidad, correr sobre sus mejillas, y las tocó con la punta de los dedos. Sí, eran lágrimas reales, lágrimas calientes y saladas. Sólo un paso hacia él y estuvieron el uno contra el otro, uno en los brazos del otro. Y sus labios eran calientes y reales.

—Te he buscado allí abajo —dijo ella—, te he buscado por todas partes.

Recuerdo de bares cargados de humo, de salas de baile llenas de polvo, de erotoriums con luces cambiantes y espectáculos lastimosos. Había dejado de trabajar, de ver a sus amigos, había dejado todo para esta búsqueda, tanto en el cronoland como en la otra realidad, búsqueda vana, durante tantos y tantos días, y ahora estaba aquí, delante de ella, y podían tocarse, abrazarse y estrecharse.

—Yo también te he buscado —dijo él—, te he buscado aquí. En la realidad no podía, no quería, porque era un poli.

—¿Ah, sí? —dijo ella—. No lo sabía. Pero ¿por qué no podías buscarme?

—No lo sé, ya no lo sé —dijo sorprendido—. Sólo me acuerdo que pensaba eso. Pensaba: no puedo buscarla, no puedo encontrarla aquí, porque soy un poli.

Ella sonrió bajo la luz del cronoland.

—Aquí no hay polis. Ni educadoras tampoco. Yo era educadora, educadora —repitió. Pero eso no significaba ya nada para ella. Intentó comprender, evocar las imágenes del pasado, pero ya no podía.

Él la tomó de la mano y echaron a andar.

—No pienses más. Este es nuestro mundo.

Otras siluetas punteaban el paisaje en medias tintas, y, en medio de ellas, se encontraba la del antiguo presidente Fassbender, posando sobre este paisaje que había contribuido a crear una mirada extrañada. En una perspectiva falseada que comprendía mal, percibió la cabellera blanca de Lortain, y quiso correr hacia él. Pero el otro había desaparecido ya. El cronoland tenía sus leyes. Fassbender pensó en su cuerpo prisionero en una habitación cerrada, prisionero de una cápsula de cronocibina, allí abajo en la realidad, en ese mundo que había sido el suyo.

Pero ¿cuál era la realidad? ¿Esa gran urbe polvorienta que cubría todo un continente, donde había creído detentar el poder? ¿O bien estas extensiones de hierba verde bajo el cielo de seda, estas llanuras blandas en donde se erguían unas arquitecturas de oro y de cristal?

Fassbender reconoció a Álvaro Gonsálvez, sentado en la hierba con otros miembros de esas células revolucionarias que había mandado acosar, cuyos cuerpos dormidos había hecho incinerar. Que me hagan lo que quieran, pensó. Me da igual.

Pero los revolucionarios no parecieron siquiera darse cuenta de su presencia. Vio también a Wim andando, dándose la mano con una joven de gran belleza. Quiso llamar al que había sido su agente secreto más eficaz, pero renunció. ¿Qué hubiera podido decirle? Su mano levantada cayó a lo largo del cuerpo.

—¿Viene? —exclamó una voz fresca detrás de él.

Se volvió sorprendido. Una chica muy joven estaba allí, rubia y dorada como una fruta de verano. Estaba desnuda como él, como todo el mundo aquí, pero ya se había acostumbrado, desde los primeros minutos que habían seguido a su «llegada». Esta joven rubia le recordó a Horiana, su única hija.

Le sonrió.

—Sí, sí... ¿A dónde quiere que vaya?

Hizo un gesto indefinido hacia el horizonte.

—Allá. Hacia la Pérdida de Ruaba.

Fassbender no había oído nunca hablar de la Pérdida de Ruaba. Pero no confesó su ignorancia y se puso a andar sobre la hierba tierna con sus pies desnudos, al lado de la criatura rubia. ¿Qué hubiera pensado, si le hubiera dicho bruscamente que él era quien a golpe de créditos, había contribuido a crear el cronoland?

—¿Sabe usted?, aquí cada uno puede crear el mundo que desea —dijo muy seriamente la joven.

Embargado por una gran emoción que le ascendía de lo más profundo, el ex hombre de estado le cogió espontáneamente la mano. Andaban, y el mundo se creaba a cada uno de sus pasos.

12.

Cuando la maciza silueta del policía vestido de verde oscuro cubrió la luz de la puerta, Freida Wormser no pudo retener un pequeño hipo de terror. El hombre la empujó hacia atrás con su mano enguantada y penetró en el apartamento minúsculo que pareció instantáneamente llenarse de presencias atareadas y ruidosas; aunque los federales no eran más que cuatro en total, sabían actuar de manera que parecieran un ejército.

—Utilización de cronocibina... —dijo el sargento, con un rictus en la boca, designando el cuerpo inmóvil de Aric, el marido de Freida, acostado sobre la cama de la única habitación—. Va a entregarme las cápsulas. En seguida. Si no...

—Pero... No tenemos más, lo juro —balbució la mujer—. Sólo mi marido las ha utilizado. Y cuando se ha... cuando se ha quedado así, lo he tirado todo.

—Vamos a verlo —dijo burlonamente el federal.

Durante cerca de una hora, el apartamento fue presa de los demonios verdes. Cuando hubieron terminado la tarea, sin haber podido descubrir ninguna cápsula del producto buscado, no quedaba ni un cajón que no hubiese sido vaciado, ni una caja por abrir, ni un mueble que no hubiera sido desarmado, ni un vestido sin rasgar. El cuerpo de Aric había rodado por el suelo, Freida lloraba con largos sollozos secos, con el cuerpo de su pequeña Mará pegado contra ella.

La madre y la hija habían sido golpeadas; los policías se retiraron sin una palabra, dejando la puerta del rellano abierta tras la devastación.

En las calles, los autocares verde oscuro se estacionaban en cada cruce, vomitando periódicamente sus contingentes de brutos buscadores. Un viento de locura pasaba sobre Centrum, sobre Europa-1, sobre el continente entero. Sobre las torres, el cielo había cerrado los colgantes de su capa gris sobre los ojales azules. La primavera esperada refluía, los tiempos de clemencia habían pasado.

13

El mar se extiende, ondulante, bajo el cielo que llamea en el horizonte con los últimos rayos del sol. Sobre la playa inmensa, hombres y mujeres, en pequeños grupos, cantan, bailan, hacen el amor, charlan, asan en las brasas peces pescados a mano en el agua clara o, simplemente, no hacen nada.

—Creo que el paso está definitivamente cerrado —dijo tristemente un hombre enjuto y moreno con la frente surcada por profundas arrugas—. Ya no llega nadie. Ya nadie llegará...

—Toda la cronocibina ha debido ser destruida, incluida la fórmula, como habíamos previsto —contestó otro hombre, pequeño, rechoncho, con largos cabellos de nieve—. Pero, y qué, tres o cuatro millones han pasado. Quizá más. Hay que vivir con lo que hay, y no lamentar lo que no ha sido.

—Seguro, Marcus, seguro —suspiró Álvaro Gonsálvez—. Pero los otros, todos los otros... Es duro tener que afrontar la inmortalidad sabiendo que se han dejado tantos hermanos detrás de nosotros.

—¡Están vivos! —exclamó con fuerza Lortain—. Lucharán. Mientras hay vida, hay esperanza. ¿No es un viejo refrán de allá? Una sola vía, por ancha que sea, no puede dejar paso a todo un planeta. Los terrestres sabrán abrirse otras vías, otros medios. Inventarán otras realidades, o cambiarán la realidad de la Tierra...

Lortain se calló, una ráfaga de viento llegada del mar hizo ondear sus cabellos.

Gonsálvez guarda silencio, sus dedos amasan maquinalmente una bola de arena húmeda.

Detrás de los dos hombres llamean palacios color naranja sobre la curva de las colinas. Gritos de pájaros perforan la calma tibia de la noche, las olas chapotean, avanzando, retirándose, avanzando, retirándose, bebidas por la arena y volviendo, incansables, empeñadas en dejar su huella en la eternidad.

La elaboración de esta novela en compañía de Christine se ha hecho a bordo de un coche conducido con mano firme por Claude-F. Cheinisse, cuando íbamos (era en septiembre de 1977) hacia Gante, donde iba a tener lugar una convención de c. f. Christine había tenido la idea de poner en escena unos jóvenes románticos que se drogaban por aburrimiento y pasaban a una realidad paralela. Ella imaginaba una historia de amor tortuosa entre héroes «bellos y apasionados». Era, de hecho, Christine Renard clavado. He puesto a Andrevon no menos clavado trazando el decorado político desesperanzado de una sociedad que empuja así a sus miembros a huir de ella, pero también a combatirla. La sombra de Philip K. Dick planeaba sobre nosotros. Seguidamente, escribí una concisa sinopsis que contaba una quincena de párrafos y, cogiendo a Christine por sorpresa, redacté algunos de estos párrafos (los más particularmente descriptivos o violentos), rogándole que escribiera el resto. Y así lo hizo. Luego no he tenido más que actuar con las tijeras y con la cola. De hecho, una colaboración sin problemas. Hum... ¡Para mí, claro!

(El desierto del mundo, segundo)

A la mémoire des en-je

(Le désert dit monde, deuxième)

con Muhel Jeury

"Pues, hay que reconocerlo, el yo del cual estamos tan orgullosos y tan celosos no es más que una balsa hecha de piezas y trozos, que flotan sobre la nada"

Gabriel VERALDI, A la mémotre d'un ange

Ella te llama:

—Philippe, ¿viene usted?

Titubeas un poco. Tus ojos descoloridos vagan sobre la fachada amarillenta de la casa familiar, sobre el frente de la charcutería, sobre esta caligrafía obsesiva, LA CITA DE LOS CAZADORES, sobre el colorido blanco y azul del garaje Tu casa, tu pueblo tu mundo. ¿Dejarías acaso todo esto, para no volver jamás? Dudas. Tu mano, esa larga mano con falanges erizadas de rastrojos pelirrojos, golpea suavemente la superficie brillante de la carrocería; detrás del volante, encajada en el asiento rojo, Marie-Françoise hace roncar el motor pisando nerviosamente el acelerador.

Detrás de ti está la casita de dos pisos donde tú has vivido todo este tiempo una cocina blanca con cortinas rojo y blanco, el aseo con su mampara de plástico, verde pálido, la escalera oscura y crujiente, tu habitacioncita con el tejado agujereado, que nunca has tenido tiempo de reparar. ¿Dejarías verdaderamente todo esto?

Pero tus labios se entreabren y tu lengua y los cartílagos de tu garganta se ponen en movimiento, y murmuran:

—Ya voy Ya voy

Abres la portezuela de este coche de extraño motor futurista, doblas en dos tu gran arquitectura, te hundes en el respaldo blando del asiento.

—Abróchese el cinturón, nunca se sabe.

No, nunca se sabe.

¡Clic! Cierras el cinturón alrededor de tu busto, y el coche empieza a rodar lentamente, se separa despacio del borde de la acera, toma poco a poco velocidad alcanzando el centro de la calzada desierta. Ya está. Te has marchado, os habéis marchado. Dirección... Signo de interrogación.

Una voz:

—Acna 3, ¿está preparado el estereocuarzo?

—Aquí Acna 3. Atención, hay contratiempos con estos dos programas. La proforma M es sólo demasiado consciente. ¡Pero la proforma F es del todo discordante!

¿Signo de interrogación? ¿Cuántos ha habido en tu existencia, en el transcurso de los catorce días pasados? Más de los, que tú pudieras contar. Y, en efecto, has terminado por no ver estos graciosos e irritantes pilarcitos delimitando tu horizonte: tu casa, el pueblo, el paisaje y su mundo de neblina, todo sostenido sobre la ola inmóvil del tiempo, un solo e inmenso signo de interrogación, el árbol que no deja ver el bosque desde lo alto de su perspectiva. ¿Recuerdas? Lo recuerdas todo... desde hace catorce días. Antes...

Antes, es eso que tú llamas el «tiempo de antes», con bonita simplicidad. Es lo que han sorbido de tu cerebro bocas ávidas y rapaces. Son estos treinta y cinco o cuarenta años de vida de los que tu cuerpo guarda vagamente la huella en la pesadez de su carne, en el curso sinuoso de las venas aparentes de los antebrazos y de las pantorrillas, en el fino arañazo de algunas arrugas en la frente y en las comisuras de la boca, en la palidez sin brillo de las pupilas azules donde minúsculas manchas oscuras se han incrustado como metralla. El misterio ha presidido tu despertar. ¿Recuerdas?

Recuerdas.

Era una mañana, en la habitación de arriba, bajo la abertura del tejado abuhardillado que, entre sus bordes donde apuntaban unas vigas rotas como raíces de dientes, dejaba pasar una luz fría; te habías despertado tendido en una cama desconocida, entre estas paredes recubiertas de un papel azul violeta con flores, vestido con un pijama a rayas. Unos vestidos —¿tus vestidos?— estaban bien plegados sobre una silla al lado de la cama: una camisa gris, un pantalón de tergal beige, un slip, unas alpargatas negras con suelas de cáñamo.

No reconocías nada. No sabías en dónde estabas. Hubieras podido preguntar en voz alta, para exorcizar al silencio, el clásico ¿dónde estoy? Pero fue otro clásico el que no tardó en invadir tu espíritu, en llenarlo, en hacerlo resonar como un tambor.

¿Quién soy?

Pues tu cabeza, te diste cuenta enseguida, estaba vacía de todo recuerdo personal. No sabías ni siquiera tu nombre, y en el momento de la exploración ulterior de la casa, cuando tu rostro se reflejó en el espejito colgado de la pared de la cocina, tú no reconociste esta larga cara caballuna con las orejas despegadas, coronada por un corto mechón de cabellos rubio-rojizo. Amnésico. La palabra, el concepto, se habían impuesto seguramente a tu espíritu. En un esfuerzo desesperado de lógica, habías acusado incluso a una de las vigas caída en el suelo de haberse desplomado sobre tu cráneo; habías pensado también en las secuelas de una borrachera, que un compañero ocasional pudo llevarte la noche anterior borracho perdido a su casa. Habías..

Y, en tu confusión, ¡en qué no habías pensado!

El primer cadáver que encontraste en la escalera, cuando descendías a tientas en la penumbra densa, había desviado brutalmente el curso de esta interrogación errática. Desde entonces tu exploración te había conducido al encuentro de los silenciosos habitantes de la casa, esos desconocidos a los que habías llamado por primera vez desde la puerta de tu habitación, cuando, vestido, te disponías a bajar hacia los pisos inferiores y cuando un ruido ínfimo (crujido de un mueble, estallido de una gota de agua en el precipicio del fregadero) te había impulsado a irritar con voz insegura: ¿Hay alguien?

Había alguien, varios alguien... pero todos en la imposibilidad absoluta de contestarte: ese hombre de mediana edad yacente en la escalera, esa joven pelirroja tumbada desnuda en el cuarto de baño en todo lo largo de la bañera, ese muchachito en una habitación de abajo, sosteniendo todavía en la mano un cochecito rojo, esos dos ancianos que la muerte había sorprendido en su gran cama de soledad, y cuyas cabezas asomaban fuera de las mantas. Centinelas horizontales de un paisaje de muerte, cadáveres apacibles y sin violencia de un cataclismo ensordecido, los yacentes hacían que te formularas otras preguntas, engendrando a la vez embriones de respuesta, atisbos de hipótesis.

Habías huido de la casa de los cadáveres., y otros cadáveres te habían saludado con sus brazos estirados; los que mordían el asfalto de la calle, como ese ciclista con los miembros entrelazados en los restos de su máquina; los que una hoz invisible había herido en los almacenes donde asomaste la nariz, el herrero de LA CITA DE LOS CAZADORES, la mujer gris del Chic de París, el grueso carnicero doblado sobre las baldosas, y los demás, todos los demás habitantes del pueblo enclaustrados en su silencio...

Entonces, allá, plantado en medio de la calle, con los brazos caídos, la frente levantada hacia ese cielo cubierto de nubes condensadas en copos, esa nube impresionista cuajada que parecía estar a ras de los tejados, te habías dejado llevar por la ola de las hipótesis. Guerra. Explosión atómica. Radiaciones. Arma química o bacteriológica. Catástrofe industrial.

Y tú, tú, el sin memoria; tú, el sin pasado, el sin nombre, tú, sorprendido en lo más profundo de tus fibras, te habrías quedado como único superviviente del pueblo de la región., del país, ¿por qué no?

¿Por qué no? ¿Pero por qué? ¡Por qué, Dios todopoderoso!

Hoy no has encontrado aún la respuesta a esta pregunta.

Sin embargo, un detalle: no eras exactamente el único superviviente. También había una superviviente.

—¿Qué historia es esta?

—¡De todas formas no es la primera vez que pasa! Ha sido suficiente una impureza de un picogramo en un riboelemento y de un error de un nanosegundo en el timing de los conceptores.

—¿Se trata, pues, únicamente de errores materiales?

—Seguro.

—¿Cree que se podrán salvar estos programas?

—Bueno, eso realmente no depende de nosotros. Veremos.

—¿Cuál es el coste presupuestario medio de cada programa?

—Espere, verifico... ¡Aproximadamente setecientas ruedas!

—Muy bien. Hagan el máximo esfuerzo para recuperarlas. ¡A ese precio! Y manténgannos al corriente. ¡Corto!

—¿Acna 6? El geoprogramador Chtonc. Me entero de que tienen problemas con Acna 3...

—Acna 6. Nada de importancia, señor geoprogramador. Se trata aparentemente de una programogénesis ordinaria que tontea un poco. Espero precisiones sobre este asunto. Le tendré al corriente, señor geoprogramador.

A través del parabrisas, la corta perspectiva de la calle se precipita sobre ti. Allá abajo, delante, el campanario chato de la iglesia se levanta por encima de las acacias de la plaza. A la derecha, a la izquierda, desfilan las tiendas, las superficies pintadas, las placas de madera azules y blancas, rojas y verde oscuro, donde queda agazapado el misterio. Adiós, garaje, adiós Chic de Paris, adiós Charcutería Restaurante, adiós oscura mercería llena de cajones simulados, adiós carnicería... Conducido con mano firme, el coche va a entrar ahora en la plaza principal. Te vuelves hacia el conductor, hacia esta mujer que ha invadido tu universo desde el segundo día, la superviviente con quien has tenido que convivir, esta criatura invasora, autoritaria, estrepitosa, a la que has odiado tan a menudo, aunque sabes bien que no podrías pasar ya sin ella.

La boca se te abre, quieres decir algo, pero tus labios no articulan; te contentas con tragar saliva, miras fijamente de nuevo la decoración que desfila en la pantalla del parabrisas en una rápida panorámica izquierda-derecha, mientras el vehículo tuerce para abordar directamente la plaza.

Un poco más lejos, pasado el ángulo en donde la terraza del Café de la Alcaldía adelanta sus mesas y sus sillas vacías, habrá que recorrer todavía cincuenta metros entre los lienzos de pared de una estrecha calle, y luego será un recorrido muy corto por el campo del que ya distingues el verdor ahogado. Seguidamente...

Pero no quieres pensar todavía en ese seguidamente. Tus pensamientos, por el contrario, te hacen retroceder catorce días atrás, a esa primera mañana cuando naciste sin memoria en el desierto del mundo.

—¿Geoprogramador Winchester? Acna 3. Confirmo los contratiempos que han perturbado vuestra programogénesis nombre de código Cazadores-Chic.

—Como programista delegado, es usted enteramente responsable de estos contratiempos.

—Reconocemos la responsabilidad del equipo, señora geoprogramadora. Las causas exactas de las perturbaciones serán investigadas.

—¿Mientras tanto, no le es posible darme el estereocuarzo Cazadores-Chic?

—Lo siento. Actualmente analizamos a M, que es estable y probablemente podrá ser salvado. Pero F está prácticamente fuera de control. M es demasiado consciente de sí y de su entorno, pero se queda en «non-je»...

Habías empezado, pues, la exploración titubeante de esa porción de universo a donde la amnesia te había arrojado, ese trozo de mundo donde te encontrabas, el único ser entre los muertos. Un fragmento de mundo, en realidad: menos que un pueblo, apenas una aldea, dos o tres decenas de casas delimitadas por dos calles principales, y esta absurda plaza Segundo Imperio en medio, con una iglesia demasiado grande, un ayuntamiento demasiado blanco con una fachada de columnas, y este gran café en cuya terraza te instalarías después varias veces. La jornada había transcurrido así, en idas y venidas erráticas que no tenían más objetivo que tomar con los extremos de tus piernas la medida de este dominio reservado. Y hasta la noche, cuando la turbulencia cuajada del cielo empezaba a cobrar el matiz del plomo, no tomaste contacto con la neblina.

La neblina descansaba al final de un campo que se extendía tras las granjas que bordeaban uno de los lados rectilíneos del pueblo. Dos o trescientos metros te separaban de ella, mientras con la punta de tu alpargata vacilabas en aventurarte en ese prado trivialmente verde donde algunos árboles en forma de bola añadían una tercera dimensión al plano horizontal que tropezaba sobre la pantalla blanca. Una pantalla... Eso era la neblina: una pantalla, una barrera, una pared de algodón sin profundidad, una pincelada trazada con una mano firme contra la profundidad del horizonte, tapando la vista tanto delante de ti como hacia la derecha o la izquierda. Un arco de círculo de neblina solidificada... ¿y por qué no un círculo cerrado, aislando el pueblo del exterior?

La idea te había asaltado mientras avanzabas hacia esta frontera deformada. ¿Aislado? ¿Pero por qué? ¿Qué había allí detrás?... La continuación de los campos, la continuación del mundo, un paisaje sin sorpresas que, en la «vida de antes» (suponiendo que hubieses vivido de verdad en este pueblo), hubieras podido nombrar seto tras seto, barrera tras barrera, campanario tras campanario, ¿tan familiar te había sido? O...

Una llanura de cenizas humeantes llena de cráteres y sembrada a voleo de cadáveres.

La imagen, que no habías evocado, te golpeó en pleno cuerpo como un puño de hielo. Te curvaste hacia adelante, estuviste a punto de caerte. Tenías el corazón al borde de los labios, parecía que el estómago te iba a salir por la boca en una insensata topología de vísceras desbordantes. Retrocediste algunos pasos, te apartaste de la maléfica lombriz de neblina, corriste hasta el borde del campo. Estas imágenes... Este paisaje de cataclismo... fue la neblina quien te envió este mensaje visual al fondo del cerebro. Lo sabías. Lo sabías. Y al mismo tiempo que te comunicaba estas imágenes, te había rechazado. Sabías ahora que ceñía perfectamente el pueblo y que te impediría franquear los estrechos límites. (¡Oh!... probarías otra vez, otras veces; pero estas pruebas no harían más que confirmar esta primera impresión.)

¿Pero por qué esta barrera? ¿Para mantenerte en el recinto? ¿O al contrario, para protegerte de la llanura de cenizas?

Solo, inmensamente solo en la noche que caía del cielo granizado, te estremeciste. No hacia fresco, no; la temperatura, por el contrario, era de una tibieza que no penetraba en la piel. Simplemente tenías... no exactamente miedo, no; una sensación difícilmente explicable, y que no había seguramente ninguna palabra para expresarla puesto que manaba de una situación por sí misma inexpresable: tenías un terror blanco, tenías una angustia sorda, tenías hielo en los miembros, tenías plomo en el esófago.

De prisa, habías vuelto a tu casa. «A tu casa», esta casa donde habías emergido de la nada aquella misma mañana, y por cuya escalera oscura trepaste a todo correr (pasando por encima del cadáver adormecido sobre los peldaños), antes de echarte sobre la cama de la pequeña habitación azul con el tejado roto y de hundirte de golpe en el sueño, de golpe, ¡zas!, como si alguien, o algo, en alguna parte, hubiera bajado para ti el interruptor de la conciencia. Al día siguiente, te esperaban más sorpresas.

La más fuerte: los cadáveres. El de la escalera, como el del cuarto de baño, como los de las habitaciones, como los de fuera, todos se habían vuelto esqueletos. Esqueletos limpios, mondos, comidos hasta el más mínimo residuo de carne por el diente paciente de una divinidad nocturna encarnada en roedor ubicuo. Habías pensado en ratas, en hormigas, pero la porosidad laminada de los huesos bajo tu palma (la bóveda a cielo abierto de esta caja torácica, el juego de huesecillos de esta mano) te confirmó que no tenías que contar con explicaciones naturales sobre lo extranatural. Y los esqueletos habían entrado en el decorado.

La segunda sorpresa consistía en la desaparición del aglomerado nuboso que la víspera había tapado el cielo; ahora un sol dorado lucía en la transparencia azulada y toda esta luz vertida daba al pueblo un aspecto increíblemente nuevo, el de un decorado de cine montado durante la noche para el rodaje de una comedia musical. La tercera sorpresa concernía a tu propio cuerpo y a las sensaciones que había vuelto a enviarte. La víspera, no habías tomado ni un poco de comida ni de bebida, ni siquiera habías tenido esa idea; esta mañana te habías despertado con una sensación precisa en la boca del estómago: tenías hambre. Habías calentado un poco de agua en la cocina y te bebiste una taza de café instantáneo (pero no había nada comestible en las alacenas de la cocina reluciente, aparte de dos cartones de leche en el frigorífico), después, fuiste a la panadería a coger tres croissanes, que comiste con satisfacción aunque te parecieron (por cierto, como el café) sin gusto. No obstante, estaban crujientes, parecían haber sido horneados esa misma noche... ¿por ese esqueleto incrustado detrás de la caja? te habías burlado, y ¿quién había tenido la bondad de disponer sobre las estanterías una cincuentena de barritas doradas y en su punto?...

A continuación, tu orina había dibujado el mapa atormentado de un continente extraño en la pared de la iglesia. ¡Estabas vivo! Y bajo ese cielo increíblemente azul (aunque el aire siguiera siendo de una tibieza sin consistencia), tu rostro alargado se contrajo en una sonrisa, que se reflejó en el escaparate de la librería-papelería.

Y, poco tiempo después, encontrabas a Marie-Françoise en la terraza del Café de la Alcaldía, la cuarta sorpresa de esta mañana de renacimiento.

—¿Winchester? Soy Chtonc.

—Muy honrada, señor geoprogramador.

—El honor es mío, señora geoprogramadora. Pero confieso que este asunto Cazadores-Chic me preocupa. Me parece que se han corrido riesgos innecesarios... Me gustaría conocer el destino de esta programogénesis...

—Nada extraordinario. Preparo una geoprogramación de régimen severo para un sector situado en el sudeste de Francia, que lleva el número 42871, compuesto por una cincuentena de pueblos del tipo Cazadores-Chic. Claro, se trata de una programación geohistórica. Fin del vigésimo... ¡La historia es así!

—¿Es una excusa?

—Fue aquí donde los atenienses...

Marie-Françoise vuelve hacia ti su rostro que en tu interior has designado desde hace mucho con la etiqueta: «simpáticamente feo»; unos rasgos sin gracia, una barbilla pesada, las gruesas gafas cuadradas, el flequillo tupido de cabellos morenos sembrados de hilos blancos. Ella sonríe: ¿Miedo? Apuntas en voz baja que va bien, va bien. Pero ahora el coche ha tomado velocidad, va a pasar las dos últimas granjas cuya silueta maciza, a cada lado de la carretera, cierra el pueblo. Un poco más lejos, la neblina. ¿Va bien? ¡Adelante pues! Sientes de antemano que tu estómago se contrae. Bruscamente, la tentativa te parece insensata. Quisieras detenerlo todo. Pero no te atreves. Agarradas al volante, las manos de Marie-Françoise están firmes, y firme también la presión de su pie sobre el acelerador.

Cuando la encontraste, en el segundo día en el pueblo, estaba ya así, segura, firme en su deseo de comprender lo irracional, de vencer lo fantástico.

Te había acogido con esta frase, que era ya todo ella: «¡Vaya, menos mal que hay otro!» Después, sentados los dos en la terraza del café, como dos turistas rodeados de esqueletos apacibles metidos en sus vestidos demasiado anchos, os habíais contado mutuamente vuestras experiencias. Su historia se parecía a la tuya: se había despertado esa misma mañana en una habitación del Hotel del Centro, sin equipaje, sin papeles, sin memoria. «Encontraremos, encontraremos...», había dicho subrayando sus palabras con la palma de la mano sobre la mesa. Hablaba mucho, agitaba mucho viento, y al instante te habías puesto a añorar la soledad. Y luego, te habías acostumbrado a esta presencia invasora, pero calurosa, te habías habituado a esta mujer mayor que tú que no agachaba jamás la cabeza, que no había dado jamás pruebas de desaliento.

Curiosa pareja («los últimos humanos sobre la Tierra»), curiosa robinsonada en tierra firme... Ella continuó viviendo en «su» hotel, tú en tu habitación azul con el techo roto, y no hubo jamás entre vosotros la más mínima llamada sexual, el menor impulso de ternura. Dabais en creer que la travesía de las sombras había matado también esto en vosotros. Pero de acuerdo, habíais emprendido día a día la exploración sistemática del pueblo, bogando alegremente de misterio en misterio, de pregunta en pregunta, de sorpresa en sorpresa.

—¿Geoprogramador Winchester? Aquí el secretario Masón. Desearía hablarle de la operación Cazadores-Chic...

—¿Masón?

—Soy secretario de tercera a las órdenes del señor programador general.

—Muy honrada, señor secretario. Sin embargo me extraña que este incidente haya puesto en alerta al secretario general.

—Estamos siempre alerta... ¿Cree que de resultas de un conjunto de circunstancias bastante improbable una programogénesis haya fallado? ¿Con dos programas humanos no viables? ¿Qué van a hacer con estos programas?

—¡Ni siquiera sé si me serán entregados! El estereocuarzo está bloqueado. Lo han de decidir los programistas. De todas maneras, un programa no utilizado debe ser destruido siempre. Usted lo sabe tan bien como yo.

—Sí. Normalmente, un programa no viable debe ser destruido. Pero al geoprogramador general no le gusta que se destruya los programas humanos...

Comprobación una: desde el tercer día, los esqueletos habían desaparecido con la ropa que llevaban, todo reducido a una pulpa tan desmenuzable que era suficiente un soplo para dispersarla.

Pregunta: ¿qué química incomprensible había podido provocar esta disolución?

Comprobación dos: las casas que os eran accesibles (habíais visto tres), estaban normalmente abastecidas de agua, electricidad y gas; así pues, por aislado que estuviera por el círculo de neblina, el pueblo estaba unido a alguna otra parte. Pero ninguna radio, ningún televisor funcionaba. Preguntas... a escoger.

Comprobación tres: si ciertas habitaciones, ciertas salas estaban abiertas (como la casa donde tú habías emergido a la conciencia, el hotel de Marie-Françoise y todas las tiendas) otros lugares estaban rigurosamente cerrados: las trastiendas, las granjas, por ejemplo, así como ciertas piezas de mobiliario, como los cajones murales de la mercería. Un día habías intentado, con un hacha cogida en el bazar, hundir la puerta de una granja: la madera había saltado a trozos... pero al otro lado del tablero no había nada, nada más que una superficie desnuda, blanca, tan fría al tacto que, de manera atenuada, había provocado en vosotros la misma repulsión física y psíquica que el mundo de neblina. Y ya no habíais intentado entrar en los sitios «prohibidos». Pregunta: ...¡al diablo!

Comprobación cuatro: en los escaparates de las tiendas de alimentación, en los estantes, los mostradores frigoríficos, sobre los expositores, las frutas, las verduras, el pan, los pasteles, la carne y la charcutería no se deterioraban. Las cerezas primaverales conservaban su firmeza y su bello esplendor rojo, las lechugas no se marchitaban, las piernas de cordero colgadas de los ganchos de acero permanecían tiernas, sangrientas, consumibles. Sólo que todos estos alimentos continuaban presentando al paladar una insipidez desesperante. ¿Había que creer que la acción química fabulosa que había reducido en cuarenta y ocho horas los cadáveres a polvo tuvo sobre la comida un efecto inverso? Esta era la cuestión.

Comprobación cinco: era la más extraña, la que os había hecho tocar con el dedo de la manera más palpable esta bolsa de irracionalidad en que estabais enquistados. La habíais llamado la enfermedad de lo impreso. Se os había aparecido en primer lugar sobre las etiquetas de las botellas, latas de conserva, paquetes que ibais a buscar al colmado. Estas etiquetas no presentaban inscripciones legibles, solamente un embadurnamiento informe de colores corridos. Las tapas de los libros de la librería presentaban la misma incoherencia ilusoria... ¿Los libros? No eran ni libros, sólo objetos ficticios que no tenían nada más que la apariencia, bloques de cartón soldados que sólo podían crear la ilusión de lejos.

Habíais pasado toda una tarde en la Casa de la Prensa, hojeando periódicos y revistas donde la tinta de imprenta había corrido, jeroglífica, no dejando en el papel más que una huella viscosa de una verdad difusa, disuelta en la censura de lo desconocido. Sobre las hojas desplegadas nadaba algunas veces una palabra que se podía reconocer, más raramente un fragmento de frase, islotes semánticos a la deriva sobre las aguas turbias: tiroteo entablado entre las fuerzas de/ADVERTENCIA SOLEMNE/ Ella se tira por la ventana y/POLUCIÓN/a cuchilladas/la tasa de inflación /TOQUE DE QUEDA/la huelga/tanques tienen/EL PERÍMETRO CONTAMINADO NO CESA/y este breve recuerdo de una visión del primer día: ¿ES LA GUERRA?

Estos pequeños trozos del pasado lavados de vuestra cabeza, estos restos del exterior del cual os separaba un muro, formaban el rompecabezas por reconstruir de un universo del cual buscabais vanamente la clave. ¿Por qué, en este pueblo donde todo estaba tan limpio, tan pulido, donde todo funcionaba, donde los alimentos estaban milagrosamente preservados de la corrupción, donde las superestructuras de una existencia tranquila habían sido montadas para vosotros, por qué estabais separados de toda fuente de información, tanto escrita como audiovisual?

Era otra pregunta.

Ella sola suscitaba una respuesta, una respuesta en forma de otras preguntas, preguntas que contenían todas las precedentes, incluidas las que vosotros no os habíais planteado jamás. ¿Quién había organizado este amplio escenario, del que erais actores manipulados? ¿Quién había creado la decoración?, ¿quién os había colocado allí después de haberos sorbido la memoria? ¿Y con qué objetivo este espectáculo?

A partir de ahí, la impresión de ser observados no os había dejado. Recorriendo las tranquilas calles bañadas de sol donde tiendas oscuras os ofrecían en abundancia todo un material para sobrevivir, pisando la corta perspectiva de los prados, tropezando contra la muralla de neblina, refugiados en las salas que os estaban abiertas y donde esperabais la llegada brusca de la noche con un cielo sin estrellas (una prueba más de que la totalidad de este micro-universo no era más que una falsificación medianamente resuelta), esperabais en todo momento descubrir en un rincón secreto la lente inquisitiva de una cámara espiando cada uno de vuestros movimientos, estabais preparados para ver abrirse un panel del decorado sobre bastidores frankensteinianos desde donde los organizadores surgirían de repente para deciros: Se terminó, se acabó el juego, la experiencia se ha desarrollado perfectamente, os vamos a explicar todo.

Pero no había en ningún sitio cámaras espías, y los bastidores guardaban su secreto. Un día Marie-Françoise había dado alaridos cara al cielo:

—¡Venga, valientes, que os veamos! ¿Me oís? Ya no hay necesidad de que os escondáis, sabemos que estáis aquí ¡salid para que riamos todos juntos!

Sus gritos no turbaron la serenidad azul del cielo ni el silencio compacto del pueblo, del cual la vida estaba ausente (pues en vano habíais buscado el rastro de la más pequeña hormiga deslizándose entre la grava del jardín público, de la más pequeña araña ocupada en tejer la geometría de una tela entre dos trozos de pared...), y tuvisteis que contentaros con vuestra mutua compañía, para reír un poco, nerviosamente.

Fue ella, seguro, quien había decidido la expedición, después de haber descubierto que uno de los coches abandonados a lo largo de las aceras (se hubiera tenido que decir: colocados donde se debía en el decorado para añadir un toque de realismo) funcionaba. Ella lo había puesto en marcha sin problema, y solamente después de haber levantado el capó os habíais dado cuenta de que su motor no era más que un solo bloque liso y brillante que contenía una energía misteriosa. No habíais hecho comentarios. Quizás este coche había sido dispuesto allí ex profeso para el uso que vosotros os disponíais a hacer de él: perforar el muro de neblina

—Comprende —te había dicho Marie-Françoise—, nos detiene porque nosotros estamos vivos. ¿Pero un coche lanzado a 60, 80 kilómetros por hora? Si no está demasiado espesa, podríamos pasar. ¿Qué arriesgamos?

¿Qué? La locura, la muerte, sin duda. ¿Pero no estabais ya locos, muertos? Habías aceptado y ya ves: habíais partido.

Tus recuerdos, en el momento fatídico en que el coche-ganaba velocidad para perforar la neblina, estaban hechos de eso. Más una cosa, los sueños que, noche tras noche, no habían tardado en asaltaros.

Eso, por nada del mundo hubieras querido evocarlo.

—¿Acna 3? El secretariado del programador general. Aquí, el secretario de tercer grado Masón. ¿Puede darme el estado de la situación referente a la programogénesis Cazadores-Chic? Gracias.

—Lo siento, señor secretario de tercer grado. La situación se ha agravado fuertemente en las últimas horas. Ya sabíamos que la proforma F era irrecuperable... —¿Por qué exactamente?

—Era un programa fallido desde cualquier punto de vista. Ninguna mujer soportaría sin daño para su salud mental que se lo endosaran. Pero, por mala suerte, F ha sido inmediatamente consciente de sí misma, con evolución del egotismo, «en-je», y personalización. Se inventó un nombre... Ha dado también uno a M. Pero felizmente él no se resentía. Para él esperábamos una evolución favorable. Razones técnicas nos impedían separarlos en el estereocuarzo. F ha contaminado a M. Lo ha empujado a personalizarse. Tememos que M alcance el nivel «en-je» dentro de algunos minutos...

—¿Pero él no lo ha alcanzado todavía? ¿Significa eso que el «je» no existe todavía para él y que su conciencia de si mismo se expresa naturalmente con la segunda persona? ¿Podría ser salvado como programa?

—En teoría. Pero sus cualidades son mediocres. Por otra parte, ha sido contaminado por F y va a alcanzar el «en-je» de un momento a otro. Deberá ser sacrificado también.

Cien metros, quizás.

La aguja del taquímetro se desliza de 60 hacia 65, de 65 hacia 70. Te hundes en la concavidad del asiento, aprietas los puños. ¿Qué hay tras la cortina de neblina? Una llanura de cenizas humeantes salpicada de... Pero no son estas imágenes recurrentes las que te hacen cerrar los ojos, que te doblan en dos entre los almohadones. Es la aprensión de lo que vas a soportar en tu cuerpo, que conoces por haberlo sentido ya, es esa torsión de la totalidad de tu ser, es ese frío glacial que va a roer tu vientre, esa colada de metal en fusión que va a llenar tus miembros, ese estallido de toda la personalidad que va a lanzarte —limaduras, granalla, escoria y carbonilla— a las fronteras de lo imposible.

El motor ronca. ¡Philippe!, chilla Marie-Françoise. Tienes ganas de gritarle a los oídos que no te llamas Philippe, como tampoco ella se llama Marie Françoise. Son nombres que ella os ha impuesto para que hagáis como si existierais, para que olvidéis que no tenéis pasado... Pero no has tenido tiempo de decir nada. La mano de hielo se abate sobre ti, sientes tus uñas clavarse en las palmas, sientes los dientes rechinar por el frotamiento del esmalte, sientes... Pero ya no sientes nada. Tu cuerpo ha sido proyectado en las ráfagas de la tempestad, en la lava de los volcanes en furia, en la ola de escarcha que se hunde. Estás cortado, laminado, reducido a pulpa, a polvo, a átomos, y luego...

Y luego, tan bruscamente como te había cogido, la mano gigante te suelta. Tu corazón se calma, el frío y el calor desaparecen, abres los ojos. El coche frena, te sientes empujado hacia adelante, mientras los neumáticos rechinan sobre el asfalto.

Abres los ojos.

El coche ha quedado inmovilizado oblicuamente en medio de la carretera. Y Marie-Françoise chilla:

—;Philippe! ¡Hemos pasado!

Salieron del coche, bebieron con sus ojos el paisaje alrededor de ellos.

Se habían equivocado tanto el uno como el otro.

No estaban entre bastidores del escenario, no había ni sabios ni soldados para acogerlos, ni proyectores ni micrófonos enfocándolos.

No estaban tampoco en los suburbios del apocalipsis; ni había ciudades devastadas ni tierra agrietada y humeante, ni llanura de cenizas bajo una lluvia de barro.

Estaban en una pequeña carretera comarcal, sencillamente, rodeada de campos verdes y dorados salpicados de árboles solitarios o en grupo. Encima de sus cabezas el cielo azul, sin rastro de nubes, y la mancha incandescente del sol.

El coche se había parado a unos cien metros de la barrera de neblina. Tanto al derecho como al revés, ésta presentaba siempre el mismo aspecto un poco irreal. Observando mejor, tuvieron la impresión que estaba englobada en una especie de estructura cristalina gigante, transparente y no menos irreal. No se veía nada del pueblo por encima de este cordón. Ni el campanario de la iglesia lo sobrepasaba. ¡Pero el pueblo parecía tan lejos, ahora!

—Bien... finalmente hemos pasado —dijo torpemente Philippe con voz débil.

Marie-Françoise se friccionó el brazo como si un poco de frío de la travesía hubiera quedado pegado a su piel.

—No puedo ni decirlo que me ha producido. Prefiero olvidarlo. Brrr...

Se arrodilló para coger una flor, volvió al coche, cogió un cigarrillo, lo encendió. A su vez, él dio algunos pasos por la carretera, en dirección de donde habían venido. Allá abajo, tan lejos y tan cerca, la neblina revolvía sus volutas inmóviles. Los límites de la barrera eran imprecisos, estaban deshilachados, ahogados en el centelleo azul del aire. Nada en esta superficie inmutable señalaba que había sido forzada.

—¿Estamos fuera de la zona contaminada? —preguntó Philippe con una voz apagada, como si hablara consigo mismo.

Marie-Françoise se encogió de hombros y no contestó.

Vengan...

La voz había sonado en sus oídos. Se miraron, luego miraron a su alrededor, largamente. Ella aplastó su cigarrillo con el tacón. Philippe rió, cohibido.

Vengan, Philippe y Marie-Françoise. Es hora, vengan...

La voz era a la vez suave, profunda y calurosa. Era también amistosa aunque, en cierta manera, fue una voz dominante, a cuyas órdenes no era fácil escapar. Resonaba ahora alrededor de ellos. Estaba en todas partes, en la hierba, sobre la carretera, en los árboles, en el cielo. Vengan, vengan... Era la voz de la naturaleza, la voz del tiempo, la voz del mundo. ¿O quizás no cuchicheaba más que en el fondo de su espíritu?

Se pusieron en movimiento, anduvieron por la carretera, abandonando el coche tras ellos. Un minuto más tarde, Philippe se volvió: el coche había desaparecido. Vengan, los esperamos...

Continuaron. Sus piernas los llevaban necesariamente en la buena dirección.

Insistente, cálida, grave, la voz les empujaba hacia adelante. Divisaron la casa cuya irisación difuminaba los contornos inmediatos. Era una casita de un solo piso, de paredes intensamente blancas, con tejado de pizarra gris oscuro. Una puerta de madera oscura se abría en la fachada, encuadrada por cuatro ventanas con persianas oscuras subidas, pero disimuladas por el interior por brillantes cortinas verdes.

Encima de la puerta, un número. Sólo un número: 1.

Aureolada de luz fluida, recortada contra el cielo muy azul, la casa parecía formar parte de un cuadro surrealista. Pero a la vez, tan acogedora. Cogidos de la mano, franquearon la barrera de luz que resbaló sobre su piel como una ligera corriente eléctrica. Philippe pulsó un botón de nácar, incrustado en una pequeña cúpula de cobre fijada contra el marco de la puerta. Un timbre cristalino resonó en el interior. Vinieron a abrirles.

—Entren, se lo ruego —dijo el hombre.

Se quitó del paso, tendió la mano tras él con un gesto de invitación. El hall era azul y blanco. Un haz suave emanaba de un globo suspendido al techo.

El hombre los condujo a una sala cuadrada, clara y acogedora: moqueta azul prusia que ahogaba el ruido de los pasos, paredes blancas, una mesa de cristal encaramada sobre cuatro patas labradas en metal dorado, cuatro sillas con respaldo redondeado, rellenas y forradas de terciopelo amarillo ocre. Una pequeña biblioteca llenaba dos terceras partes de la pared situada a la izquierda de la puerta... Dos ventanas se abrían en la pared de enfrente y alumbraban la estancia.

El hombre había pasado detrás de la mesa. Señaló con la mano dos sillas. «Siéntense, se lo ruego.» Era siempre la misma voz profunda y calurosa. Concordaba perfectamente con el físico del hombre: alto, joven, los hombros anchos, la cintura fina, los cabellos rubios ondulados, los ojos azules, el rostro abierto y afable. Pero no un atleta, un modelo o un play-boy. Simplemente un hombre de apariencia agradable, simpático y digno de confianza... Estaba vestido con simplicidad con un jersey blanco, chaqueta de loneta azul pálido, y pantalón beige.

Se sentaron. La puerta que se encontraba detrás del hombre se abrió y entró una mujer.

—Buenos días —dijo—. Os doy la bienvenida.

Llevaba un vestido azul intenso, con escote redondo y ensanchado de abajo, que le bajaba hasta media pantorrilla. Sus cabellos morenos, lustrosos, estaban peinados con flequillo sobre la frente y caían en bucle encima de sus hombros; tenía ojos castaños, alegres e inteligentes. Era una mujer corriente, pero bella y de cuerpo bien formado.

Se sentó al otro lado de la mesa, cruzó los dedos bajo la barbilla y miró fijamente a Marie-Françoise con una mirada un tanto divertida.

—Sabemos que tienen múltiples preguntas que formularnos —dijo ella.

—Estamos preparados para contestarles —dijo el hombre.

(Intercambio de miradas.)

—¿Quién... quién es usted? —preguntó Philippe con voz un poco temblorosa.

El hombre abrió los brazos como en un gesto de disculpa.

—Yo soy el geoprogramador general.

Philippe se acordó del número 1 encima de la puerta.

—Usted es el número uno de... de...

—Del planeta, sí. Y, en razón del plan de geoprogramación que rige el mundo, soy responsable de todo lo que pasa. Y todo lo que pasa de malo es por mi culpa.

—¡Entonces, es usted quien nos manipula! —exclamó Marie-Françoise en tono agresivo.

El hombre y la mujer rieron juntos, pero fue él, el geoprogramador general, quien respondió:

—Permítanme presentarles al geoprogramador Laura Winchester. A ella debéis vuestra existencia...

La joven morena sonrió, sus manos firmes revolotearon ante su pecho redondo que la tela tensa de su vestido dibujaba a la perfección.

—En vuestro caso, soy yo la responsable. Soy yo quien ha mandado al centro Acna 3 la programogénesis «Cazadores-Chic». Lo siento. El accidente...

—¿Quiénes somos? —preguntó secamente Marie-Françoise.

—Ustedes.. —empezó Laura Winchester. Pero no pudo continuar y el geoprogramador general tomó la palabra.

—Ustedes son programas. Han nacido de una programogénesis fallida, a consecuencia de errores materiales. Han crecido demasiado deprisa. Se han vuelto demasiado conscientes. Se han acercado demasiado al modelo humano y, al mismo tiempo, se han individualizado demasiado. En jerga de programista, han alcanzado el nivel de «en-je». Se han vuelto casi personas.

—¡Casi!

La palabra había brotado de la boca de Philippe. Y Marie-Françoise:

—Entonces, ¡no somos humanos!

El geoprogramador general esbozó un nuevo gesto de excusa.

—No son humanos. Son programas-tipo para humanos que van a residir en un sector en curso de geoprogramación, con el número 42871...

—Y el pueblo... su pueblo es una maqueta de este sector.

(Marie-Françoise:)

—¡No comprendo! ¿Los seres han de ser programados?

—Es una necesidad para que cada uno se quede en su sitio y no tenga la posibilidad de salir de él, para que reine el orden y la felicidad. Así vivimos en paz y estabilidad.

(Philippe:)

—¿Los habitantes del sector en cuestión deben parecerse a nosotros?

—Había previsto veinticinco programas para los veinticinco mil habitantes del sector 42871 —explicó Laura—. Hubiera habido mil humanos más o menos a imagen de cada uno de ustedes... Pero nada parecidos a lo que son ustedes ahora. Se han individualizado, han adquirido caracteres precisos y complejos que serían rechazados por cualquier soporte. Tienen una imagen mental y física de ustedes mismos, una edad aproximada, un nombre... No es del todo suficiente para ser personas humanas. Pero es demasiado para que podamos utilizarlos como programas generales...

(Marie-Françoise:)

—¡Entonces, nosotros... nosotros no tenemos cuerpo!

Los dos geoprogramadores alzaron los hombros. Era la evidencia misma.

—Ustedes son un registro en un estereocuarzo —precisó con cortesía el geoprogramador general.

(Philippe:)

—¿Y este decorado... la casa, esta estancia?

—Es una representación simplificada pero exacta de mi propia residencia —contestó el geoprogramador general.

—La carretera que hemos seguido...

—Se parece a la que conduce a mi casa. Pero no tiene mayor importancia.

(Marie-Françoise:)

—¿Qué es la neblina?

Con un signo de cabeza, el geoprogramador general cedió la palabra a Laura Winchester.

—La neblina es el factor principal de un gran número de programas. La geoprogramación significa para los humanos programación del cuadro de la vida en el espacio y en el tiempo. La neblina representa un límite infranqueable, en principio el del sector. Incorporada al programa, crea un bloqueo en la mente de los humanos programados. Así, los habitantes de un sector no pueden franquear los límites de éste. No salen de su ámbito; pero no saben por qué. Algo les impide irse: les parece natural, ni siquiera se preguntan porqué... No pueden situar muy bien su territorio en el espacio: los habitantes del sector 42871 sabrán solamente que viven en un pueblo de Francia. No tendrán una noción muy precisa de su época, pero los recuerdos imprecisos incluidos en el programa les permitirán pensar que son los descendientes de los sobrevivientes de una guerra mundial de finales del siglo XX. Su pueblo ha escapado misteriosamente de la destrucción. En el exterior, se extiende una zona contaminada o algo de este tipo. Esto no se ha demostrado realmente; pero no se hacen preguntas. De una manera general, no se hacen preguntas sobre su situación porque tal es el programa. El programa dice que las cosas son así porque deben ser así. Están persuadidos inconscientemente que tienen la explicación de todo (la del programa) pero no se la formulan y serían incapaces. Es así... y ustedes son el programa. O, por lo menos, deberían serlo, sin este accidente... Simplemente uno o dos errores materiales: una impureza en un riboelemento y una diferencia de alrededor de un nanosegundo dentro del timing de la operación. El resultado es que no son ya programas sino entidades creadas que tienen la impresión de ser humanos. Son algo nuevo. Es por lo que el señor geoprogramador general ha tenido interés en entrar en contacto con ustedes.

—Es menester precisar que este accidente no es el primero de este género. La regla es destruir inmediatamente los programas que se han desviado hacia el «en-je» y no son ya directamente utilizables. Pero esto no me satisfacía. Tenía la sensación de cometer a la vez un despilfarro y un crimen. He reflexionado en una utilización posible de los «en-je». He tenido una idea que les expondré y, en el momento del incidente de Acna 3, he podido intervenir con bastante rapidez para salvarles... eeh, la vida. ¿Me siguen?

(Philippe:)

—Hay todavía ciertas cosas que no comprendo. ¿Qué ha pasado en el pueblo? ¿Quiénes eran esos muertos? ¿Por qué esos cadáveres, esos esqueletos, han desaparecido así?

El geoprogramador general respondió con tono paciente:

—Los habitantes del sector 42871 deberán acordarse de los muertos de la guerra. Muy vagamente pero muy fuertemente, como si sus padres les hubieran descrito estas escenas durante su infancia.

»Era necesario que-vieran los cadáveres para aumentar el potencial de emoción que transmitirían a los sujetos programados... Entonces fue cuando intervino esta desincronización accidental. Su ritmo temporal no estaba ya en fase con el de su medio ambiente. Estaban casi parados en el tiempo. Los cadáveres han desaparecido para ustedes en tres días como hubieran debido hacerlo en tres años. Y, subjetivamente, deberían haber vivido varios años en el pueblo. No hubieran accedido jamás a la consciencia, pues un proceso de olvido estaba integrado en la programogénesis. El olvido no ha podido funcionar; ha sido entorpecido por la desincronización. Además, los programistas de Acna 3 hubieran debido impedirles acceder al «en-je». Pero han escapado a su control por este fenómeno que les colocaba, por así decirlo, fuera del tiempo...

—¿Y a causa de esto el pueblo nos parecía una copia imperfecta de la realidad, con elementos ficticios, otros inacabados... y el cielo sin estrellas?

—Sí, por una parte. Si hubieran... evolucionado a un ritmo normal, no hubieran sabido jamás lo que era la realidad. Y su medio ambiente tenía estas características de generalidad que han perdido. Era esquemático, abreviado, voluntariamente inacabado. Resultaba de la superposición de un gran número de imágenes casi iguales, pero no idénticas. De ahí el efecto desenfocado. Y este desenfoque les aparecía en general en forma de ficción o de imperfección. De todas maneras, no era ni posible ni necesario para la programogénesis crear el pueblo en sus mínimos detalles... En cuanto a las estrellas, marcan las estaciones de manera demasiado precisa. Son un elemento de datación molesto. En general, las suprimimos del cielo.

(Marie-Françoise:)

—Y la enfermedad de lo impreso, estos periódicos casi ilegibles y...

—Efecto de desenfoque, debido a la superposición, a la desincronización y a un embrollo voluntario. Un embrollo voluntario, pues los habitantes del sector 42871 no deberán conservar de la guerra más que fragmentos de recuerdos, hundidos en su memoria y en sus tres cuartas partes inconscientes.

(Philippe:)

—¿La guerra... esta guerra de finales del siglo XX, tuvo lugar?

—Tuvo lugar a finales del siglo XX y al principio del XXI una serie de convulsiones de las que la Tierra salió exangüe. Representó el fin de una época y de una civilización. No provocado por una causa única, sino por centenares de causas acumuladas, cuyo único responsable, no obstante, era el hombre, su imprevisión, su codicia, su ferocidad, su locura. Un final convulsivo cuyos espasmos tetánicos se han prolongado demasiado... Entre las causas de esta crisis, insisto sobre la imprevisión. Cuando los geoprogramadores volvieron a asumir el control del planeta, lo primero que quisieron combatir fue la imprevisión. La geoprogramación es el final de lo imprevisto. La herencia que hemos recibido no es fácil de dirigir; pero lo hemos logrado...

(Marie-Françoise:)

—¿Qué va a ser de nosotros ahora?

Hubo un largo intercambio de miradas entre los geoprogramadores. Fue Laura Winchester quien contestó.

—Les hemos ayudado a salir del pueblo, a atravesar la neblina para medir su autonomía, que nos ha parecido —es paradójico— mayor que la de los humanos normalmente programados. Sin embargo, no son más que «en-je» y no pueden tener un destino humano. Por otra parte, deberían ser destruidos. El señor geoprogramador general ha tomado una decisión contraria por las razones que les ha expuesto...

—Pienso haber encontrado un medio de utilizar los «en-je» en el marco de la geoprogramación —siguió el geoprogramador general—. He decidido crear un centro experimental de entrenamiento y de prueba para los técnicos de los programas y los jóvenes geoprogramadores. Un centro experimental sobre el terreno y a la escala... a la escala molecular, la de los programas inscritos en los estereocuarzos. Así, verán vivir sus criaturas y las conocerán mejor... Espero también que nacerán de esta experiencia métodos de programación más sofisticados. Ustedes, los «en-je», tendrán un papel importante que desarrollar, entre, los programadores y los programas...

—Seremos sus esclavos —dijo Philippe.

—Más bien unos robots —sopló Marie-Françoise.

—¿Tienen la impresión de ser robots? —preguntó el geoprogramador general.

—No, humanos, pero...

—Ustedes están más cerca de los humanos que de los robots.

—Pero nuestro cuerpo no es más que una imagen mental —dijo Philippe.

—Exacto.

—Y pueden manipularnos, transformarnos y destruirnos a su antojo.

—No es tan sencillo. Pero, naturalmente, para participar en la experiencia, deberán plegarse a ciertas reglas.

—¿Qué reglas? —preguntó Marie-Françoise.

—Es difícil precisar estas reglas ahora. Deberán mostrar espíritu de cooperación y obedecer las instrucciones que les serán dadas. Entre ustedes serán colocados seres humanos. Será necesario que les ayuden.

—¡Pero aún así no existiremos!

—¡Existen en la programación que es su única realidad. Continuarán existiendo en vez de ser destruidos.

—¡Prefiero ser destruido! —dijo Philippe.

—¡Yo no! —exclamó Marie-Françoise.

El geoprogramador general se dirigió a ella:

—¿Le gustaría vivir en el pueblo? ¿En seguida y para siempre?

—Sí —contestó Marie-Françoise.

—Quizás —dijo Philippe—, pero no quiero encontrar humanos.

—No pueden escoger. Está decidido y será así.

—¡Puedo... suicidarme!

—Esta eventualidad está excluida —dijo el geoprogramador general—. Se ha decidido conservarlos vi... en estado de actividad. No puede suicidarse.

—Lo intentaré de todas maneras —dijo Philippe con aire terco.

—Quiero volver al pueblo —dijo Marie-Françoise.

—Van a poder vivir allí...

Laura Winchester se levantó, dio la vuelta a la mesa, puso una mano sobre el hombro de Marie-Françoise, la otra sobre el de Philippe. Los dos «en-je» se estremecieron imperceptiblemente.

—Levántense, pues, y vayan sin temor. El pueblo les espera. Nosotros... vamos a cesar de proyectarnos en el programatrón, pues es muy cansador.

Se pusieron de pie los cuatro, atravesaron la estancia, dieron en el hall los cuatro o cinco pasos que los separaban de la puerta de entrada de la villa simulada.

—Los humanos se dan la mano cuando se separan —dijo Laura Winchester—. No son más que «en-je», pero...

La joven apretó la mano de Philippe y de Marie-Françoise, y el joven que era el geoprogramador general del planeta apretó la de Marie-Françoise y de Philippe. Seguidamente la puerta fue abierta, y Philippe y Marie-Françoise traspasaron el umbral. Salieron y anduvieron por la carretera, cuyo revestimiento parecía liso, duro, real, tan real... Cuando se volvieron para un último gesto de adiós, no había nadie a quien hubieran podido enviarlo. La carretera estaba desierta, el campo idealmente verde extendía alrededor de ellos sus prados relucientes, sus vergeles floridos, sus bosques frondosos. Pájaros indistintos tentaban en el cielo azulado.

Anduvieron con paso vivo por la carretera que se hundía en la neblina. Cuando se volvieron de nuevo para decir adiós al verde valle, ya no había valle verde y guardaron el adiós en sus manos. Un poco más tarde penetraban en el pueblo, por el mismo sitio donde habían salido. Debía de ser mediodía, la hora del almuerzo, y las campanas de la iglesia les saludaron con una salve estrepitosa.

—¿Es verdad que tú quieres mo... que ya no quieres existir? —preguntó Marie-Françoise.

—Estoy cansado —dijo Philippe—. Cansado... Es verdad que todo ha pasado demasiado deprisa. Estoy de acuerdo en vivir, pero quiero estar tranquilo. ¡Que nos dejen en paz!

—Tengamos cuidado: nos escuchan quizás... ¡Oh!, ¡y ya qué importa! Seamos dóciles y preparémonos para el día en que... ¡No, no puedo decirte más!

Philippe sacudió la cabeza.

—¿La sublevación de los «en-je»? ¡Bah, no creo en ello!

Philippe se levantó a las ocho de la mañana. Se quitó el pijama, se puso su camisa gris, su pantalón, se calzó los mocasines, bajó a la cocina a beber un café instantáneo acompañado de dos croissantes. Marie-Françoise no estaba ya, pues empezaba su trabajo antes que él. Su trabajo, ¡ja, ja! Interpretaba su papel de robot, esperando el día de la sublevación.

Él también estaba programado para trabajar dócil y regularmente. No; él era un programa de trabajo dócil y regular. Pero era un programa fallido. Entonces, ¿para qué fingir?

¿Por qué trabajar hoy, siendo quizás su último día de tranquilidad en el pueblo? Desde que habían vuelto (diez días, u once, o doce...) los geoprogramadores les dejaban en paz. Pero esto no podía durar...

Pasó al cuarto de baño a asearse un poco, lavarse los dientes, peinarse.

¿Para qué?

¿Para qué hacía eso? Salió reflexionando sobre la cuestión. Torció a la derecha en la calle de la República, y otra vez a la derecha en la callejuela donde se encontraba el bazar, alcanzó el huerto de la granja, donde trabajó tres horas abonando, escardando, y limpiando los rábanos, los puerros y los nabos. Reflexionaba siempre.

Si hago todo eso, concluyó, es porque no tengo posibilidad de escoger. Porque no puedo dejar de existir, ¡porque no puedo suicidarme!

Volvió, giró a la izquierda y llegó a la calle de la República. En el momento en que iba a entrar en la casa, oyó un ruido extraño, cenceño, vibrante, a la vez próximo y lejano. Un timbre.. Tardó un tiempo en situar su origen. Venía del café La cita de los cazadores, en el otro lado de la calle...

¡El teléfono! Corrió. El timbre sonaba todavía cuando entró en la sala. Le hizo temblar un instante. Tragó saliva. Buscó con los ojos el aparato, lo descubrió al final del mostrador. Descolgó con mano insegura, llevó el auricular a su oreja.

—¡Buenos días, Philippe! —dijo una voz joven, profunda y cálida.

—¿El geoprogramador general?

—El mismo.

Muy bien, pensó Philippe, la tranquilidad se ha terminado. Para siempre. Para siempre, siendo que...

—Escucho —dijo con cansancio.

—¿En qué estado de ánimo está? —preguntó el geoprogramador general.

—No comprendo —dijo Philippe.

El aparato le transmitió un largo suspiro.

—¿Se acuerda de mi proyecto, que le concernía mucho?

—Sí...

—Temo haber sido presuntuoso. Después del estudio de la situación por los programistas y los programologistas, parece que será necesario su entero consentimiento para el éxito de la operación. Nos ayudará si lo quiere. No le pido que decida enseguida. Tiene tiempo. Y estoy dispuesto a concederle el estatuto de «en-je» libre que acabo de imaginar para usted. Esto significa que tendrá la posibilidad de morir...

—¿Sí?

—¿Me ha comprendido bien? Desde ahora, usted puede suicidarse, ¡si lo desea todavía!

—¡Oooh!...

—Es lo que quería, ¿verdad? Pero quizás haya cambiado de idea.

—No lo sé —confesó Philippe.

—Tiene tiempo para pensarlo. Creemos que todo ha ido demasiado deprisa para ustedes. Hemos decidido darles unas vacaciones... Sí, les dejaremos completamente tranquilos durante una época subjetiva de unos cinco años. Durante esos años vivirán en el pueblo, con toda libertad. Después...

—¿Sí?

—Después, veremos.

—¿Debería quizás darle las gracias?

—Somos nosotros quienes deberíamos darle las gracias.; Sólo con su existencia abren una nueva vía a la geoprogramación!

—Vaya —dijo simplemente Philippe. Y colgó.

Ya no tenía ganas de morir. Se sentía muy humano. Y los cinco años de vacaciones prometidos le parecían una eternidad.

—¿Ha hablado de una vía nueva para la geoprogramación, señor geoprogramador general?

—Sí, Laura. Estos «en-je» me gustan mucho. ¿Qué les falta para que sean humanos?

—Un cuerpo, un pasado...

—Los hombres no necesitan pasado... Un cuerpo, sí. Pero no sería muy difícil darles uno bastante parecido al que se han inventado para que no se den cuenta de la sustitución. ¡Y sería casi fácil volver a crear el pueblo de Cazadores-Chic!

—Los cuerpos...

—Clones, modificados por manipulaciones genéticas.

—El pueblo...

—La construcción está en marcha. He asignado a este programa un presupuesto provisional de quinientas mil ruedas.

—¿Para qué?

—Lo que llamamos «geoprogramación» no es de hecho sino un simple «bricolage» de planificadores trabajadores. Si lográramos un día reconstruir totalmente el planeta y poblarlo de «en-je», sería —al fin— la geoprogramación.

—Es una... Es un...

—Un detalle más, Laura. Cuando el pueblo exista realmente y nuestro amigo Philippe tenga un cuerpo, será usted la primera en ir a visitarle.

Una mañana —la milésima o tresmilésima mañana— Philippe encontró que los croissanes de su desayuno tenían un sabor aceitoso completamente nuevo.

Se sentía raro aquella mañana. Hormigueos en las manos, en la cara, en el pie derecho, que le inquietaron un poco. Fue a examinarse en el espejo del cuarto de baño. Tuvo la impresión de haber rejuvenecido durante la noche. Era una ilusión, naturalmente.

Todo va bien, se dijo.

Cuando propuse a Michel Jeury el intentar escribir conmigo algunas páginas de escritura comunitaria, él me sugirió enseguida reemprender el tema de mi novela Le Désert du monde, para el que quería encontrar otra explicación final. Entusiasta como siempre, Michel quería incluso escribir la novela solo, ¡juzgando que yo había hecho mi parte en el libro! La colaboración así definida hubiera quedado como inacabada; hice, pues, a Michel la contrapropuesta siguiente: yo reduciría a un relato de quince páginas las dos primeras terceras partes de la novela y él lo concluiría a su conveniencia (ha tenido interés en redactar los misteriosos diálogos puestos en letra bastardilla). El resultado se debe, sin duda, más a una apuesta temática y al ejercicio arriesgado, que a la creación artística. Pero confieso que, mientras en el dominio de la c.f. son numerosos los autores que hinchan los relatos a la dimensión de una novela, he encontrado particularmente divertido hacer el trabajo inverso. ¿Un estreno?

Dossier T.M. 3

con François Drugère

15 DE MARZO DE 1992

(DOCUMENTO): Le Monde, n.° 13721. I.M. 3 ࢤ 1

FRANCIA SE DUERME

por Pierre Viansson-Ponté

Hace exactamente veinticuatro años escribía en este mismo lugar: «Lo que actualmente caracteriza nuestra vida pública es el tedio». Ese pequeño artículo tuvo derecho a una cierta posteridad puesto que le siguieron, tras un intervalo de dos meses, los acontecimientos que todo el mundo conoce (no me atrevería a decir que los anunciaba) y que se entrecomillarán o no según el uso. No se crea que me entrego a esta exhumación por autosatisfacción, o por qué sé yo qué afán de posteridad que no va con mi carácter. Simplemente sucede que el pasado se superpone de tal modo con el presente que, para evocar hoy el estado de salud de Francia, tengo ganas de escribir, sin cambiar apenas mis palabras de antaño: Lo que actualmente caracteriza nuestra vida pública, es el sueño.

(...)

Después de las legislativas de abril del 88, que dieron como resultado que la mayoría gaullista-comunista quedara barrida por la coalición formada por el Nuevo Partido socialista y la Federación ecologista (que a partir de entonces pasaron a ser los Guardianes de la Tierra bajo la influencia de aquellos que anteriormente sólo eran sus «amigos»), se levantó un gran viento de esperanza. ¿Qué queda de ello cuatro años después? Naturalmente, el caos prometido por los perdedores, aunque eso constituía un hábito, no se ha instaurado. Pero la tasa de inflación de nuestra moneda ha batido nuevos records, aunque el país esté menos sometido a los caprichos del comercio exterior que antes. Pero las centrales nucleares continúan funcionando, si bien ya no se construyen otras nuevas. Y sigue siendo muy aleatorio querer bañarse en los ríos y el mar, aunque el segundo plan de saneamiento sea prometedor... sobre el papel. Y seguimos teniendo 4 millones de parados, aunque las unidades artesanas se multipliquen.

De hecho, lo penoso es la impresión de que, puesto que no todo va verdaderamente mal, se actúa como si todo fuese casi bien, y se deja que las cosas sigan su curso. (...)

En el ámbito de la política que se suele denominar pleonásticamente politicastra, los grandes tenores están callados. Los señores Mitterrand y Marcháis están acabados, el señor Rocard es alcalde de una ciudad mediana, el señor Chirac se halla en penitencia aún por algunos años en las Brigadas de reeducación, el señor Giscard d'Estaing persigue brillantes negocios con diversas Repúblicas africanas; ¿qué nos queda para hacernos salir de nuestro letargo? ¿El señor Fabre-Luce? Seamos serios. En cuanto a nuestro actual presidente de la República...

(...)

En el plano internacional, resulta inútil recordar con detalle las grandes convulsiones que sacuden el mundo. La contrarrevolución china, las masacres indonesias, la secesión sangrienta de algunas Repúblicas de la insegura Unión soviética, los perpetuos trastornos de América del Sur y del este africano, la guerrilla que socava el fuerte régimen de la R.F.A., todos ellos son braseros que debieran inflamar nuestra conciencia, nuestra energía. Pero, ¿la juventud francesa es sensible a estas señales de angustia de un universo que sirve de punto de unión entre Marte y Vulcano? Ciertamente, a cada nuevo conflicto, se registra un poco de fiebre aquí y allá. Pero esa fiebre conduce a la somnolencia antes que a la acción. Todavía se presume de internacionalismo revolucionario, pero sólo a guisa de consignas, que no van más allá de los recorridos balizados de las manifestaciones parisinas. Tampoco hablemos de la estrategia no-violenta, que ha quedado en manos de los sociólogos y los filósofos, los nuevos, claro está.

(...)

Gobernar no es sólo contentarse con administrar el casi, con canalizar una crisis latente desde hace veinte años. Gobernar es conducir un pueblo hacia nuevos horizontes, es mantenerle los ojos abiertos y el corazón despierto. Pero, he ahí que el pueblo duerme, Francia duerme, y los dirigentes nada hacen para despertarlos. Para sacarnos de este letargo sería preciso que se levantara un nuevo viento, una nueva borrasca. Espero que eso ocurra pero, a mi edad, espera y esperanza difícilmente se conjugan.

9 DE MAYO DE 1922 I.M. 3 ࢤ 2

(DOCUMENTO): Cinta magnética 2340/BT/CI. VII, 867, procedencia: I.N.E.D.

Entrevista Jérôme Bloquin/Clara Maserati

Pregunta. — Señorita... Señorita, por favor, ¿puedo retener su atención un minuto?... no más. Estoy haciendo una encuesta para el Instituto nacional de Estudios demográficos...

Respuesta. — ¿Perdón? ¿El qué?

P. — El Instituto nacional de Estudios demográficos... Ya sabe... los índices de natalidad, la proporción de varones y mujeres en los nacimientos, y todo eso...

R. (Risa.) — Ah sí, ya comprendo.

P. — Bien. Entonces comencemos por el principio. ¿Señora o señorita?

R. — Señorita...

P. — Ningún hijo, supongo...

R. (Risa.) — No. Ningún hijo.

P. — Bien. También necesito saber su edad y su domicilio —bastará la ciudad— así como su profesión. Es para las estadísticas. (...)

R. — Bueno... edad, veintitrés años. Profesión, actriz.» Domicilio, París.

P. — Bien. Ahora vamos a entrar en el meollo de la cuestión. ¿Tiene previsto tener hijos en el futuro?

R. — La pregunta de siempre, ¡eh! (Risa.) Bien... supongo que eso depende de varias cosas... En mi oficio no es fácil. Y además... ¡también depende de un encuentro, de un hombre, caramba! (Risa.) Pero, en fin, sí, en principio me gustaría tener hijos más adelante.

P. — ¿Cuántos?

R. — Bueno... ¡dos! (Risa.) Es lo clásico, ¿no?

P. (Risa.) — Sí, usted se incluye en lo normal... y, ¿qué sexo?

R. — Niño y niña. Creo que es cuanto tenemos a nuestra disposición. ¿No es así?

P. — Señorita, va usted a perturbar la buena marcha de esta encuesta... Bien. ¿Primero el niño o la niña?

R. — ¡Vaya! Se está complicando la cosa. (Risa.) Digamos el niño primero y después la niña...

(Otras preguntas no transcritas.)

P. — Entonces, una última pregunta... Usted sabrá —o tal vez no— que se está trabajando en la obtención de una pastilla para hacer niños... Se trata de un proceso químico que actúa sobre los cromosomas X y los frena. En fin, poco importa. Por otra parte su eficacia no es absoluta. Sólo alcanza alrededor de un 90 %. Entonces, la cuestión es: ¿tomaría usted esa píldora para tener un niño en primer lugar?

R. — ¡Uy! (Risa.) Escúcheme, ni siquiera tomo la píldora, por tanto no me pida que absorba ninguna otra de esas porquerías químicas. Cuando ustedes los hombres...

P. — Sí, sí. ¡He comprendido! (Risa.) No le preguntaré nada más, además... La sesión de tortura ha terminado. Y le agradezco que haya colaborado con tan buena voluntad. Hasta otra... Ah... Me llamo Jérôme Bloquin

R. — Y yo Clara Maserati. ¡Salud! Y, en caso de que se le ocurriera preguntármelo, no estoy emparentada con los automóviles; en más de una ocasión ya me han soltado eso de «qué línea», «mírame esos parachoques», y «puedo hacerle una varilla de conducción».

P. (Risa.) — Caramba. Y yo que quería ofrecerle una copa y no sabía por dónde empezar; ¡me deja cortado!

R. — Escucha: dime: te invito a una copa, eso bastará Y además una copa siempre cae bien, y tengo sed...

P. (Risa.) — Bien, vamos allá. ¡Ah!, tengo que para este aparato.

MAYO DE 1992 I.M 3 ࢤ 3

(DOCUMENTO): Artículo extraído de Population, boletín del Instituto francés de Estudios demográficos (número de junio de 1992)

UN PARÁMETRO DESCONOCIDO

EL ÍNDICE DE MASCULINIDAD

por Jean-Marie Doussard-Mayer

Director de Estudios en la Escuela Práctica

de Altos Estudios, demógrafo.

El índice de masculinidad («sex-ratio» para los anglosajones), como todo el mundo sabe, está definido por:

Número de nacimientos masculinos

I.M. = ——————

Número de nacimientos femeninos

para una población dada, durante un período dado (un año, por ejemplo). En la práctica demográfica, este parámetro se utiliza mucho menos que los demás parámetros clásicos, por una razón muy simple: es casi constante. En todos los países en que el registro civil es digno de confianza, y cualquiera que sea el período de referencia, siempre se aproxima mucho a 1,05. (En otros términos, sobre 1000 nacimientos, siempre se da una media de 512 niños y 488 niñas.) Este valor de 1,05 constituiría, pues, una característica invariable propia de la especie humana, y no tendría sentido seguir manteniendo el interés por el I.M.

Aunque esa sea una opinión muy extendida (ver en la bibliografía las referencias 1 a 7), no la compartimos, por las razones siguientes:

—En primer lugar, esta media de 1,05 calculada sobre centenares de millones de nacimientos (y que además constituye un ejemplo clásico en los tratados de estadística, ref. 8 y 9) muestra muy bien que los dos sexos no tienen iguales oportunidades en la lotería del nacimiento, y que debe existir un mecanismo biológico que favorezca ligeramente, pero de forma sistemática, los nacimientos masculinos.

—La cifra de 1,05 está calculada sobre nacimientos vivos. Pero si se calcula sobre los nacidos muertos, es netamente más elevada (ref. 10, 11 y 12). Y lo que es más; según algunos trabajos bien confirmados (ref. 13 a 18), el I.M. alcanzaría alrededor de 1,75 en la concepción. Por tanto, no habría uno sino dos mecanismos biológicos interviniendo: uno que favorece las concepciones masculinas y otro que se opone a los embarazos masculinos, siendo el índice observado al nacimiento la resultante de estas dos acciones antagónicas.

—Como todos los mecanismos biológicos, estos dos procesos deben depender, al menos parcialmente, de las condiciones de vida (higiene, alimentación, cuidados médicos, etc.). Por consiguiente, deberían observarse variaciones locales o temporales del I.M. cuando dichas condiciones son modificadas. Ahora bien: eso es precisamente lo que ocurre:

a) En realidad, el I.M. no es constante, y pueden observarse variaciones de 1,03 a 1,07 (ref. 19 a 24).

b) En período de guerra, y sólo en los países afectados por el conflicto, el I.M. aumenta, y vuelve a su valor habitual en pocos años una vez terminada la conflagración (ref. 25 y 26). Así, por ejemplo, en Francia, el I.M., que era de 1,04 en 1940, pasó a ser de 1,062 en 1943 y 1944, para volver a descender lentamente en el transcurso de los años siguientes.

c) A medida que los progresos de la medicina reducen la mortalidad intrauterina y de los recién nacidos, asistimos a un ascenso del I.M, Y eso está sucediendo desde hace veinte años.

—Por último, actualmente, y desde hace algunos años, existen al menos dos procedimientos que, en ciertas condiciones, permiten escoger antes de la concepción el sexo del hijo que vaya a nacer. Uno de ellos (ref. 27 a 34) actúa sobre el régimen alimentario de la futura madre; el otro (ref. 35 a 41) sobre la viscosidad de las secreciones vaginales. Estos procedimientos aún se practican poco, pero no cabe ninguna duda que cada vez se usarán más: entonces el I.M. se convertirá en un parámetro absolutamente indispensable para caracterizar una población.

Por tanto, el índice de masculinidad ofrece al investigador un campo de estudio aún poco explorado y rico en nuevos cálculos, aunque a condición de salir de la demografía pura y trabajar conjuntamente con investigadores de otras disciplinas. Algunos países extranjeros empiezan a darse cuenta de ello (ref. 42, 43). La escuela demográfica francesa, que tantas pruebas de su vitalidad ha dado, debiera evitar distanciarse.

15 DE MAYO DE 1992 I.M. 3 ࢤ 4

(DOCUMENTO): Cinta magnética 2386/EA/C1. II, 1875, procedencia: I.N.E.D.

Entrevista Francis Bouthier-Renard, director del I.N.E.D./ Jerôme Bloquin, encargado de estudios (grabación automática).

F.B.—R. — Siéntese, amigo, siéntese... Acabo de hojear su encuesta pasada en limpio. Lo ha hecho bastante bien.

J.B. — Gracias, señor. Pero ya sabe usted que no fue demasiado complicado... ni demasiado complicado ni demasiado... ¿cómo diría?...

F.B.—R. — ¿Apasionante? (Suspiro.) Vamos, Bloquin, ¡no me diga que esperaba algo apasionante en este oficio! Sólo se trata de una rutina que puede ser agradable. En lo que respecta a su informe, llenará algunas páginas de Population. Por primera vez aparecerá su firma en nuestro periódico. ¡Es un buen comienzo! Pero, seamos serios... ¿Cómo se desarrolla su tesis? ¿Ha dado con algo nuevo?

J.B. — Ay, ay, ay... ¡la tesis! La verdad es que no he hecho nada. Me lío. No acabo de decidirme por una dirección precisa. Tengo muchas ideas, pero...

F.B.—R. — ¡Sí! En general se tienen demasiadas o no se tiene ninguna... Pero creo que puedo darle una pista. Doussard-Mayer acaba de enviarme un artículo para Population acerca del índice de masculinidad. Verá, había pensado en usted para que se encargara de las pruebas.

J.B. — Hum... Doussard-Mayer, a decir verdad, lo encuentro un poco rancio. Y el índice de masculinidad no resulta demasiado apasionante...

F.B.—R. — ¿Quizás le gustaría más la reconstitución de las genealogías campesinas en Alta Saboya bajo la dinastía piamontesa? No, hablo en serio. Ese valiente Doussard-Mayer está un poco pasado de moda, de acuerdo, pero es quien hace y deshace en la Escuela Práctica de Altos Estudios. Si usted eligiera un tema aconsejado por él y le pidiese que presidiera su tribunal asesor de tesis, la cosa estaría hecha. Y, aparte de esto, tiene razón: el I.M. es interesante. Ni siquiera se calcula ya porque todo el mundo está seguro de que es constante. Pues bien, observe los de estos últimos cinco o seis años, y se llevará una sorpresa. Por consiguiente, es preciso que alguien del I.N.E.D. se ocupe de ello. Si ese alguien es usted, hace su tesis al mismo tiempo. ¡Incluso en las horas de trabajo! Es beneficioso desde todos los puntos de vista. Mire, ahí están las relaciones detalladas I.N.S.E.E. sobre los nacimientos de los últimos años. Examínelas cuidadosamente y vuelva para decirme qué piensa de ellas.

J.B. — Muy bien. Se lo agradezco. ¡Ya empiezo a estar intrigado! Por lo que respecta a (...).

MAYO DE 1992I.M.3 ࢤ 5

(DOCUMENTOS): Dossier personal Jerôme Bloquin.

Hoja suelta, notas manuscritas de J.B.

página 23/ párrafo II

Índice de masculinidad de Francia entera

(Calculado a partir de estadísticas nacimientos INSEE)

Año

1984

1985

1986

1987

1988

1989

1990

1991

I.M

1,05

1,05

1,05

1,06

1,08

1,10

1,12

1,15

¡Y esa vieja momia de Doussard que ni siquiera hablaba de esto en su papel! Sin embargo, estaba ante sus ojos, e incluso ante los nuestros: sólo hacía falta una división para calcular el I.M.

Bien: jamás se había visto un I.M. superior a 1,07 y ya hemos llegado a un 1,15. ¡Y va en aumento, por supuesto! A fin de cuentas, el tema de la tesis no resulta tan muermo como hubiera creído. En todo caso, el asunto plantea infinidad de preguntas:

—Ver series cronológicas de otros países, especialmente los limítrofes.

—Modalidad de evolución en Francia: ¿aumento global uniforme en todo el país, o focos localizados? En el segundo caso, en las zonas afectadas, el I.M. debe alcanzar valores increíbles (1,5 o incluso 2). Rehacer cálculos detallados a partir de nacimientos domiciliados, por región, departamento, distrito, y hasta por cantones o comunas (pero cuidado con la desviación tipo).

—¿Las poblaciones animales (mamíferos) están afectadas? (buscar informaciones al respecto: M. de Agricultura, sindicatos de ganaderos, veterinarios...)

—¿Causas posibles? Atontolinamiento. ¿Contaminaciones? ¿Radiactividad? ¿Epidemia? Consultar a un médico serio, si es que existe. De todos modos, extraño, extraño.

Recorte de prensa — Le Courrier de l'Eleveur

Correo de los lectores

La carta del señor Lemercier, de Thury-Hartcourt, que publicamos en nuestro último número, ha provocado una correspondencia abundante en nuestra redacción. Parece que muchos otros ganaderos han comprobado como él un porcentaje anormalmente elevado de nacimientos machos, no sólo en Normandía, sino también en Charentes, en el Morvan y en Saboya. Para algunos de nuestros comunicantes, como el señor Dupraz, de Beaufort, esta anomalía se viene manifestando desde hace tres o cuatro años consecutivos, e incluso tiende a acentuarse.

Los veterinarios consultados se pierden en conjeturas acerca de la causa de este extraño fenómeno. En cualquier caso, todos están de acuerdo en un punto: no se trata de una epidemia; en efecto, los animales están perfectamente sanos, y, además, ninguna enfermedad conocida provoca este género de consecuencias.

Según informaciones todavía sin confirmar, también se habría observado un índice excepcionalmente elevado de nacimientos machos en ciertas ganaderías ovinas en diversas regiones de Francia.

Por tanto, se trata de un asunto por investigar y tal vez resulte más serio de lo que parece.

Recorte de prensa — Le Petit Girondin

Noticias locales

El señor Laborit, nuestro simpático y laborioso secretario de alcaldía, no sale de su asombro: ¡ni una sola niña ha sido inscrita en el registro civil desde hace casi dieciocho meses!

«Habitualmente, nos ha explicado, los nacimientos de niños y niñas se equilibran en conjunto, de un año para otro. No obstante, desde hace cinco años, el número de niños no para de aumentar, y el de niñas no cesa de disminuir. Y en los últimos dieciocho meses no se ha inscrito ni una sola niña. ¡Es tan increíble como sacar cincuenta veces seguidas cruz tirando otras tantas veces una moneda!»

Cuando uno piensa que nuestros jóvenes que se quedan en la región ya tienen muchas dificultades para encontrar esposa

29 DE MAYO DE 1992 I.M.3 ࢤ 6

(DOCUMENTO): Cinta magnética «Clara, mayo del 92», procedencia: Jerôme Bloquin.

Conversación Jerôme Bloquin /Clara Maserati (pers.)

C.M. — Lo has puesto en marcha, ¿eh?... Acabaré creyendo que eres un vicioso de un género especial. ¡No! No me toques, ¡sátiro! Has logrado todo lo que querías... Vuelvo a cerrarme... No voy a librarme al desenfreno para hacer gozar a tu magnetófono...

J.B. — Mmmmm... deja que aún te dé un besito ahí... y ahí. Estás tibia, lisa. Y hueles a... no sé. ¿A canela?

C.M. — ¡Canela! ¡Qué no inventará! ¿Y por qué no cilantro, ya que estás en eso? Y además, déjame en paz. Quiero trabajar. No me sé ni la mitad de mi texto... Y puesto que tu maldito magnetófono está en marcha, lo aprovecharé... Pero te prevengo, Libachef, no es gran cosa.

J.B. — ¡Puah... Libachef! Yo que quería grabar el suave ruido de los espermatozoides deslizándose subrepticiamente por el cuello de tu útero...

C.M. — Pues eso, mi querido Je, ¡ni pensarlo! En este momento, el balón no es mi deporte favorito. Y si no estás contento.

J.B. — Estoy MUY contento, estúpida hembra... Me gusta todo lo que podemos hacer juntos, y me tiene sin cuidado lo que no podemos hacer. Ello no impide...

C.M. — ¿No impide qué?

J.B. — No impide que si uno de mis pequeños animálculos se detuviera donde no debe sobre todo en el momento en que no se debe, la madre Naturaleza cumpliría uno de tus tres deseos: tu primer hijo sería un niño.

C.M. — ¿Ah, sí?

J.B. — Sí... Sabes... bueno, voy a hablarte claro de una vez. En Francia, cada vez se están haciendo más niños y menos niñas... En nuestra jerigonza de jergonautas se dice que el I.M. se acrecienta. ¡Mierda!, no me escuchas.

C.M. — ¡Claro que sí! Por una oreja... Por la otra, aprendo mi Libachef. Ya sé que me tomas por una tontita; pero ya me has hablado diez veces de todo esto...

J.B. — Sólo que hay novedades, ¡gran idiota! Te dije que se había calculado que el I.M. medio en Francia había pasado de 1,05 a 1,25. Pero, afinando más, se han dado cuenta de que esta media falseaba completamente nuestra visión del problema... No corresponde a nada. De hecho, en algunos lugares, e incluso en la mayoría de sitios, el I.M. sigue siendo de 1,05. Pero en el resto siempre es superior a 2. Hasta conozco un pueblucho en el que no ha nacido ni una sola niña, ¡en dieciocho meses! Y la media en los municipios afectados es de un I.M. de 3. ¿Te das cuenta? ¡Nacen tres niños por cada niña! Y lo más extraño es que esto ha comenzado bruscamente. Los primeros casos datan de 1987, pero la mayor parte de los demás no comenzó hasta hace dos o tres años...

C.M. — Escucha, no alcanzo a comprender qué puede tener esto de excepcional. Es el azar... una coincidencia... qué sé yo.

J.B. — No, Clara. Son las estadísticas. Se refieren a centenares de miles de nacimientos, repartidos entre nuestros treinta y siete mil novecientos y pico municipios. Y, precisamente, cuando se examinan las estadísticas municipio por municipio, entonces el asunto resulta francamente extraño... Tú tienes un municipio donde el I.M. es de 1,05 y, justo al lado, zas, otro en el que puede ser de 2,8 o de 3,4. Si miras el mapa, te da la impresión que se trata de un verdadero rompecabezas chino.

C.M. — Pero entonces, ¿qué es lo que provoca eso?

J.B. — ¡Buf! Justamente: no se sabe nada. Podría pensarse, en esas famosas «píldoras para hacer niños», pero no se encuentran en los comercios, y según los tests publicados son de una eficacia bastante aleatoria. También hay los regímenes milagrosos del profesor Stokowski, ¡pero sería idiota suponer que todo un municipio se sometió al régimen! Además, no puede decirse que haya revolucionado la dietética. También podría deberse a factores climáticos, geológicos, naturales en fin, pero todavía no se ha logrado encontrar parámetros comunes a todos los municipios afectados. De hecho, la división no es geográfica, sino administrativa, ¡que ya es el colmo! Por tanto, más bien se investiga en lo relativo a los agentes específicos, localizados, pero de gran dispersión: una contaminación química particular, o un producto alimenticio distribuido aquí y no allí... Pera lo más sorprendente de todo, lo que no encaja con ninguna explicación, es que esto ocurre en Francia y no sucede en ninguna otra parte. El mundo entero conserva su antiguo I.M. de 1,05. En cambio, nosotros, ¡tararí!; ¡no podemos hacer nada como los demás! ¡Se detiene justo en las fronteras! En todo caso, el Ministerio de la Salud anda de cabeza. Han nombrado una comisión de investigación que trabaja con nosotros...

C.M. — En resumen: ¿si tú ahora me echaras un casquete tendría todas las posibilidades de tener yo también un niño?

J.B. (Risa.). — De hecho, no, nosotros no... Hace un momento bromeaba... Las regiones afectadas van del agregado intercomunal rural, que agrupa de dos a tres mil habitantes, a la ciudad mediana. Creo que el más importante de los centros afectados por el incremento del I.M. es Grenoble. Pero París sigue con su I.M. de 1,05.

C.M. — Y bien, dime, cochino, querías tomarme el pelo con tus estadísticas trucadas, ¿¡eh!? Ya que así es, telón: no te hablo más y vuelvo a Libachef: «¡Dejadme, impostores! ¡Sí, yo soy aquella por la que se desencadenará la tempestad! ¡Aquella que hará que se levanten las almas! Córdoba, San Diego, Mérida...» (...)

3 DE JULIO DE 1992 I.M.3 ࢤ 7

(DOCUMENTO): Cinta magnética (s. ch, de C), «Discurso de Robert Magnan», procedencia: Ayuntamiento de Aubusson (Creuse).

Discurso de Robert Magnan, diputado por la primera circunscripción de Creuse (May.) en la «Fiesta de los Guardianes de la Tierra» (extracto).

(...)

Y cuando veo esos generadores eólicos que giran sin ruido sobre nuestras verdes colinas, me digo con vosotros que sí, que algo ha cambiado. Y cuando veo a esos niños, a esos adultos, bañándose alegremente en el agua transparente del Creuse, me digo que sí, ¡que algo ha cambiado! Cuando veo todas esas casas nuevas equipadas con receptores solares, me digo que algo ha cambiado. Y cuando veo en las calles y plazas esos talleres al aire libre que acogen a jóvenes venidos de todos los rincones de Francia y del mundo para iniciarse libremente en el arte secular que ha dado renombre a nuestra ciudad, me digo que sí, ¡que algo ha cambiado! (Aplausos.)

Y hablando de cambio, me permito abrir aquí un paréntesis... Me dicen que desde hace dos años nace en Aubusson el doble de niños que de niñas. Incluso parece que los hay que se inquietan por ello. ¡Pues bien! Voy a deciros una cosa: la población mundial cuenta con una mayoría de mujeres... ¡Qué podía ser más normal que vosotros dierais ejemplo para restablecer el equilibrio de la balanza! (Risas.) Yo, ya veis, tengo dos encantadoras hijitas. Pues bien, si decido, junto con mi mujer, claro, poner en camino un tercer heredero, será aquí, ¡en Aubusson! (Risas, aplausos.)

(...)

6 DE JULIO DE 1992 I.M. 3 ࢤ 8

(DOCUMENTO): Cinta magnética 2407/EA/C1. II, 1923, procedencia: I.N.E.D.

Entrevista Jerôme Bloquin, encargado de estudios/Loic Le Kelech, permanente en la Federación de los Guardianes de la Tierra de Finisterre.

J.B. — Uno, dos, tres bien esto funciona Ahora, amigo Loic, vas a repetir para la posteridad todo lo que acabas de decirme.

L.L.K. — ¡Ah! Selaouit oll ta ar pezh a laran, tud en París Bien. Me mostraste tu mapa y, como eres un bromista, me dijiste: mira, Francia padece sarampión. Pero yo soy breizhad, bretón, y no francés, y enseguida me di cuenta de que eres daltónico: tu mapa no tenía sarampión; lo que en él figuraba era verdor. En otros términos, querido Watson, los I.M. anormales correspondían en general a los municipios controlados por los Guardianes de la Tierra, o por la coalición.

J.B — Sí. Digamos que, tras un examen somero, resulta que los municipios verdes, o verde pálido, en un 90 % tienen un I.M. anormal Naturalmente se pasará este dato al ordenador, pero parece desde ahora cierto que la incógnita en este caso no es un factor climático o químico, sino un factor político. Y ello, evidentemente, es el colmo del absurdo. Al menos a primera vista

L.L.K. — Porque, en un segundo estudio, y una vez desechadas todas las hipótesis inverosímiles, podemos decir que los municipios ecológicos han instaurado toda una cadena de cambios en la vida corriente de sus administrados Por otra parte, fueron elegidos para eso. Y hay que escarbar ahí para hallar dónde se oculta el factor I.M. +...

J.B. — Por consiguiente, propondré al I.N.E.D. el siguiente plan de trabajo: se escogen tres municipios muestra con un I.M. de alto crecimiento; por ejemplo, un municipio de 500 habitantes, otro de 5000 habitantes y otro de 50.000. Se envían a los respectivos lugares comisiones de estudios que, con el concurso de las municipalidades, deberán examinarlo todo cuidadosamente. Y si no se encuentra nada concreto, ¡será obra del diablo!

27 DE JULIO DE 1992 I.M.3 ࢤ 9

(DOCUMENTO 1): Pasquín relativo a las elecciones municipales de mayo de 1989; municipio de Vacheret (4628 habitantes, departamento del Creuse). Procedencia: Federación de los Guardianes de la Tierra del Creuse.

Elecciones municipales en Vacheret

AMIGOS DE LA TIERRA —

NUEVO PARTIDO SOCIALISTA — P.S.U.

VACHERET — ECOLOGÍA

«Autogestionar el municipio»

Amigos y amigas de Vacheret: ¿por qué una lista «ecológica» en las elecciones municipales?

Para-aprovechar la dinámica creada el año pasado, con ocasión de las elecciones legislativas de marzo del 88, que vieron cómo la reacción (y sus nuevos aliados, los comunistas) era expulsada del poder que ocupaba desde hacía treinta años;

Para llevar a nivel de municipio las decisiones (aún demasiado vagas) tomadas a nivel nacional;

Para acabar de una vez por todas con las delegaciones de poder que, incluso en una pequeña comuna como Vacheret, apartan de las decisiones a los simples ciudadanos: ¡VOSOTROS!

PARA NOSOTROS NO SE TRATA DE

HACER DEMAGOGIA ELECTORAL

A diferencia del alcalde saliente, no proponemos una retahíla de medidas grandiosas cuya realización es aleatoria. No tenemos biblia. Y, nos atrevemos a decirlo: ni siquiera tenemos programa; lo elaboraremos ¡CON VOSOTROS!

Simplemente proponemos algunas medidas concretas cuya puesta en marcha puede efectuarse en las semanas siguientes a la victoria de nuestra lista:

Recogida de basuras separadamente, con el fin de recuperar los materiales reconvertibles (vidrio, papel, etc.), y organizar a escala del municipio un centro de obtención de abonos a partir de los residuos biológicos.

Creación de un «consejo de la población» que trabajará en estrecha colaboración con los representantes municipales electos.

Rechazo inmediato y definitivo de la implantación de la fábrica SIGEGRAD (¡filial de Pechiney!), que nos aportaría contaminación, pero ningún puesto de trabajo o muy pocos.

Transformación de la estación depuradora de agua (¡por ozonización!) a un sistema de terlón (biológico y poco costoso).

Instalación de receptores solares en todos los edificios públicos.

(DOCUMENTO 2): Artículo del diario regional La Montagne, con fecha de 28 de agosto de 1989.

LA COMUNA DE VACHERET

INAUGURA SU NUEVO

SISTEMA

DE DEPURACIÓN DEL AGUA

Vacheret, 27 de agosto.

El pasado domingo, en presencia del joven y simpático alcalde del municipio, acompañado de todos sus consejeros municipales y de numerosos simpatizantes, fue inaugurado el nuevo sistema de depuración de agua de Vacheret.

La estación, que se halla enclavada en el Tardes, más arriba de la pequeña ciudad, funcionaba mediante el conocido sistema de ozonización. No obstante, es sabido que los ecologistas (qué, junto con sus aliados del nuevo P.S. ganaron las municipales del pasado mayo) no son partidarios de este método que consideran poco natural. Por consiguiente la ozonización ha sido reemplazada por un sistema basado en la aducción de terlón. Un sistema con futuro y actualmente adoptado ya por numerosos municipios. Pero, ¿qué es ese misterioso terlón? Digamos que (...)

29 DE AGOSTO DE 1992 I.M.3 ࢤ 10

(DOCUMENTO)— Cinta magnética TLM 897/08/92, procedencia. Ministerio de la Salud pública.

Entrevista Marie-Héléne Crouze, ministra de la Salud/Francis Bouthier-Renard, director de I.M.E.D./Jerôme Bloquin, encargado de estudios I.N.F.D., responsable de la comisión «I.M. 3»/ Jacques Pascalini, jefe de Gabinete del Ministerio de la Salud, delegado cerca de la comisión I.M. 3.

M.—H. C. — Señores, me alegra recibirles. He reducido unos cuantos días mis vacaciones, pero estén tranquilos: este año el tiempo no es muy bueno en la costa aquitana. (Risa.) Me enteré de su informe acerca de ese índice de masculinidad. Yo. A decir verdad, no estoy demasiado versado en demografía, y debo confesar que su inquietud me sorprende un poco. Un incremento de nacimientos masculinos no me parece que sea una epidemia tan grave. Además, la mayoría de mujeres desean más tener niños que niñas, ¿no es así? Lo cual, como feminista, no apruebo, ¡claro está (Risa.)

F.B.—R. — Querida señora, le agradezco su atención, y me excuso una vez más por haber acortado sus vacaciones. Dicho esto, debo indicarle que no estamos verdaderamente inquietos. Sólo estamos, diría, preocupados. Una variación del I.M., sobre el conjunto del territorio y en un período de tres años, en ningún caso puede ser considerado como un hecho natural, un incidente en la curva de natalidad que desaparecerá por sí mismo Por el contrario, nos enfrentamos a un fenómeno en constante crecimiento. Me permito recordarle algunas cifras por si no las tiene usted en la cabeza: en 1986, todo es normal. En el 87, ligero aumento— el I.M. llega a 1,06. En 1988, estamos en un 1,08; en el 89 llegamos a 1,10 y en 1990 al 1,12. Los últimos datos demográficos generales que poseíamos, los de 1991, indican un I.M. de 1,15... Mi colaborador, Jerôme Bloquin, precisará ahora algunas cifras que seguramente exigirán verificaciones ulteriores para este año.

J.B. — Sí... mmmh... señora ministra, quede claro que todavía no poseemos los datos correspondientes al año en curso, pero en lo que respecta a los seis primeros meses, el I.M. había alcanzado el 1,25. Es muy probable que, para el conjunto del año sea de 1,30 ± 0,02. Sólo se trata de un cálculo promedio, porque usted ya sabe...

M.—H. C. — Le ruego me perdone por interrumpirle, pero, ¿quiere usted pretender que ese... aflujo de niños va a ir acrecentándose indefinidamente?

F.B.—R. (Risa.). — Resulta imposible decirlo. No obstante, eso es lo que debiera tratarse de impedir. Porque se dará usted cuenta, claro, de los trastornos sociales que semejante hecho aportaría al país. A este respecto, pedí al Laboratorio de Prospectiva aplicada que tuviera a bien estudiar algunos guiones que desarrollaran los efectos de una catástrofe demográfica de ese género. Le entregaré personalmente una copia cuando tenga en mi poder esos documentos.

M.—H. C. — Gracias. ¡Pero me espanta usted utilizando el término catástrofe! Mi querido Bouthier-Renard, me gustaría que no dijese demasiado alto estas frases alarmistas. En su revista, por ejemplo, o en las comunicaciones que usted tenga que hacer al exterior, le ruego siga mi consejo y no manifieste tan vehementemente sus temores. Porque ya sabe que la situación no es brillante y tendremos que enfrentarnos a un duro comienzo de temporada. La oposición se moviliza y... Pero no hablemos de esto ahora y volvamos a centrar el tema en nuestros bebés. Al leer su informe, he creído comprender que las causas de este desajuste demográfico habían sido perfectamente circunscritas. ¿No es así?

F.B.—R. — Tal vez no perfectamente, querida señora. Pero lo que sí es cierto es que pudimos separar con exactitud los municipios afectados por un incremento del I.M. de aquéllos en que no se produce ninguna variación. Los primeros representan un 59 % del número total de los municipios franceses —que naturalmente está lejos de representar el 59 % de la población, puesto que la mayor ciudad con I.M. + es una aglomeración de 200.000 habitantes... Por ahora, los centros más grandes no están afectados por el incremento de I.M. En realidad, sólo está afectado alrededor del 27 % de la población. Sin embargo.

M.—H. C. — ¿Y ahí entra esa extraña historia de municipios ecológicos y de terlón?

J.B. — Verá usted, señora, tras una simple lectura del mapa, nos ha dado la impresión de que efectivamente los municipios afectados parecían hallarse en manos de la mayoría» Por tanto, estudiamos sobre el terreno aquello que, en la política de los municipios respectivos, podía constituir el origen de este aumento del I.M. Con el concurso de los delegados de su ministerio, nos centramos naturalmente en los problemas de alimentación: agricultura biológica, fertilizantes, etc. Pero el único dato que no da lugar a excepciones es el uso del terlón para la depuración del agua... Debo añadir que, tras un recuento sistemático, no sólo se hallan en ese caso los «municipios ecológicos». Éstos únicamente constituyen un 87 %, y el 13 % que resta está integrado por municipios de oposición. Porque, claro está, no todos los alcaldes de la coalición han adoptado el sistema de terlón, mientras que algunos municipios de la oposición...

M.—H. C. — Bien, bien dejemos los detalles. Querido Pascalini, ahora quisiera conocer su opinión al respecto. ¿Debemos condenar el terlón?

J.P. — Señora ministra, me temo que no puedo ser taxativo sobre este punto. La utilización del terlón ha estado sometida a numerosos controles, y ha recibido la entera y total autorización de su Ministerio. El uso del terlón nos apareció como una solución perdone la expresión, «ecológica», al problema de la purificación de las aguas. Sólo se le puede someter a acusaciones si ello se lleva a cabo con extrema prudencia. Por eso hoy no puedo responder categóricamente. Sin embargo, en los servicios del profesor Saugères se han realizado estudios muy avanzados, y estoy seguro de que, dentro de quince días, sabremos con exactitud a qué atenernos.

M.—H. C. — Pues bien, señores, sólo me queda esperar sus guiones y sus análisis Una vez los conozcamos, todos juntos tomaremos las decisiones que se impongan para el bien del país y el de sus habitantes. Les agradezco su cooperación.

F B-R — En cualquier caso, querida ministra, tenga usted bien presente esto: si no hacemos nada, en un plazo de 5 a 8 años, ¡Francia tendrá un I M global de 3!

10 DE SEPTIEMBRE DE 1992 I.M.3 ࢤ 11

(DOCUMENTO): Carta (Confidencial, a entregar en mano) de André-Clément Decouflé, director del Laboratorio de Prospectiva aplicada, a la señora Marie-Hélène Crouze, ministra de la Salud pública y de la Población.

Señora ministra,

Al comprobar el crecimiento anormal y cada vez más rápido del índice de masculinidad en Francia, el INED encargó a nuestro laboratorio que evaluase las consecuencias a largo plazo de dicho proceso. Este estudio, que hemos realizado con la mayor diligencia y la mayor discreción, está terminado en lo esencial, y el informe completo, con todos los cálculos justificantes, le será remitido oficialmente el día 25, tal y como estaba previsto en el contrato

Sin embargo, el carácter particularmente alarmante de nuestras conclusiones me incita a comunicarle oficiosamente las líneas maestras de las mismas, para que usted pueda medir toda la gravedad de la situación.

1) Evolución del índice de masculinidad.

—El estudio estadístico del señor Jerôme Bloquin, del que he tenido conocimiento, demuestra de manera irrefutable que la causa del incremento del I.M. es el uso del terlón como agente bactericida para el tratamiento de las aguas.

—El efecto de ese producto sobre el I.M. sólo se manifiesta al cabo de un tiempo de impregnación de alrededor de dos años

—Teniendo en cuenta todas las instalaciones que ya se hallan en funcionamiento y los programas conocidos de equipamiento de los municipios, puede preverse que el I.M medio de Francia alcanzará un valor de alrededor de 1,30 el año 1992; 1,65 en 1993; 2,24 en 1994. A continuación, el crecimiento del I.M. seguiría más lentamente, hasta detenerse en el año 2002 en el valor de 3. A partir de ese momento, en Francia nacerían tres niños por cada niña.

2) Consecuencias demográficas.

a) Guión tendencial.

En este guión, que respeta las tendencias actuales de la demografía francesa, se supone que la fecundidad no cambia y que cada mujer tiene dos hijos (como promedio). Por tanto, 100 mujeres tendrán 200 hijos que, puesto que el I.M. es de 3, se repartirán en 150 niños y 50 niñas. A la generación siguiente, esas 50 niñas tendrán, a su vez, 100 hijos, 75 de los cuales serán niños y 25 niñas, y así sucesivamente: el número de nacimientos queda, pues, dividido por dos a cada generación, es decir, aproximadamente cada 25 años. Teniendo en cuenta la pirámide de las edades al comienzo, la población francesa disminuiría en proporciones dramáticas. De los 55 millones actuales, pasaría a 44 millones en 2040, 33 millones en 2060, y 11 millones en 2080. Y eso no es todo: este descenso, que ya constituye una catástrofe en sí mismo, se agrava con un envejecimiento también catastrófico: entre 2000 y 2080, la proporción de los menores de 20 años pasaría del 30 % al 10 %, y la de los mayores de 60 años pasaría del 15 % al 40%.

b) Guión voluntarista.

En este guión se considera que el número de nacimientos permanece constante de una generación a la siguiente, pero ello implica que cada mujer tenga una media de cuatro hijos entre los que haya una niña. En este caso, la población comenzaría a crecer sensiblemente, y después se estabilizaría. No se producirían ni el descenso de población ni el envejecimiento, que caracterizan el precedente guión.

Pero no vemos en absoluto qué medios permitirían duplicar la fecundidad actual. Los medios habituales en la materia (subsidios familiares, etc.) parecen totalmente irrisorios frente al objetivo a alcanzar. Si bien este guión permite teóricamente evitar la doble catástrofe a que conduce el otro de una forma ineluctable, por desgracia resulta del todo irrealizable-en la práctica. Por tanto, el futuro más probable es el descrito por el guión tendencial.

3) Consecuencias sociológicas

Las consecuencias sociológicas se hallan esencialmente relacionadas con la desigualdad numérica de los dos sexos en la población; por consiguiente, grosso modo son idénticas en los dos guiones, si bien en el guión tendencial se añade otro desequilibrio entre las clases de edad.

La escasez de mujeres, en una sociedad en que son tres veces menos numerosas que los hombres, da lugar a una dura competencia: por la fuerza de las cosas, las muchachas se casan cada vez más jóvenes, y los hombres cada vez más mayores. La edad media de casamiento tenderá a 16 años para las mujeres y a 45 años para los hombres, lo que, evidentemente, conducirá a un tipo muy poco igualitario de relaciones conyugales. De hecho, las mujeres estarán reservadas a los hombres «maduros» y por consiguiente constituirán un símbolo de éxito social. Para evitar que encuentren muchachos de su edad, será preciso encerrarlas, impedirles que salgan, que estudien, que ejerzan una profesión, confinarlas a su papel de reproductoras. Así, pues, asistiremos a una espectacular regresión de la Condición femenina, acompañada, como de costumbre, de una exaltación puramente retórica de la «feminidad» y de la maternidad.

La suerte de los hombres no será más envidiable. Aquellos que habrán conquistado una mujer tras ardua lucha (sólo uno de cada tres) estarán roídos por el temor a perderla; los demás, más numerosos (dos de cada tres) y más jóvenes, estarán roídos por la frustración sexual. Al principio intentarán casarse con extranjeras, puesto que los demás países no se ven afectados por el aumento del I.M., pero resulta evidente que los gobiernos extranjeros se opondrán a ello de una manera u otra. Un gran número de hombres emigrará, y con ello se agravara aún más la despoblación. Para los que queden será preciso tolerar, e incluso estimular oficialmente, la homosexualidad masculina. Su agresividad latente haría de ellos una masa ideal para ser manipulada por un golpe de fuerza de tipo fascista.

He aquí en conjunto, lo que encontrará en nuestro informe evidentemente en un estilo más académico. Y ahora diré lo que no va a encontrar en ese informe: mi opinión personal, que me permito darle en nombre de nuestra camaradería de partido.

Las consecuencias de un índice de masculinidad que llegue a 3 en Francia entera son absolutamente inaceptables El único paliativo que pudiera encararse (duplicar la fecundidad) es irrealizable en la práctica y además no cambiaría nada las consecuencias sociológicas evocadas más arriba. Lo único que se puede hacer es volver el I.M. a su valor normal y, por consiguiente, renunciar inmediatamente al uso del terlón.

Suyo affmo., etc.

3 DE OCTUBRE DE 1992 I.M.3 ࢤ 12

(DOCUMENTO): Cinta magnética 56. 6. 78. 34. 08, procedencia: Presidencia de la República.

Entrevista presidente de la República/Marie-Hélène Crouze, ministra de la Salud Pública (Grab. Autom./Conf.).

P. de la R. — Siéntese, querida amiga siéntese. ¿Se encuentra bien? Tiene usted un aspecto estupendo. La costa aquitana, como siempre, ¿me equivoco?

M.—H. C. — No se equivoca, señor presidente. Pero el tiempo, este año, no...

P. de la R. — Sí, sí, el tiempo. Sin ánimo de hacer un fácil juego de palabras, debo decirle que el mío está más que contado esta mañana. Ya ve, ¡nos harían falta días de 48 horas! Bien. Vayamos al meollo del asunto, si le parece.

M.—H. C. — Señor presidente, si he insistido en verle personalmente es a causa de ese problema del índice de masculinidad creciente según parece relacionado con el uso del terlón para la purificación.

P. de la R. — Sí, sí, querida amiga, la sigo Esta noche he leído su informe, y también los guiones, mmmh bastante impresionantes que iban adjuntos. Verá usted, mi querida amiga, los sucesos descritos no resultarán evidentes verdaderamente hasta dentro de unos treinta años, si no he comprendido mal. Y serán precisos sesenta años para que puedan darse las sociedades masculinas previstas. En este caso no navegamos en la previsión, ¡estamos en plena ciencia ficción! Por tanto, de nada sirve querer hacernos los catastrofistas

M.—H. C. — No es esa mi intención, señor pre...

P. de la R. — Lo sé perfectamente, estimada amiga. Simplemente quiero decir que no nos hallamos a seis meses vista de estos sucesos. Y dentro de seis meses deberemos enfrentarnos a una prueba muy dura: las legislativas..., Los sondeos dan malas previsiones, como usted no ignora. Malas previsiones... No sería conveniente dar como pasto a la oposición una píldora ecológica envenenada. Además, ¿está bien probado que el terlón sea la causa de estos trastornos?

M.—H. C. — La comisión de investigación del ministerio me comunicó oficiosamente los resultados de sus trabajos hace unos días: parece que el resultado es positivo. Dentro de ocho días tendré un informe oficial y detallado que le...

P. de la R. — Quede claro que confío totalmente en usted. Ha sabido llevar este asunto con celeridad y discreción, y la felicito por ello. Naturalmente, mis felicitaciones también se extienden al Instituto de Estudios demográficos. Querrá transmitírselas al señor..., al señor...

M.—H. C. — Bouthier-Renard...

P. de la R. — ¡Eso es: Bouthier-Renard! Pero, de momento, y no me cansaré de insistir, no aireemos el asunto, no asustemos a la población con informaciones alarmistas que la oposición ampliaría a placer. Pediré a mis servicios que actúen discretamente cerca del ministerio de Equipamiento para que a la propaganda relativa al terlón se le cierre el grifo. Al mismo tiempo, me pondré en contacto con el ministerio del Interior: por medio de los prefectos, los alcaldes de quienes estamos absolutamente seguros ¡de quienes estamos absolutamente seguros! recibirán la notificación de volver, en orden disperso y bajo cualquier pretexto, a la esterilización con hipoclorito de sosa, o a la ozonización. Eso, claro está, mientras esperamos encontrar un nuevo método revolucionario.

M.—H. C. — Ese me parece un excelente camino a seguir, señor presidente... Yo misma...

P. de la R. — Pues bien, querida amiga, ya está dicho todo. Ahora tengo que dejarla. Pero permítame que le diga una cosa. Usted ya sabe, las cifras son las cifras, después de todo. Y nosotros, los socialistas, lo mismo que ustedes, ecologistas, trabajamos sobre lo humano, sobre lo concreto, lo vivido. Nunca hay que perder esta sabia noción elemental. Hasta luego, querida amiga, adiós...

10 DE OCTUBRE DE 1992 I.M. 3 ࢤ 13

(DOCUMENTO:)

LABORATORIO DE FISIOLOGÍA

U.E.R. de Medicina de Lyon

Prof. Adj. Sr. SAUGÈRES

INFORME A LA SEÑORA MINISTRA DE LA SALUD PÚBLICA Y DE LA POBLACIÓN SOBRE LOS EFECTOS FISIOLÓGICOS DEL TERLÓN Y EL AZMOTIL.

1) Evocación de los ensayos efectuados en 1984.

En 1984, a petición del ministerio, nuestro laboratorio procedió a realizar ensayos sobre dos compuestos orgánicos, el terlón y el azmotil, con vistas a su homologación como agentes bactericidas para el tratamiento de las aguas.

Siguiendo el método clásico, los ensayos consistían en comparar tres lotes de ratones de un mismo tronco, que recibieron como bebida respectivamente agua tratada con terlón, agua tratada con azmotil, y, el tercer lote (lote testigo) agua pura.

Ninguna de las observaciones, ni ninguno de los análisis o mediciones realizados permitieron poner en evidencia la menor anomalía, ni en los ratones tratados ni en sus descendencias, que también fueron estudiadas. En particular, el índice de masculinidad era el mismo en las carnadas de los tres lotes, y conforme a la norma de la especie.

A la vista de estos resultados, recomendamos la homologación, que fue concedida a los dos productos.

2) Nuevos ensayos efectuados en 1992,

A petición de su ministerio, reemprendimos esos ensayos en el curso del verano de 1992, para verificar ciertas hipótesis emitidas por el señor Bloquin del INED, a partir de observaciones demográficas. Según el señor Bloquin, el terlón modifica el índice de masculinidad, pero después de un «período de impregnación» del orden de dos años. Puesto que, claro está, lo que importa es la fecha de concepción y no la del nacimiento, cabe pensar que, si esta hipótesis es exacta, el efecto sólo se produce si la concepción tiene lugar tras 15 meses de absorción. Por consiguiente, realizamos de nuevo nuestras experiencias haciendo variar el tiempo transcurrido entre el comienzo del tratamiento y el acoplamiento de los ratones.

Por lo que respecta al terlón, el efecto sobre el I.M. se manifiesta por las concepciones acaecidas tras al menos 25 días de exposición al producto, pero, una vez pasado ese umbral, no depende de la duración de exposición. Por otra parte, sólo depende de la hembra y aparece tanto si el macho ha sido tratado como si no.

Por lo que respecta al azmotil, y cualquiera que sea la duración de exposición, no se manifiesta ningún efecto sobre la descendencia.

Este fenómeno nos había pasado por alto en los ensayos de 1984, porque, en esa serie, todas las concepciones tenían lugar al cabo de 15 días de exposición, lo que supone una duración inferior al umbral que hemos puesto en evidencia en 1992.

Por tanto, concluimos que debe retirarse la homologación del terlón, y que debe mantenerse la del azmotil.

Profesor Adjunto Maurice SAUGÈRES

Y, sujeto con grapas al informe precedente:

Nota del jefe del gabinete a la ministra

He aquí algo que parece poner el asunto en regla y, al mismo tiempo, nos proporciona una puerta de escape. El terlón y el azmotil fueron puestos a punto en 1984 por Rhône-Poulenc. El primero en salir al mercado fue el terlón, que sería lanzado industrialmente en 1985 y utilizado el mismo año por un pequeño grupo de municipios de mayoría ecologista. A continuación se extendió su uso, sobre todo después del éxito ecologista en las municipales de 1989. Pero el azmotil, cuya fabricación industrial planteaba algunos problemas de ajuste, está ahora a punto para ser lanzado al mercado. El modo de empleo de ambos productos es el mismo, el fabricante es el mismo, y Rhône-Poulenc estaría dispuesto a proceder a la sustitución puesto que, a precios iguales, su beneficio con el azmotil es netamente superior.

Para no levantar suspicacias en contra del nuevo producto, tal vez bastaría con denominarlo «terlón B», y servirlo en lugar del terlón sin más comentarios.

J. PASCALINI

24 DE DICIEMBRE DE 1992 I.M.3 ࢤ 14

(DOCUMENTO): Cinta magnética «Clara, septiembre-diciembre del 92», procedencia: Jerôme Bloquin.

Conversación Jerôme Bloquin/Clara Maserati (pers.)

(.)

C.M. — ¿Cómo tienes todo ese asunto de I.M., terlón y espermatozoides frenados?

J.B. — Ya ves, como se suele decir, sigue su curso. Pero no hay que remover nada antes de las elecciones. ¿Te vuelve a interesar el tema?

C.M. — Me interesa, me interesa... es una excusa para hablar. De hacerte hablar, más bien. Porque esta noche parece que hay sinistrosis...

J.B. — Oh, escucha, Clara, por favor, no me tomes el pelo ¿No querrás que dé saltos de alegría?

C.M. — No quiero absolutamente nada. Yo... habíamos quedado de acuerdo para pasar la noche juntos, bueno... Si aún me soportas...

J.B. — ¡Mierda! ¿Quieres acabar con tus hipocresías? No soporto que me dejes, y basta. Y lo sabes perfectamente. No puedo soportar pensar que después de haber salido de mi casa te vas a echar sobre el catre de...

C.M. — ¿Crees que siendo grosero cambias las cosas?

J.B. — Sí... tienes razón no cambia nada. Nada cambia nada. De acuerdo, recupero la compostura, ¿dónde estábamos? ¿El informe I.M.3? He comenzado a escribir algunas cosas para mi tesis. De aquí a que esté terminada, todo el asunto estará archivado. ¿Y tú?

C.M. — ¿Yo qué?

J.B. — El teatro

C.M. — ¡Oh!, el teatro, no me quejo. El viejo Confortes es simpático, todo va bien.

3! DE MARZO DE 1993 I.M.3 ࢤ 15

(DOCUMENTO 1): Le Monde, n.° 14 048 (editorial).

LA LECCIÓN DE LAS LEGISLATIVAS

Así, pues, a pesar de los sondeos de opinión que quince días antes de la primera vuelta le pronosticaban una derrota, la coalición Nuevo P.S. — Guardianes de la Tierra conserva la mayoría. Cierto que el 50,7 % de los votos no constituye lo que incluso en lenguaje político pudiera llamarse un «resultado honorable». Y los perdedores, con el partido comunista a la cabeza, en los próximos días no dejarán de explotar su derrota que casi es una victoria.

¿En qué ha venido a parar la dinámica que en las legislativas del 88 llevaba a la entonces recién formada coalición a obtener un porcentaje jamás alcanzado en este tipo de elecciones (59,2 %)? ¿Por qué los vientos de esperanza que se levantaron hace cinco años han caído tan repentinamente? Podríamos anticipar que el «objetivo» de los electores del 88 (contra el capitalismo, la burocracia, la tecnología, el hormigón cantilena sabida), en el 93 ha sido cambiado, y por esos mismos electores, y se ha convertido en un objetivo cuyo blanco, esta vez, vendría a ser una autogestión anárquica que no ha hecho sino acentuar el paro, una utilización incierta de energías blandas que ha precipitado la penuria, una serie de imprudencias en política internacional, que sólo han acelerado la caída de Francia a la ciénaga de las potencias de tercera categoría.

Pero, en realidad, la situación es más compleja que eso. Si bien es cierto que el poder desgasta, la coalición se ha desgastado muy deprisa. Y, corriendo el riesgo de hacer un juego de palabras poco afortunado, también diremos que no ha sabido gastar. Sus intenciones innegablemente-sinceras y su generoso programa de reformas «revolucionarias» se han erosionado en los pequeños recovecos de cada día (si bien las fugas de capitales, la actitud de la patronal, la de ciertos sindicatos, del ejército y algunos sectores públicos, no han sido ajenas a dicha erosión). Si el «gran cambio» producido se hubiera llevado a término, la coalición hubiera sido reelegida con un resultado apabullador; también hubiese corrido el riesgo inverso y ser derrotada por cinco o diez puntos. Pero, al menos, las cosas hubieran quedado claras, mientras que la indecisión de los votantes de ayer refleja perfectamente la del poder.

Aparte de las grandes opciones, mal sostenidas o sin sostén de ninguna clase, la coalición también tiene contra sí el hecho de haber acumulado toda una serie de faltas puntuales, materiales, que, si bien no siempre se les pueden imputar exclusivamente, han concurrido a degradar su imagen en el espíritu de los ciudadanos. Hablemos en plata: el más grave incidente jamás registrado en una central nuclear de Europa (Bugey-III, agosto del 90); las repercusiones internacionales resultantes del apoyo apresurado e incondicional a la catastrófica revolución del; Tchad; la agravación de la crisis de empleo consecutiva a la nacionalización y luego al desmantelamiento del grupo Pechiney; aquel turbulento asunto del terlón, que, según nos dicen, estuvo a punto de provocar un vuelco de-demográfico irreversible; ().

11 DE ABRIL DE 1993 I.M.3 ࢤ 16

(DOCUMENTO): Cinta magnética (ref. XXX — ultraconfidencial), procedencia: ministerio del Interior.

Consejo de ministros (breve extracto).

(...)

P. de la R. — Señoras, señores... estimados camaradas, vamos, se lo ruego... Un poco de calma, ¡diablos! Tiene la palabra nuestra amiga Marie-Hélène Crouze, ministra de la Salud pública... Querida amiga...

M.—H. C. — Agradezco al Presidente de la República su comprensión lo que no me parece sea el sentimiento dominante de la mayoría de este consejo. (Exclamaciones diversas.) Sin embargo, para terminar de una vez por todas con esa historia, voy a precisar tres cosas... En primer lugar, la campaña emprendida por el Ministerio del Interior en favor del terlón (breve interrupción)... por el Ministerio del Interior, se inició de total acuerdo con mi ministerio, y tras un estudio en profundidad que por aquella época llegó a la conclusión de que el producto incriminado era absolutamente inocuo...

(Voz no identificada): ¡Lo que demuestra la seriedad con que trabajan los laboratorios del Estado! (Risas.)

M.—H. C. — En segundo lugar, actuamos para dar marcha atrás, y siempre en plena coordinación con el Ministerio de Equipamiento, es decir, con vuestro predecesor, señor Leroy, desde el momento en que el Instituto de Estudios demográficos nos puso la mosca tras la oreja En tercer lugar, todo el denominado asunto del terlón hubiera quedado enterrado sin ruido y sin ninguna incidencia sobre la salud de la población o sobre la opinión pública, si ese famoso artículo del Match no hubiese levantado la liebre.

(Voz no identificada): El problema, es que siempre hay quien levanta la liebre... (Risas.)

M.—H. C. — Si ustedes tienen la bondad de permitírmelo, termino... Tenemos a nuestra disposición otro producto purificador, que cuenta con el aval de todos nuestros amigos ecologistas, ya que ha sido estudiado en un laboratorio experimental de química biológica dirigido por varias eminentes personalidades científicas miembros de los Guardianes de la Tierra. Se trata del azmotil, del que algunos de ustedes han oído hablar. La perfecta eficacia de este producto...

(Voz no identificada): Como la del terlón, en resumen. (Risas.)

P. de la R. — Queridos camaradas, les ruego que se sometan a un mínimo de disciplina... El orden del día es considerable, y a partir de hoy hemos de tomar algunas decisiones que sorprenderán a la opinión pública. Una de éstas es la relativa al sistema de depuración del agua. Por mi parte, confío plenamente en nuestra amiga Marie-Hélène Crouze y en su ministerio, que trabajarán de acuerdo con el del Interior y el de Equipamiento para tratar lo mejor posible este problema... Pero, a este respecto, cedo la palabra al ministro del Interior.

M. del I. — Bien. Ustedes no ignoran que la aglomeración parisina sufre, desde hace algunos decenios, de una precaria resolución del problema de la depuración de las aguas. Creo que ello se debe..., creemos, el señor presidente de la República y yo mismo, que sería bueno lanzar una gran operación azmotil en París, la cual disfrutaría del máximo de publicidad. Se han establecido contactos con el señor alcalde de París, que está de acuerdo en desbloquear créditos a tal efecto. Naturalmente, habrá ayuda del Estado...

(Guirigay. Una voz): ¡Eso es ponernos ante el hecho consumado!

P. de la R. — ¡Tengo que recordaros que aquí no hay ningún hecho consumado! Hay un Consejo cuyo funcionamiento es democrático. Por esto me propongo someter a votación inmediatamente la propuesta de los ministerios de la Salud y del Interior, acerca del lanzamiento de una operación azmotil que comenzaría en la capital (Ligera algazara.) ¿Quién está a favor? Mmmh ¿Quién está en contra? Mmmmh ¿Quién se abstiene? ¡Bien! El asunto seguirá su curso. Ahora, si les parece bien, pasemos a ()

JULIO DE 1993 I.M.3 ࢤ 17

(DOCUMENTOS): Informe (Confidencial y a entregar en mano), procedencia: ministerio de la Salud.

LABORATORIO DE FISIOLOGÍA

U.E.R. de Medicina de Lyon

Prof. Adj. M. SAUGÈRES

INFORME A LA SEÑORA MINISTRA DE LA SALUD PÚBLICA Y DE LA POBLACIÓN SOBRE LOS EFECTOS FISIOLÓGICOS DEL AZMOTIL

Tras los ensayos que fueron objeto de nuestro precedente informe, continuamos nuestras observaciones sobre los ratones tratados con azmotil. Todavía no se ha manifestado ningún efecto sobre el índice de masculinidad, y ya estamos a la 15a generación.

Sin embargo, unas observaciones efectuadas a consecuencia de un incidente fortuito nos llevaron a emitir ciertas reservas sobre la utilización de este producto.

A causa de una falsa maniobra, una decena de ratones de ambos sexos se encontraron reunidos en una sola jaula. Entonces se pusieron a copular con una frecuencia y un ardor netamente superiores a lo normal, tal y como pudimos verificarlo procediendo a la misma experiencia con ratones no tratados. Hemos realizado ensayos metódicos y ello nos ha permitido demostrar el notable carácter afrodisíaco del azmotil. El hecho había pasado inadvertido hasta ahora, porque los ratones, aislados, sólo eran juntados para el acoplamiento, y se les separaba inmediatamente después.

En la dosis habitual, el efecto afrodisíaco del azmotil sólo aparece tras un tiempo de exposición de 5 días. Con una concentración diez veces más elevada, produce en los ratones un verdadero frenesí sexual, al cabo de sólo una hora.

Me parece extremamente importante proceder a una experimentación en el hombre, puesto que la transposición de los resultados de una especie a otra puede estar sujeta a riesgos. Naturalmente, y como lo requiere la tradición médica en caso de experiencias arriesgadas, haré el experimento sobre mí mismo. No dejaré de hacerle conocer los resultados desde el momento en que queden establecidos de forma indiscutible.

Profesor adjunto Maurice SAUGÈRES

Recortes de prensa: Le Progrés de Lyon, 17 de julio.

INTENTO DE VIOLACIÓN EN EL MERCADO PERRACHE

El culpable, detenido infraganti

todavía no ha sido identificado

Las numerosas personas que ayer por la mañana, hacia las 10, se apresuraban por los pasillos del mercado Perrache fueron súbitamente alertadas por unos gritos que provenían del puesto de charcutería de la señora Garnier. Un hombre, que intentaba violar a la señora Garnier, fue reducido rápidamente por una decena de personas presentes, y luego entregado a la fuerza pública.

Según nuestras averiguaciones —los testimonios son muchos y concuerdan—, el agresor de la señora Garnier, cuya identidad aún se desconoce, llegó al mercado alrededor de las 9h 45. Era un hombre de unos sesenta años, con el cabello grisáceo, con gafas, y vistiendo con cierta elegancia un traje azul marino con finas rayas blancas. Calzaba zapatos negros impecablemente lustrados.

Tras haber deambulado durante unos minutos sin llamar particularmente la atención, agarró por el talle a una ama de casa cargada con dos grandes cestos, y a viva voz y de forma inteligible le hizo proposiciones inequívocas. El marido de la dama, que caminaba Junto a ella, gratificó de inmediato al insolente personaje propinándole un par de bofetadas que le hicieron volar las gafas. Un poco más tarde, se vuelve a encontrar la pista del desconocido frente un puesto de frutas y verduras donde, sin duda engañado por su vista deficiente, hacia las mismas proposiciones a un jubilado de ochenta y cinco años que, no sin dificultad, logró escapar a su acoso. Como es natural, alrededor del hombre del traje azul marino se había formado un corro, y, acompañado de una escolta guasona, se presentó ante el puesto de charcutería de la señora Garnier. Allí, tras haber declarado: «¡Muéstreme sus jamones!», saltó por encima del mostrador con una agilidad sorprendente en un hombre de esa edad, le subió las faldas a la señora Garnier hasta el talle, a pesar de los gritos de ésta, la tiró en medio de las salchichas y se dispuso a violarla sin más preámbulo. Sin duda lo hubiera conseguido si los espectadores de la escena, recuperados de su estupor, no se hubiesen precipitado sobre él para reducirlo.

Fueron avisados los gendarmes y enseguida el loco fue conducido a un furgón celular entre los gritos del gentío, con las manos esposadas, la vestimenta en desorden, y una ristra de salchichas alrededor del cuello. Antes de subir al furgón, encontró el medio de besar en el cuello a uno de los dos gendarmes.

(Ver en la pág. 6 la narración detallada del caso y las declaraciones de los principales testigos.)

En última página (recuadrado):

ULTIMA HORA

El agresor del mercado Perrache ha sido identificado formalmente. Se trata de uno de nuestros más eminentes conciudadanos, el profesor adjunto Maurice Saugères, titular de la cátedra de Fisiología en la U.E.R. de Medicina de Lyon, y miembro de numerosas sociedades científicas.

De 65 años de edad, viudo y sin hijos, el profesor Saugères, hasta ahora y según todos los que le conocen, había dado ejemplo de una vida enteramente dedicada al trabajo y la ciencia. Son muchas las conjeturas que se hacen acerca de las causas de la locura pasajera que le ha conducido a comportarse de un modo tan contrario a su carácter y a la dignidad de su profesión. Ha quedado en observación en un hospital psiquiátrico.

20 DE JULIO DE 1993 I.M.3 ࢤ 18

(DOCUMENTO): Cinta magnética 2765/EA/Cl. II, 2307, procedencia: I.N.ED.

Conversación Jerôme Bloquin, encargado de estudios/Clotilde Favard, cursillista.

J.B. — Uno... dos... tres... ya funciona. Clo, léeme las cifras subrayadas en rojo en tu relación. A medida que lo hagas yo iré marcando en mis papelotes. Si no hay error lo tendremos en el bote... y...

C.F. — Para ya de tocarte, ¡me pones nerviosa!

J.B. — ¿Yo? No desvaríes. Me estaba rascando. Escucha, mañana me voy de vacaciones y me gustaría acabar ese...

C.F. — ¡Oh!, lo que yo decía. Pfff... Hace un calor en este cuchitril... Estoy empapada de los pies a la cabeza. Toca bajo mis brazos...

J.B. — ¿Qué dices? (Risa.) A ver. Sí, es verdad, estás toda... Estás completamente mojada.

C.F. — No te he pedido que pares... Dime... ¿Qué es eso, ahí...? Estás erecto, cerdo...

J.B. — Escucha... es eso exactamente... me pones los pechos en las manos, y cómo quieres que... Para... para... ¿y si el viejo llega?

C.F. — Rrrroooo... qué incómodos pueden llegar a ser estos... ¡Ja!, ya está... Espera... ahí, ahííí...

J.B. — No... escucha... no eres seria... para... Mmmm... qué hermosos son., suaves... firmes...

C.F. — Sí... con suavidad. ¡Me has mordido! Así, sí, bésalos... sigue besándolos, lámelos. Espera... Mete la mano así... Ahí...

J.B. — Clo... chorreas... voy a...

C.F. — Sí... espera... sí... Ahí... ahí...

SEPTIEMBRE DE 1993 I.M.3 ࢤ 19

(DOCUMENTOS): Diversos recortes de periódicos.

Le Monde, 11 de septiembre.

¿UN FENÓMENO DE SOCIEDAD?

Eso que se ha dado en llamar la «revolución sexual» y que luego se ha incorporado al lenguaje sociológico bajo el término más docto de liberalización de las costumbres, pudiéramos situarlo en el tiempo a mediados de los sesenta, coincidiendo con la aparición de la píldora contraceptiva ¿Cómo se denominará el fenómeno que hoy amenaza con sumergirnos? Porque ya no se trata de una revolución (en lo que ésta tiene de estructurado alrededor de un proyecto ideológico), se trata de una revuelta salvaje, porque ya no se trata de una liberación (en cuanto ésta pueda tener de liberación de pesados tabúes), se trata de un desencadenamiento de las pasiones al estricto nivel de la animalidad..

The Daily Express, 13 de julio.

FRENCHMEN (AND WOMEN)

AT LAST UP TO THEIR

REPUTATION AS LOVERS?

(OUR PARÍS CORRESPONDENT, ROBERT

CASTLEMAINE, REPORTS: SEE P. 15)

Le Figaro, 16 de septiembre.

CORREO DE LOS LECTORES

La señora Christiane M., por su parte, nos escribe: Me adhiero de todo corazón a su campaña contra la escandalosa depravación sexual de la que cada día se nos ofrecen nuevos y lastimosos ejemplos. He renunciado a pasear a mis hijos por los jardines públicos para no ensuciar sus ojos inocentes con el repugnante espectáculo de esas jóvenes parejas estrechamente enlazadas que se besan y se acarician sin el más mínimo pudor. Parece que algunos incluso van a hacer el amor sobre los parterres de césped, sin siquiera tomarse la molestia de cubrirse con una manta. Desde aquí quisiera hacer un llamamiento a las pocas personas que aún poseen eso que me atrevo a llamar dignidad humana: ¿no sería posible unirse, formar grupos que fuesen a enseñar a los pornógrafos y otros exhibicionistas cuál es la manera de comportarse en público? (...)

Le Canard Enchaîné, 17 de septiembre.

DEJEMOS QUE ACTÚE EL EFECTO

Habitualmente, más bien es la primavera la que os hace efecto. Pero, ¿contendrá nuevas virtudes el aire del otoño?

En todo caso los patitos y las patas (...).

Minute (anuncio).

¡ALTO

A LA

DESVERGÜENZA!

¿Quién, sino la pandilla

que está en el poder

quiere pudrir

a la juventud francesa?

7 DE OCTUBRE DE 1993 I.M.3 ࢤ 20

(DOCUMENTO): Cinta magnética (ref. XXX — ultraconfidencial), procedencia: Ministerio del Interior.

Consejo de ministros (breve extracto).

(...)

(X). — Se lo ruego... se lo ruego... no hay que ceder a... ¡oh! escucha... escucha, déjeme, usted...

(X). — Todos esos chismes; todos esos chismes... ¿por qué vas encorsetada como...? Hmmmm, dámelos... ¡dámelos! Son bonitos... son grandes... HMMM... Siempre había notado que tenías unos buenos globos, pero, ¡uf!

(X). — No... No J(...), conmigo no... yo no estoy, lo sabes bien... No... no... J(...), me haces... Sientes lo que me estás haciendo, ¡viejo zorro! ¡ah sí! ¡ah! ¡AH!... AAAH...

(X). — Ven... ven... no puedo más... ven... de prisa... eso es... ahí... Ven a mí... ¡Ven! ¡Ven, te digo!... Sí... Sííí... más de prisa... ¡más deprisa!... ¡No!... más despacio ahora., más... des... pa... ció... así... sí... sí... Más de prisa... ¡Va! ¡Más deprisa! ¡Sí!

(X). — Dios mío, M(...), ¡mira eso! ¡Mira eso. Dios mío! ¡La tranca que tengo!... Al menos hacía cinco años que no había. ¡Te burlas! ¡Cinco años, viejo! ¡Cinco años! ¡Y mira! ¡Mira! ¡Mirad, camaradas! ¡Mirad qué tengo!

(X). — Yo no he llegado... no he tenido... quiero más... Desciende, desciende... ahora adelante, así, besa mi conejito, bésalo, bésalo, bésalo... ¡Síiíí!

(X). — ¡Jéjéjéjé!... querido colega... jéjéjé... mi querido camarada... jéjéjéjé... cómo vas para descargar tu moción... al fondo de las cosas... jéjéjé... ¡siempre al fondo de las cosas, el bueno de R(...)! Siempre al fondo de la cosa, ¡sí!

(X). — ¡Un minuto de silencio, descarados, el presidente acaba de soltar su puré! (...)

28 DE NOVIEMBRE DE 1993 I.M.3 ࢤ 21

(DOCUMENTO): Carta (Confidencial y a entregar en mano), del señor Georges Leroy, ministro del Interior, al señor presidente de la República. Procedencia: Ministerio del Interior.

Señor Presidente y estimado camarada,

Tal y como usted me sugirió en nuestra última entrevista, y para el bien y la seguridad del estado y del país, me he ocupado personalmente de hacer desaparecer toda traza de grabación del Consejo de ministros del 7 de octubre corriente. Esas grabaciones fueron reemplazadas por las del Consejo secreto de 9 de octubre. Por consiguiente, podemos considerar que ese engorroso incidente jamás tuvo lugar.

En lo que concierne a la investigación propiamente dicha, tengo ante mis ojos el informe del profesor adjunto Henri-Bernard Degrain, director interino de la U.E.R. de medicina de Lyon, en sustitución de Maurice Saugères. Según él, no cabe duda de que, tal y como lo habíamos supuesto, el agua que contenían los frascos situados sobre la mesa para ese famoso Consejo del día 7, contenía una solución de azmotil diez veces superior a la normal, de ahí el efecto casi inmediato, y sin posibilidad de control, que pudimos observar. El personal que manipuló ese agua no pudo tener la ocasión de hacerlo; como usted sabe, se hallan en estado de residencia obligatoria y vigilada, y aún ahora son objeto de estrictos interrogatorios que realizan nuestros servicios. No obstante, todavía no es posible saber si este incidente es debido a malevolencia o simplemente a un error mecánico. Puesto que no puedo descartar un complot de la derecha, sigo el caso muy de cerca, y naturalmente le tendré al corriente de sus desarrollos ulteriores.